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‘Numancia’, o de fuegos de artificio

mayo 2, 2016

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Por unas cosas o por otras -y por cuestiones no siempre estrictamente teatrales- el caso es que están corriendo verdaderos ríos de tinta en torno a esta Numancia, que seguramente sea el último proyecto que dirija Juan Carlos Pérez de la Fuente en su brevísimo periplo al frente del Teatro Español; y que es uno de los pocos montajes dedicados al teatro de Miguel de Cervantes -recordemos que Morfeo Teatro escenifica en gira El Retablo de las Maravillas y el Teatro de la Abadía repuso este mismo año su icónico montaje de los Entremeses– en el año del cuarto centenario de su fallecimiento. Así pues, expectación máxima ante un montaje de El Cerco de Numancia -considerada la tragedia más importante de su autor- y opiniones para todos los gustos en una propuesta llena de riesgo y opulencia, que lleva buena parte de las señas de identidad de su director, en una despedida que huele a declaración de intenciones creativas.

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Pérez de la Fuente sabe ser un estupendo director cuando quiere, con una imaginación desbordante y con una capacidad casi alucinante para llevar sus ideas a cabo. Si hace muchos años en Pelo de Tormenta puso el teatro patas arriba, y convirtió aquellas Pingüinas arrabalaicas de la temporada pasada en un espectáculo digno del Cirque du Soleil; para esta Numancia -que se ofrece en versión más o menos libre de Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño-, Pérez de la Fuente opta por una estética a medio camino entre lo atemporal y lo futurista y prolonga el escenario mediante una amplia rampa que cruza el patio de butacas casi hasta la puerta de entrada de la platea. Sobre una escenografía móvil de Alessio Meloni, hay un amplísimo componente de iluminación -José Manuel Guerra-, todo ello enmarcado en una banda sonora sempiterna y a todo volumen de Luis Miguel Cobo. Vestuario variopinto y vistoso de Almudena Huertas; y toda una serie de efectos, ya sea audiovisuales o circenses -trapecios, aros…- impregnados de una carga simbológica que a veces se torna demasiado evidente… Vamos, que no se puede negar que Pérez de la Fuente envuelve su Numancia en un paquete costoso y vistoso, en el que pasan muchas cosas, y uno no siempre sabe a dónde mirar, en un ejercicio a medio camino entre una demostración de poderío y medios y un esfuerzo para que el público no se nos aburra. La sensación es la de que pasan demasiadas cosas, una sensación de exceso y, con bastante frecuencia, de mero artificio, por más que la cosa entre, casi podríamos decir que forzosamente, por los ojos.numancia1

Hay que volver por un momento a la versión que firman Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño: han respetado bastante a Cervantes; pero, al margen, han cogido las figuras alegóricas del Río Duero y la Madre España y las han erigido en narradores de la trama argumental, comentando y encadenando escenas en una serie de episodios que no aparecen en el original; y que, la verdad, creo que no aportan gran cosa a Cervantes. Pérez de la Fuente aprovecha además para convertir ciertas escenas en estampas de cabaret -el parto del Hambre y la Enfermedad por España- que ponen a los actores en una papeleta de imposible resolución y que rompen cualquier clímax anterior: la verdad, no acierto a explicarme la necesidad del tono de esta escena -que bordea peligrosamente el humor absurdo, me imagino que sin pretenderlo…- ni lo que aporta a Cervantes. Además, si de algo se resiente la tragedia cervantina es de su voluntad de mostrar una identidad colectiva -la de pueblo contra pueblo- antes que una identidad individual. Los personajes son casi episódicos salvo dos o tres excepciones, con lo cual es difícil alcanzar cualquier tipo de empatía: poco nos puede conmover, por ejemplo, que Teógenes y su esposa tengan que  hasta apenas dos minutos antes del parricidio… Y esto deja a la pieza bastante privada de emoción.

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Da además la sensación de que el amplísimo reparto -doce estupendos actores de las más diversas disciplinas- se queda un poco vendido, como si de meras figuras que hay que colocar en medio de toda la opulencia escénica y audiovisual se tratase. Cumplen sobradamente con los requerimientos físicos que les plantea el director -este montaje no lo puede actuar cualquiera…- y dicen el verso con mayor o menor fortuna; pero apenas hay momentos en los que pueda fluir la emoción verdadera. Acaso Myriam Gallego en Lira -felizmente recuperada para el teatro- sea de las pocas que consigue imprimir algo de veracidad a sus parlamentos, con alguna escena muy bien entonada junto al Leonelo de Markos Marín. Julia Piera tiene que decir su capital monólogo final elevada a varios metros del suelo en un columpio del que se acaba despeñando colgada de un arnés: se aplaude el aplomo de la actriz ante tamaña papeleta; pero desde esa posición como para centrarse en lo que está diciendo… Beatriz Argüello y Alberto Velasco en esos roles de narradores de los que hablaba más arriba bastante hacen con defender como buenamente pueden algunas escenas que tienen difícil defensa -pero ojo, esto es por cuestiones de dirección-: también a ellos hay que aplaudirles los arrestos. A Chema Ruiz en Escipión, que debería ser un papel para destacar, el montaje y la dirección apenas le dejan opciones, pese a los intentos del actor por hacer algo -nuevamente es un asunto de dirección-. El resto del amplio elenco -en papeles más o menos episódicos y con nombres muy importantes- oscila entre lo correcto y lo discreto; básicamente porque a veces defender el verso con la debida intención en medio de todo ese despliegue de luz, música y plataformas es una tarea nada sencilla. Así y todo, nadie me quita de la cabeza la idea de que es la dirección la que deja al reparto en general un poco -bastante- vendido en según qué momentos…

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Y, para terminar, habría que volver nuevamente a una búsqueda de cierto equilibrio: el espectáculo es, valga la redundancia, visualmente espectacular, a nivel técnico y visual todo es impecable y eso está fuera de toda duda; pero creo que Pérez de la Fuente se le han quedado por el camino la emoción, la verdad y la idea de que los actores -y el texto de Cervantes, claro- deberían ser algo prioritario en un montaje que, privado de todo el soporte técnico -impresionante, insisto- no se sostendría por sí solo. Se deja ver por lo espectacular y por el aplomo indudable de todo el reparto para volcarse en una propuesta así, pero en raros y contados momentos logra pasar de ahí, de esa sensación de exceso, artificio y espectacularidad; y yo cada vez tengo más claro que voy al teatro a otra cosa: a que me emocionen.

H. A.

Nota: 3 / 5

 

“Numancia”, de Miguel de Cervantes. Versión: Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño. Con: Chema Ruiz, Miryam Gallego, Alberto Velasco, Beatriz Argüello, Markos Marín, Carlos Lorenzo, Raúl Sanz, Alberto Jiménez, Maru Valdivielso, Julia Piera, Críspulo Cabezas y Mélida Molina. Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.  TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español, 28 de Abril de 2016

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