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‘Ana el Once de Marzo’, o elogio de la sutileza (los hombres también lloran)

marzo 25, 2016

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En ocasiones la vida es caprichosa, y el destino ha querido que las representaciones en Madrid de Ana el Once de Marzo –función que rememora un episodio doloroso de nuestra historia reciente, de esos que conviene no olvidar para que no se repitan- hayan coincidido en el tiempo con los terribles atentados de Bruselas… Doce años después y seguimos en la misma; menos mal que está el teatro ahí para recordarnos que algunas cosas –aún- tienen que cambiar.

Es la mañana del jueves, 11 de Marzo de 2004. Tres mujeres que se llaman Ana escuchan la noticia de las explosiones de Atocha y temen por la vida de Ángel un hombre que podría ir en esos trenes, aunque esa no era su hora de coger el tren: son la madre –recluida en un asilo y con principios de Alzheimer, al cuidado de una enfermera que intenta ocultarle una tragedia que incluso su estado senil le permite intuir con claridad-, la esposa –que aguarda noticias en el hospital- y la amante –que espera en su casa pegada al teléfono, sin poder hacer más desde su penosa condición de ‘la otra’-. Al mismo tiempo y desde los tres espacios, reviviremos las horas de angustia de estas tres mujeres por ese hombre; que son además las horas de angustia de todos los que nos dejamos algo en el camino aquella mañana de jueves. Al mismo tiempo, reviviremos el tipo de relación de Ángel –la víctima- con esas tres mujeres, y lo que significa este hombre que ahora está a medio camino entre la vida y la muerte para cada una de ellas. Junto a la esposa de Ángel aguarda en el hospital Amina, una mujer árabe que espera conocer el sino de su hijo, otra víctima que también iba en esos trenes; en un interesante ejercicio de ruptura de los tópicos –porque aquí la mujer árabe es tan víctima de los hechos como el resto de los personajes- que acerca el dolor de las dos culturas ante un hecho que solo produce dolor y pérdida. El tratamiento del personaje árabe que, por una vez, mira de igual a igual, sin dobleces ni ambages, es un acierto pleno.

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Hay que destacar la valentía de Paloma Pedrero al haber escrito un texto sobre un tema que aún hoy, doce años después, seguramente levante muchas ampollas entre los madrileños –y no solo entre los madrileños- y haber huido drásticamente de cualquier atisbo de explosión lacrimógena. Es un acierto. Pedrero no va a hacer daño ni lo pretende: ha escrito una función sanadora, curativa; de esas en las que el dolor solo se muestra de telón de fondo para dejar paso a la esperanza. Una función que removerá a cada uno sus propias heridas, pero que jamás saca el cartel de ‘llore usted ahora, llore usted aquí, llore con nosotras’. Porque cada uno gestiona su dolor como mejor le parezca, y Paloma Pedrero parece haber entendido el concepto a la perfección: Ana el Once de Marzo es una función no solo necesaria –porque todos tenemos algo que recordar-, sino también un acercamiento tierno, cercano y luminoso a una tragedia que es ya la de todos: va generando un nudo en la garganta que solo cada espectador decidirá cómo desatar. Creo que en esa cualidad de sutileza, en esa sutilidad con que está contada y en la humanidad que desprenden sus personajes está uno de los valores teatrales de un texto que tiene mucho más valor que el meramente teatral en sí mismo: porque Ana el Once de Marzo es ante todo una oportunidad para recordar, rememorar, homenajear; e incluso para sanar heridas y poner viejas cuestiones en orden. Uno de los mensajes de Pedrero parece ser justamente ese: sabe que el tema es demasiado delicado como para hacer más sangre; y por eso consigue una narración tierna y sutil; un teatro de caricia frente al dolor de cada uno.

Hay, eso sí, una cuestión que no quisiera pasar por alto de la escritura de Pedrero. De siempre se sabe que Paloma Pedrero es una voz especialmente comprometida en sus textos con el mundo de lo femenino y la mujer. Curiosamente, en esta función da voz a cinco mujeres que sufren por la incertidumbre acerca de las vidas de dos hombres. Aporta un punto de vista exclusivamente femenino de lo que es una tragedia universal; y amputa a los hombres no solo sus vidas, sino también su capacidad de expresarse y de mostrar el dolor: aún sabiendo de su compromiso feminista, personalmente me hubiera gustado que en esta función –que aborda un tema tan de todos- algún hombre tuviese voz, para demostrar que, ante una tragedia de tal calibre, los hombres también lloran; también lloramos. Y es un detalle que no quisiera dejar de comentar, porque hace que de alguna manera me falte un prisma de esa visión panorámica sobre el dolor.

