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‘…Y la Casa Crecía’, u opulencias de otros tiempos

marzo 28, 2016

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Está bien que de vez en cuando las instituciones públicas tiren la casa por la ventana presentando superproducciones costosas con repartos copiosos y puestas en escena de esas por las que se ve el dinero pasar a cada segundo. Montajes que las instituciones privadas difícilmente se pueden permitir. Pero no estaría de más que si se va a realizar un dispendio de este calibre, haya algo por debajo: un texto de interés, un autor con peso o algo que garantice que el público se va a interesar por el producto más allá del dispendio. …Y la Casa Crecía, texto de Jesús Campos García que presenta el Centro Dramático Nacional, es en este sentido un quiero y no puedo: una obra contemporánea que intenta parecerse a algunos grandes autores patrios del pasado sin demasiada fortuna, resultando un texto caduco y más propio de otros tiempos; y que viene envuelto en una exigente propuesta escénica que tiene la opulencia como signo marca de la casa.

Alberto e Isabel alquilan la mansión de Doña Aurelia por la ridícula cifra de 100 euros mensuales, a cambio de mantenerla mientras ella se retira a descansar y a tratarse el reuma. El hijo de Doña Aurelia, Don Guillermo, no está de acuerdo con la jugada de su madre e intenta inútilmente sabotear la operación, que la matriarca ha dejado sin embargo atada y bien atada. Y así, Alberto e Isabel arrancan una vida de ensueño, por encima de sus posibilidades y a precio de ganga… hasta que algo raro empieza a ocurrir, porque las habitaciones se multiplican misteriosamente y cada día aparecen más y más puertas que conducen a nuevas habitaciones… Además, al mismo tiempo que la casa se multiplica en tamaño, los inquilinos notan la presencia del marido fallecido de Doña Aurelia; y Don Guillermo les va llenando la mansión progresivamente de antigüedades, animales disecados a tamaño natural e incluso varios pasos procesionales.

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Se podría decir que …Y la Casa Crecía intenta dos cosas fundamentales y no consigue plenamente ninguna de las dos. Por una parte, quiere parecerse a esos textos de Jardiel Poncela, Mihura o Arniches, tanto por lo rocambolesco de la anécdota como por el uso de unos diálogos que se pretenden ágiles e incisivos: primer error, porque a Campos García le ha quedado un enredo plagado de lugares comunes, de personajes inevitablemente encorsetados en el cartón piedra –esa criada cubana revolucionaria es un festival de tópicos…-; y, en definitiva, un teatro añejo, caduco, más propio de otros tempos que de una actualidad en la que todo eso está ya decididamente superado. Por otra parte, desde la comedia se intenta hacer una crítica al capitalismo desmedido y a la especulación que lleva a los seres humanos a querer más y más, enriqueciéndose a toda costa: segundo error, porque la comedia es tan blanca, tan falta de pretensiones, que cualquier intento de crítica social cae por su propio peso ante los presupuestos de un texto que podría haber arañado en los 60 y 70, pero que hoy está completamente superado y apenas provoca risotadas aisladas aquí y allá. Así pues, …Y la Casa Crecía se estrella como texto en sus intenciones, porque la cosa no da más de sí. Concedámosle una cosa: hay un hallazgo hacia el final, cuando la cosa adquiere tintes de comedia surrealista –la resolución tiene tela marinera- y bordea por un momento el auto sacramental; pero para cuando esto llega ya es tarde como para enderezar un barco que se está hundiendo sin remedio.

Y si el texto es pretencioso hasta decir basta, hay que decir que el Centro Dramático Nacional ha sacado la artillería pesada presentando un complejo dispositivo escenográfico –del propio autor- en el que, efectivamente, la casa crece y crece, va tomando más y más fondo y los más variopintos elementos de atrezzo lo van inundando todo. El resultado es tan vistoso como costoso y demuestra todas las posibilidades del Teatro María Guerrero como espacio. Se ve el dinero pasar a través de la puesta en escena. Tampoco se ha escatimado un ápice en el variopinto vestuario que firma María Luisa Engel. El conjunto es, nadie lo dudará, un dispendio, y resulta frustrante que se hayan puesto todos estos medios al servicio de un texto sin el menor interés que no da más de sí: puestos a hacer una inversión de este calibre, al menos apostar por un texto que tenga algo de calado. No nos olvidemos que en teatro lo importante debería ser el texto y el actor, y todo lo demás son añadidos más o menos superfluos. Pues bien, de esos añadidos hay aquí un auténtico arsenal… de texto, sin embargo, poca cosa.

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Diez actores –la mayoría en roles más o menos episódicos- de probada solvencia; y todos más o menos perdidos ante una dirección –que firma también el autor- que no consigue salir nunca del encorsetamiento de la escritura misma. A todos les hemos visto brillar en otros montajes, pero aquí apenas Luis Hostalot, Juan Matute y José Ramón Arredondo consiguen un momento de lucimiento en esa escena final en la que por un momento todo parece enderezarse. El resto no se encuentran y lo tienen francamente difícil para hacerlo. En papeles larguísimos –la pareja protagonista-, Juan Carlos Talavera sale mejor parado que Ana Cerdeiriña –imagino que se lo habrán marcado así, pero va pasadísima de vueltas…-. Ana Marzoa aparece instalada en la peor tradición de la señorona de la comedia de otros tiempos, Miguel Palenzuela intenta inútilmente insuflar un poco de vida a un personaje que podría haber tenido cierta gracia, el señorito de Samuel Viyuela aparece encorsetado en exceso, el mayordomo de Fernando Albizu nunca pasa de la caricatura y Marilyn Torres no llega ni a eso en un personaje escrito de forma francamente lamentable. Pero la culpa es solo de la dirección errática, del escaso calado del texto o de ambos: nunca de unos actores a los que hemos visto brillar en otros montajes, pero que aquí no encuentran su sitio.

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Apenas nueve filas de butacas cubiertas en el María Guerrero –vamos, que el público no está respondiendo…- para un espectáculo en el que se han puesto muchos medios, pero que no va a ningún sitio en su resultado final. Porque por mucho que las cosas se quieran disfrazar, el teatro es otra cosa: si no hay algo que contar, el resultado no va a ningún lado. Triste, eso sí, que siendo capaces de poner tantos medios al servicio de un espectáculo, en el María Guerrero se hayan decidido por este, precisamente por este, que como texto no merece sino dormir en un cajón.

H. A.

Nota: 2/5

 

“…Y la Casa Crecía”, de Jesús Campos García. Con: Juan Carlos Talavera, Ana Cerdeiriña, Marilyn Torres, Fernando Albizu, Ana Marzoa, Samuel Viyuela, Miguel Palenzuela, Luis Hostalot, Juan Matute y José Ramón Arredondo. Dirección: Jesús Campos García. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero, 22 de Marzo de 2016

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