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‘La Distancia’, o las dos caras del miedo

marzo 24, 2016

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Con el estreno de la versión teatral de la novela corta Distancia de Rescate, de Samanta Schweblin (2015), el dramaturgo y director argentino Pablo Messiez ha regresado por esa senda que aúna lo poético con lo interrogante; presentando una historia que va como anillo al dedo a sus presupuestos estilísticos. La Distancia es una historia compleja, a medio camino entre el cuento de terror psicológico y el thriller, que pone contra las cuerdas a personajes y espectador a partes iguales y tensa esas cuerdas hasta sus últimas consecuencias. Pero, detrás de esta historia de terror y misterio hay a la vez una íntima y delicada trama de personajes que intentan defenderse no ya de lo desconocido, sino incluso de aquello que sencillamente no pueden ni saben cómo llegar a controlar.

Amanda va a morir. Le quedan pocos instantes de vida y espera el fatal desenlace en una sala de hospital. A su lado, David, un niño de pocos años, insta a la mujer a hacer memoria, a recordar lo que ocurrió y a ceñirse a los detalles verdaderamente importantes para que ella pueda entender qué pasó exactamente antes del fatal desenlace… Entonces sabemos que Amanda viajó con su pequeña hija Nina al campo, y que en el campo conoció a Carla, la madre de David. Pero algo extraño ocurre en este entorno bucólico: los caballos mueren misteriosamente, Carla pone a David en manos de una curandera que le practica una migración de cuerpo para curar una extraña enfermedad y es incapaz de reconocer a su propio hijo… y ahora, por algo que en principio desconocemos, Amanda va a morir dejando desprotegida a su hija. La ‘distancia de rescate’ es la distancia variable que separa a Amanda de su hija, una distancia que ella dice calcular todo el día, aunque a veces arriesga más de la cuenta.

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Es mejor no contar mucho de lo que sucede realmente, pero diremos que Schweblin se basa en un terrible hecho real para contar una historia que, a medio camino entre el thriller y el terror, explora de un modo descarnado las relaciones más o menos tóxicas entre madres e hijos, y la auténtica problemática en la que se puede convertir tener un enemigo invisible en casa y no saber verlo… Porque el elemento que devasta a este pueblo es el más inesperado, el último contra el que podrían creer que han de luchar: la naturaleza misma. Schweblin hace además que su historia transite en dos tiempos entre dos espacios tan contradictorios como son la sala de un hospital y un entorno bucólico y campestre, y somete a los personajes a situaciones límite que no saben cómo resolver: la obsesión de Carla por saber qué ha pasado con su hijo después de la migración, la obsesión de Amanda por evitar que nada le pase a su hija, y la actuación del niño David casi como chamán-demiurgo ante la muerte inminente de Amanda. Pero, por encima de todo, Schweblin ha escrito una fábula sobre los comportamientos materno-filiales, y sobre el sentido de la responsabilidad maternal y la (in)capacidad para cumplir con ese compromiso de cada madre…

No es en absoluto fácil la estructura narrativa que plantea Schweblin, y hay que aplaudir por ello que Pablo Messiez haya preparado una versión muy limpia, muy clara de la novela, que no renuncia a aportar la información con cuentagotas para mantener la tensión; pero que ayuda al espectador a seguir la intriga sin perderse por los peliagudos caminos de la historia. La adaptación está muy lograda -únicamente me sobra el último monólogo a modo de epílogo, que parece estar situado ahí para lucimiento exclusivo de la actriz-, y la dirección escénica está llena de pequeñas sutilezas que sugieren y aportan nueva información -esos bidones, esas cruces, esa manera sutilísima de mostrar el principio del fin…-, un verdadero acierto. Hila pues muy fino Messiez en su puesta en escena -sobre concisa pero útil escenografía de Elisa Sanz, quizás demasiado acotada en sus distintos espacios-, siempre en favor de la narrativa de la historia, remarcando la parte bucólica en lo visual y concentrando gran parte de la tensión y el terror en un minucioso trabajo de dirección de actores.

