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‘Carmen Interrumpida’, o pensar al galope

marzo 27, 2016

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Si algo hay que valorar muy positivamente del trabajo que viene desempeñando Adán Black en su minúsculo espacio de Theatre for the People es esa capacidad de haber fidelizado un público a través de propuestas de textos rabiosamente contemporáneos –generalmente de estreno en España-, levantando espectáculos ciertamente dignos en una sala que dejaría en mansión al más pequeño salón de casa que puedan ustedes imaginar. Vamos, que en un espacio en el que todo son problemas –no ayuda ni la disposición público-escena, ni la distancia de apenas unos centímetros entre la escena y la puerta de entrada, ni la imposibilidad de incorporar una escenografía propiamente dicha…-, Black consigue la doble carambola: por un lado demuestra que teatro se puede hacer teatro en cualquier espacio; y por otro llama al aficionado más voraz de novedades, ofreciendo los últimos gritos de la dramaturgia internacional moderna: si hace unos meses vimos una estupenda versión de un texto brillante como era The Flick, de Annie Baker, ahora ofrece Carmen Interrumpida, el último texto de Simon Stephen, que tuvo su estreno absoluto a finales de 2014 y ve en estas funciones sus primeras representaciones en España.

Una gran ciudad indeterminada. Una cantante de ópera hastiada de su profesión que ensaya Carmen para su próximo estreno. Se siente sola. Apenas identifica el lugar en el que se encuentra y reconoce que dedicarse a la ópera no fue una decisión vocacional. Como queriendo huir de sí misma, de su rutina –o tal vez como queriendo encontrarse definitivamente-, la Cantante se echa a las calles. Esas calles por las que las vidas de la gente discurren sin que nadie se fije en ellos, las calles de las grandes urbes en las que uno ha de sobrevivir solo. Por el camino, se cruzan las historias de cuatro personajes, que conocemos a través de meros flujos de conciencia: Carmen, un chapero que malvive del dinero que le deja lo único que sabe hacer; Micaela, una estudiante agarrada a una relación tóxica y acabada con un profesor como a un clavo ardiendo; Escamillo, un inversor cuya única preocupación es ganar más y más dinero; y Don José, una taxista que intenta desempeñar su trabajo mientras lucha con un conflicto familiar más o menos grave. A través de un accidente de esos que suceden todos los días en las grandes ciudades, las vidas de los cinco personajes podrán cruzarse por un momento, sin que tengan tiempo de reparar los unos en los otros; porque en las grandes ciudades todo fluye a un ritmo que no da tregua posible.

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Cuenta Simon Stephens que Carmen Interrumpida nació a través de una serie de entrevistas con la mezzosoprano Rinat Shaham, mientras ensayaban una producción de Carmen para el Festival de Glyndebourne; y que el personaje de la cantante está por tanto basado en la solista israelí –quien por cierto se hizo cargo del rol en una de las producciones de la obra-. A través de una escritura particular –flujos de conciencia que se entrecortan como trallazos que el espectador ha de saber cómo conectar-, Stephens parece querer realizar una crítica ya no solo a la incomunicación, sino también a la sociedad de consumo en la que vivimos inevitablemente instalados: esa sociedad en la que lo que importa es tener el último modelo de I-phone; pero en la que somos absolutamente incapaces no ya de exteriorizar nuestros sentimientos, sino de pararnos a pensar en la persona que tenemos al lado en el vagón del metro, en la barra del bar o en la parada del autobús. Estos personajes ellos se lo guisan y ellos se lo comen; porque son incapaces de escuchar y no tienen quién les escuche; y por eso han de salir solos a la urbe y enfrentar un mundo presente que les pesa con unos recuerdos que –las más de las veces- ni siquiera saben cómo gestionar.