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Todo es sencillo, honesto y funcional en una versión que sabe perfectamente al servicio de qué está dispuesta: desde la dirección de escena –de la propia autora, a cuatro manos con Pilar Rodríguez-, que concentra su punto de mira en el trabajo actoral, a una iluminación concisa, pero francamente bien colocada. Y vamos ya al máximo hallazgo máximo de la propuesta escénica: en el momento cumbre de la función, cuando estalla el desenlace, suena “Razones”, de Bebe. ¿Cómo decirlo? Es una de las selecciones musicales que mayor efecto me hayan causado en teatro en bastante tiempo: es pertinente por la temática, sutil, efectiva; es lo que tiene que sonar ahí para que cada uno saque fuera lo que tenga que sacar. Mi enhorabuena a quien haya tenido la idea.

Todo el reparto ha de asumir el reto de trabajar personajes en una situación límite, pero huyendo drásticamente de lo lacrimógeno. Todas aciertan con el tono. Me gustó mucho por ejemplo la conversación telefónica entre Blanca Rivera (la Mujer) y Marta Larralde (La Amante), porque está expuesta de una forma aséptica y fría, dolida, de esas que demuestran que las procesiones de ambas van por dentro, tal y como ya hemos visto a lo largo de la función: aquí lo gordo es justo todo lo que no se dicen, pero ahora deben mantener la compostura cuando todo lo que necesitan es un hombro en el que llorar. También la maestría con que María José Alfonso (La Madre) resuelve una escena que comienza siendo casi de vodevil –habla de los cuernos que le ponía su marido- y va avanzando imparablemente hacia el drama: el tono está muy bien equilibrado. Laura Toledo presta su voz y su cuerpo a Amina, un personaje que es pura dignidad en sí misma, huyendo de cualquier lugar común –todos tenemos alguno en mente- y pintando a una mujer capaz de mirar a Occidente de igual a igual; y Ana Peinado aporta luminosidad a un personaje que podría haberse quedado en nada, pero termina siendo cómplice indispensable de María José Alfonso en un momento de gran teatro.

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Media entrada en la sala pequeña –será que algunos prefieren no recordar…- para un espectáculo sutil, sencillo; que tiene muy clara una vocación social si es necesaria en cualquier momento, seguramente lo sea ahora más que nunca. Un espectáculo al que solo se le puede reprochar que los hombres también lloran aunque no lo parezca. Y un espectáculo que es un acierto de programación en un teatro público en pleno centro de Madrid: porque nos ayuda a recordar cosas para que no se repitan. Un teatro que trasciende indudablemente lo meramente teatral y llevará al espectador a lugares personales, íntimos, dolorosos necesarios; pero lugares que deben estar ahí.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“Ana el Once de Marzo”, de Paloma Pedrero. Con: María José Alfonso, Marta Larralde, Blanca Rivera, Laura Toledo y Ana Peinado. Dirección: Paloma Pedrero y Alicia Rodríguez. ELMURO PRODUCCIONES / TEATRO DEL ALMA

Teatro Español (Sala Margarita Xirgu), 19 de Marzo de 2016

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2 comentarios leave one →
  1. marzo 29, 2016 20:52

    Parabéns pola crítica unha vez máis. Discrepo, xa sabes, do teu botar en falta o masculino. Que non estea máis presente non quere dicir que estea ausente.
    Coma sempre, dá gusto lerte.

    • marzo 29, 2016 21:32

      Ola Avelino,
      Penso que NESTE caso concreto, a imaxe que se da do masculino pode chegar a ser discutible, non tanto pola ausencia, senon polo tipo de presenza que percibimos:
      Repasamos: as cinco mulleres falan de tres homes.
      A) ÁNGEL, que morre nos trens: Ten unha amante, ponlle os cornos á muller e intuímos que non visita á nai tanto como podería: Mala imaxe do home dende a percepción da muller.
      B) O MARIDO DA NAI DE ANGEL: Poñíalle os cornos repetidamente. Mala imaxe do home dende a percepción da muller (“Los hombres sois todos gilipollas” di a nai de Ángel, senil)
      C) O FILLO DE AMINA: Non sabemos nada. Parece bo rapaz.
      D) A voz MASCULINA por megafonía implica morte, a FEMININA implica posible salvación…

      Son detalles, mais creo que a imaxe masculina nesta obra podería ter sido máis positiva.

      Saúdos e grazas sempre pola túa mensaxe e por leerme.

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