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Hablaba más arriba del equilibrio existente en La Distancia entre la tensión del thriller y el peso de lo auténticamente poético. En este sentido, María Morales en Amanda da una verdadera lección interpretativa en un personaje que es dificultad constante: primero porque se mueve de forma alternativa entre dos planos -el del presente, en el que actúa como una moribunda que intenta comprender; y el del pasado, en el que debe pasar sucesivamente de lo intrascendente a la incredulidad, y de la incredulidad al terror- y segundo porque es un personaje al que Messiez regala discursos llenos de pura poesía emocional en medio de todo este caos bucólico que se le viene encima. Pasa por muchos lugares en poco tiempo y acierta en todos: escuchar por ejemplo la delicadeza real con la que aborda el monólogo de su visita al supermercado -que se revelará fundamental- en medio de esa espiral de sentimientos encontrados que es el personaje es un instante de verdadera y genuina emoción que, personalmente, me removió muchas cosas íntimas. Frente a ella, Luz Valdenebro resuelve con maestría de primera actriz el personaje de Carla, porque se convierte en una incógnita constante en sí misma: con pocos detalles pero muchos matices, Valdenebro me sembró la duda razonable sobre su personaje, que es pura ambigüedad – ¿es buena? ¿es mala? ¿lo sabe todo? ¿tiene oscuras intenciones? ¿sólo intenta ayudar? ¿ha perdido la cabeza? -: cuando una actriz consigue generarte todas esas dudas sobre un personaje, solo puede ser porque la interpretación es de altos vuelos como ocurre aquí: el duelo entre ambas da momentos legendarios.

Nunca es fácil cuando hay que representar a niños decidir qué tipo de convención tomar: personalmente siempre prefiero que se elimine cualquier atisbo auténtico de niñería, y que, viendo a un actor adulto trabajando como tal sea mi cerebro el que me haga no perder de vista que el personaje es un niño -pienso en Alberto San Juan en Hammelin, de Juan Mayorga; o incluso en Tamar Novas en el reciente montaje de Vida de Galileo-. En esta ocasión, Messiez decide que los dos niños se muevan y vistan como niños pero hablen como adultos. Si al David de Fernando Delgado -que sustituye al actor inicialmente anunciado- tal vez le falte cierto toque mefistofélico que intuí muy claramente leyendo la novela pero aquí no vi por ninguna parte -vamos, que aquí no me dio mal rollo y leyendo sí…-, visualizar a una niña en Estefanía de los Santos -que clava sin embargo el personaje de la curandera al comienzo de la obra- me resultó más complicado por la rotundidad tanto física -aunque actúe en cuclillas…- como vocal de la actriz: valoro mucho el esfuerzo, pero no terminé de visualizarla… Además, su monólogo en forma de epílogo me resulta un añadido superfluo en lo argumental, aunque ella se luzca sacando ese desgarro rasgado del que hace gala siempre.

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Pero lo cierto es que La Distancia es un espectáculo potente, que cuenta con una historia de doble filo que aborda cuestiones que remueven, inquietan e incomodan irremediablemente al espectador, y que se apoya en una dirección sutil y acertada con algunas interpretaciones de altos vuelos. Es, sí, una historia de terror psicológico; pero recuerden que a veces los verdaderos fantasmas no están ahí fuera, sino dentro de nosotros mismos en forma de esos miedos insalvables que no conseguimos vencer.

H. A.

Nota: 4/5

 

“La Distancia”. Versión de “Distancia de Rescate”, de Samanta Schweblin. Con: María Morales, Fernando Delgado, Luz Valdenebro y Estefanía de los Santos. Versión y dirección: Pablo Messiez. BACANTES TEATRO.

Teatro Galileo, 17 de Marzo de 2016

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