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‘Vida de Galileo’, o más cuadrado que redondo

marzo 9, 2016

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Brechtiano como soy y aunque está considerada como una de sus obras cumbre, siempre me he encontrado bastante alejado de Vida de Galileo, la obra sobre el inmortal personaje que Bertolt Brecht revisó hasta en tres ocasiones a lo largo de su vida, adecuándola al devenir social de los acontecimientos. Por más que haya un componente claro de denuncia social; incluso de identificación entre la figura del autor y los postulados del (anti)héroe protagonista, siempre me ha resultado un texto árido y denso, máxime si –como en la presente función- se opta por una de las versiones ‘largas’ de entre las muchas que existen –la función se extiende durante 2 horas 25 minutos sin intermedio-. Hay escenas cargadas de mensaje e intensidad, sí; pero también encuentro que hay mucho relleno, que posiblemente se mitigue optando por una de las versiones más breves –aunque se pierda parte del mensaje-.

No niego, insisto, mi falta de conexión -creo que desde siempre- hacia este texto en particular dentro de las opciones que hay para montar un Brecht. Y seguramente me equivoque, pero tengo la sensación de que lo que el dramaturgo alemán quiere denunciar o poner de relieve con esta obra -no olvidemos que en Brecht siempre hay un componente político- es uno de los mensajes más superados o asimilados de cuantos pueblan su producción teatral desde el momento de sus (re)escrituras; como si fuese de los textos brechtianos que menos pertinencia social mantienen a día de hoy en su componente de denuncia crítica…

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La versión escogida aporta un punto de vista más pesimista que las otras de la misma obra, e incorpora la partitura de Hanns Eisler expresamente creada para la pieza –Brecht fue tajante: la obra debe interpretarse con esta música o sin música alguna; pero nunca con otra partitura de nueva creación-. Ernesto Caballero la ha planteado como una gran superproducción –puede que la producción propia más ambiciosa de toda la temporada del CDN- con la friolera de catorce actores y tres músicos; en un montaje que pone patas arriba la sala polivalente del Teatro Valle-Inclán.

Caballero ha ideado un espacio circular y giratorio –una especie de pista de circo-, en torno al cual se dispone al público; pero no renuncia a mover a sus actores por toda la sala para dar mayor agilidad a su propuesta. Pese a esta peculiar disposición, el montaje es de corte austero, y solo algunos elementos escénicos se incorporan al espacio desierto. Austero pero eficaz –en tonalidades rigurosamente negras- es también el vestuario de Felype de Lima, y con algún golpe bien planteado la sencilla iluminación de Ion Aníbal. La sensación de agilidad se transmite a lo largo de todo el montaje –no es difícil cuando se ha de mover a tanta gente-, pero siento que las ideas se van agotando conforme avanza la propuesta. El arranque, con ese guiño metateatral tiene un pase como idea –una compañía está montando Vida de Galileo, e irrumpe Bertolt Brecht en persona en el ensayo para hacerse cargo del rol principal-, pero ocurre lo que tantas otras veces cuando se estructura un montaje en torno a una idea concreta: una vez que se presenta la idea conceptual, apenas se desarrolla salvo en un par de ocasiones… y, por supuesto, no va hacia ningún lado en el desenlace. Lástima, pero si optamos por un camino –supongo que este guiño metateatral representa aquí al distanciamiento brechtiano; pero tampoco veo que esté del todo desarrollado como método de distanciamiento en sí mismo- deberíamos poder darle una coherencia que vaya más allá de citarlo dos o tres veces… Y, luego, siento que algunos parlamentos están enfocados en un tono digamos excesivamente teatral y solemne para ser un Brecht –pienso en la capital escena del Dogo, por ejemplo-, pero eso ya son decisiones personalísimas de lectura del texto. El montaje tiene agilidad –eso no puede negarse-, siempre hay un lugar al que mirar; y el espacio está muy bien utilizado; pero creo que todo aparece excesivamente milimetrado, excesivamente preciosista: como si un aire cuadriculado le restase algo de redondez. Hay después decisiones estilísticas que no siempre acierto a comprender. Se da, sí, la partitura de Eisler, pero no sé si en el estilo más apto para lo que es una obra de Brecht: el detalle de incorporar un contratenor parece más una concesión preciosista del montaje que algo que vaya en la dirección que buscaba el dramaturgo alemán al incorporar música a su montaje –en Brecht la música es un añadido, no se requiere ni se busca perfección lírica…-: ya de interpretar la música de Eisler, lo suyo sería hacerlo en estilo…

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El reparto es muy coral y nadie desentona especialmente; aunque haya algunos grandes nombres que tampoco encuentren su momento para destacar. Al Galileo de Ramón Fontserè, sin que se robe la función, sí hay que concederle que está aquí bastante más comedido que en sus trabajos con Els Joglars, en un registro bastante nuevo para la imagen que tenía de él como actor –se agradece-. Del conjunto, me gustaron mucho la pachorra natural que aporta Ione Irazabal a la Señora Sarti –creo que es la mejor del conjunto bajo mi punto de vista-; la rotundidad con la que asume Alfonso Torregrosa todos sus personajes –es entrar y destacar-; o la inteligencia de Tamar Novas para transitar por un personaje que evoluciona de niño a adulto a lo largo de la obra sin forzar las tuercas –nunca es fácil dar con el tono para este tipo de roles, y Novas acierta-;hay además otra cosa reseñable: escucha a Fontserè con mucha atención, se nota que está escuchando y recibiendo la información, y eso siempre se agradece. Muy en su sitio también el Ludovico Marsili de Borja Luna y de presencia poderosa Pedro G. de las Heras en los diversos roles que interpreta. En el otro lado de la balanza, puede que Roberto Mori no saque todo el jugo al Dogo –aquí estoy casi seguro de que es un asunto de dirección-; y que la Virginia de Macarena Sanz me resultase naive en exceso en según qué momentos, sobre todo siendo como es un personaje que es puro crecimiento hacia el desencanto. El resto del elenco cumple sin desentonar, aunque puede que la constante –algo excesiva- presencia de Alberto Frías – ¿por qué no limitarse a su rol de cantante?- puede llegar a ser algo cargante.

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En resumen, el montaje es limpio y ordenado; pero creo que no siempre sigue la línea de Brecht y que no termina de sacar todo el partido al par de ideas –el metateatro y el espacio- sobre las que se sustenta. Le pesa también hasta cierto punto la duración. A pesar de todo, está siendo un éxito indiscutible de público –el teatro está cada noche hasta la bandera y la función concluye entre aclamaciones…-; pero creo que le he visto montajes igual de ambiciosos que este pero mucho más conseguidos a Caballero.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

 

“Vida de Galileo”, de Bertolt Brecht. Con: Chema Adeva, Marta Bertriu, Paco Déniz, Ramón Fontserè, Alberto Frías, Pedro G. de las Heras, Ione Irazabal, Borja Luna, Roberto Mori, Tamar Novas, Paco Ochoa, Macarena Sanz, Alfonso Torregrosa y Pepa Zaragoza. Músicos: Javier Coble, Pau Martínez y Kepa Osés. Versión y dirección: Ernesto Caballero. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 3 de Marzo de 2016

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