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‘Así que Pasen Cinco Años’, o de tonos y enfoques

abril 24, 2016

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Que se dé la afortunada coincidencia de que estén en cartel en una misma ciudad y en una misma temporada dos de las obras consideradas más complejas, más inabarcables y menos representadas del teatro de Federico García Lorca es algo que rara vez sucede. Ha pasado sin embargo en Madrid, donde en apenas ocho meses se han podido ver dos producciones de las cumbres del llamado teatro imposible lorquiano: primero El Público -en una celebrada versión de Álex Rigola en el Teatro de la Abadía sobre la que no obstante creí conveniente hacer alguna matización- y ahora Así que Pasen Cinco Años, en versión de Atalaya Teatro que acoge el Centro Dramático Nacional. Una y otra presentan dos formas radicalmente distintas de acercarse a un teatro que, en mi modesta opinión, a día de hoy de imposible tiene poco más que el nombre.

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Cuando hace unos meses escribí sobre El Público -les dejo el enlace porque mucho de lo que dije entonces sigue valiendo para esta obra- me posicioné en una línea que defendía que hay mucho de leyenda urbana en las dificultades para ‘comprender’ el teatro imposible de Lorca; y en lo relativo a lo innecesario de la ‘comprensión’ del teatro a estas alturas como un concepto clave para su disfrute. Todo lo que dije entonces para El Público lo mantengo para Así que Pasen Cinco Años; una obra que, si bien nace agarrada a la leyenda del fatum trágico inevitable -porque Federico fue fusilado justo cinco años después de escribir esta obra-, creo que es incluso menos compleja que su compañera. Porque en Así que Pasen Cinco Años, Federico trata el tema de la espera imposible, de amarrarse a una esperanza de amor muerta, salpicado con estampas surrealistas que tienen aquí mucho de simbólico -un simbolismo más claro en El Público-, y un peso evidente en el resto de la trama -vean por ejemplo cómo una escena aparentemente intrascendente como la del Gato y el Niño enlaza con el resto de la trama argumental-. Así pues, creo que Así que Pasen Cinco Años, aún salpicada por el mundo surrealista lorquiano, tiene mucho menos de indescifrable de lo que otros nos quieren hacer ver.

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Si la propuesta de Rigola para El Público era puro exceso visual en sí mismo, la propuesta de Ricardo Iniesta para este montaje de Atalaya de Así que Pasen Cinco Años es mucho más comedida, neutra, centrada en colores oscuros que colocan el tiempo de espera del Joven muchas veces en la esfera de lo fantasmagórico, con una gran estructura móvil como único elemento escenográfico. Puede que en un escenario tan grande como el del Teatro Valle-Inclán la propuesta parezca un poco escasa de más; pero desde luego a nivel visual encuentro preferible este minimalismo antes que el desparrame imaginativo para abordar el surrealismo. Ahora bien, quizá la clave esté en encontrar un punto medio entre este minimalismo excesivo pero elegante y la desbordante creatividad de aquel montaje de Rigola para El Público: es ahí, en ese término medio que habría que medir, donde esté la clave del éxito estético; ni tanto, ni tan poco.

Ahora bien, esta versión de Atalaya se cae con todo el equipo para mi gusto en la toma de una serie de decisiones de tono, enfoque y tratamiento del texto que no aportan gran cosa, y hacen que gran parte de la verdad que existe en la palabra poderosa de Lorca se pierda por el camino. Primero, la versión incorpora toda una serie de textos que son de Lorca pero no son de esta obra -a saber, “Madrigal a la ciudad de Santiago” y otros-. La sensación es que estos añadidos son un relleno que no aporta nada al conjunto de lo que es Así que Pasen Cinco Años en sí misma: no tengo nada en contra de añadir cosas a los originales; pero siempre y cuando esos añadidos sumen algo pertinente al resultado más allá del adorno y del capricho. Desgraciadamente, a pesar de la belleza de los poemas, no es el caso… Además, hay algún pasaje que va pasado de rosca -la criada recuerda peligrosamente a Gracita Morales…-, bastante alejado de lo que debería ser el espíritu lorquiano.

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Por otro lado, el tono en el que se dice el texto mantiene un cuidado extremo por el ritmo de la métrica -vamos, que uno ve los versos pasar-. El resultado cae en un registro artificioso, impostado y a veces peligrosamente naif -la escena del niño y el gato con esas vocecitas me corta mucho el rollo…-, que aleja a la poesía lorquiana de la verdad con la que debería decirse: de acuerdo en que es verso poético; pero también es teatro… la verdad, la veracidad, nunca debería perderse en favor de mantener la rítmica del verso, cuando de hacer teatro en verso se trata. El teatro en verso escenificado ha de ser algo más de lo que se puede esperar de una simple lectura, y a veces ha de romperse la métrica sin temor en favor de la unidad dramática de las situaciones y la verdad en la palabra. Unos más y otros menos, pero los nueve actores del elenco –Elena Amada Aliaga, Jerónimo Arenal, Manuel Asensio, Carmen Gallardo, Silvia Garzón, José Ángel Moreno, Marta Sanz, Raúl Sirio Iniesta y Raúl Vera- se mueven en este tono, que es indudablemente decisión de dirección tan meditada como, en mi humilde opinión, desacertada: este tipo de declamación en teatro -en cualquier tipo de teatro…- ya es de otros tiempos.

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La sensación final es la de un acercamiento original en lo estético al surrealismo lorquiano; pero lastrado por un ritmo que buscando ensalzar el aliento poético del texto, se deja por el camino la fuerza teatral de la obra en sí misma. Y estas cosas, en teatro, son como mínimo un conflicto importante.

H. A.

Nota: 2/5

 

“Así que Pasen Ciinco Años”, de Federico García Lorca. Con: Elena Amada Aliaga, Jerónimo Arenal, Manuel Asensio, Carmen Gallardo, Silvia Garzón, José Ángel Moreno, Marta Sanz, Raúl Sirio Iniesta y Raúl Vera. Dramaturgia y dirección: Ricardo Iniesta. ATALAYA / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 16 de Abril de 2016

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2 comentarios leave one →
  1. abril 25, 2016 11:09

    Subscribo o da “lenda urbana”!

Trackbacks

  1. ‘Los Caminos de Federico’, o recordar y recuperar | BUTACA EN ANFITEATRO

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