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No es fácil por su estructura decidir cómo levantar esta función, y la dificultad se duplica si consideramos que este espacio no deja demasiado margen al juego. Es por ello que hay que aplaudir la valentía de Adán Black al haber sido capaz de llevar la función a buen término, ya de entrada. Black plantea su espectáculo en dos espacios: la escena propiamente dicha –en la que los personajes desgranan sus monólogos sometidos al juicio del foco de la luz cegadora- y un fondo presidido por un espejo en el que los personajes que aguardan van pintando toda una suerte de conceptos que actúan como leitmotivs de la narración de los otros, a la vez que permanecen enganchados a sus aparatos de última tecnología: cualquier cosa con tal de no escuchar al que en ese momento habla, salvo en puntos muy concretos y necesarios. Es cierto que en mi función no todos los efectos de luz entraron como deberían –gajes del oficio, cosas del directo…- e incluso que hay un error grave de percepción de unos subtítulos que se ven a través de un espejo –y por tanto se leen al revés…-; pero quizá lo más revisable de la propuesta sea una mera cuestión rítmica: si la función transcurre como flujo de conciencia, los relatos exigen una premura que vaya a la velocidad del pensamiento. Black lo sabe y comienza la narración a ritmo trepidante y prometedor –la primera intervención de Micaela es una flecha-, pero después opta por relajar progresivamente el ritmo: creo que todo funcionaría mejor si se mantuviese un ritmo salvaje en el que la información llegase siempre casi como una tempestad agresiva, sin apenas tiempo para que el espectador la asimile; es, claro, un doble reto para actores y espectador, pero creo que se puede hacer –vean el arranque y entiendan que se puede hacer- y que aportaría un nuevo significado al resultado final.

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Del honesto reparto, tengo que destacar que la Micaela de Estefanía Villarte capturó toda mi atención desde el primer segundo sin piedad: es un ciclón, puro nervio, mantiene el ritmo trepidante en lo que dice sin que la dicción se resienta nunca, y resulta orgánica hasta bordear la línea roja de la intimidación. Salir con esa intensidad a esa distancia cortísima del espectador es un riesgo, pero ella lo salva con nota. Siguiendo en la línea de intensidad –que insisto que le va tan bien a esta función-, la energía que imprime Antonella Broglia a Escamillo es muy de agradecer, y consigue vencer alguna incomodidad más o menos lógica y notoria con el idioma. En la Carmen de Carlos Guerrero observamos un curioso equilibrio entre el nervio del ritmo y la vulnerabilidad del mensaje del personaje; y acierta de pleno al huir de lugares comunes a la hora de enfocar al chapero, que no hubiesen llevado a ningún sitio. Puede que sea la estructura misma de la escritura de los personajes –siento que pese a ser papeles catalizadores, no terminan de estar todo lo desarrollados que deberían- la que haga que Ana Ballesteros (Don José) y Laura de Ziriza (La Cantante) no terminen de encontrar ocasiones de lucimiento personal dentro de la honestidad con la que trabajan: en el primer caso por una mera cuestión de que el personaje se diluye tras un inicio prometedor; y en el segundo caso porque parece que La Cantante es más una excusa para poner el foco real en el resto de los personajes; pero es, en cualquier caso, más una cuestión de escritura que de interpretaciones.

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Con aspectos a revisar y sin que sea una propuesta tan redonda como otras que hemos visto en esta misma sala, lo cierto es que esta representación vuelve a poner de manifiesto la osadía audaz de Black a la hora de no amilanarse ante los límites del espacio, y el interés indudable de conocer un nuevo texto de la dramaturgia contemporánea: al margen de las limitaciones dadas del espacio en sí mismo, creo que revisar el ritmo narrativo podría ayudar a la propuesta a crecer decisivamente.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Carmen Interrumpida”, de Simon Stephens. Con: Ana Ballesteros, Antonella Broglia, Carlos Guerrero, Laura de Ziriza y Estefanía Villarte. Versión y dirección: Adán Black. THEATRE FOR THE PEOPLE.

Theatre for the People, 20 de Marzo de 2016

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