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‘Mi Relación con la Comida’, o ser o no ser (Angélica)

febrero 24, 2016

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Dicen que nunca es tarde si la dicha es buena. Pues bien, después de nada más y nada menos que año y medio de éxito en Madrid y cuando encamina ya sus últimas funciones en la capital, por fin he visto Mi Relación con la Comida, el texto de Angélica Liddell ganador del Premio SGAE de Teatro 2004, en la aclamada versión de Esperanza Pedreño: estuve a punto de verlo en varias ocasiones; pero siempre se me torcía la ocasión en el último momento, llevándome a pensar que tal vez este espectáculo y yo teníamos la negra… Aquí está por fin.

Imagino que a estas alturas la figura de la autora, directora, actriz y performer Angélica Liddell no necesita ya presentación para nadie. Una de las voces más personales de la dramaturgia española de las últimas dos décadas, amada y discutida a partes iguales; se ha ganado a pulso un lugar de honor en la historia del teatro español reciente, tanto por su fuerte compromiso social en unos textos en los que muchas veces ella misma es el personaje –o es el personaje el que habla por su boca, como prefieran considerarlo- como por lo potente e icónico de sus propuestas escenográficas, en las que no duda en mutilarse o increpar directamente al público cuando la situación así lo requiere. Transgresora, incisiva, lírica, provocadora; rara vez la Angélica Liddell autora se separa de la Liddell performer; y en sus performances siempre suele colocar sus textos en unos códigos expresivos extremos, que a veces hacen complicado apreciar sobre el escenario la fuerza poética, el dolor y la delicadeza que esconden sus palabras detrás de su influjo reivindicativo –e incluso diría que por momentos hasta ‘vengativo’-. Pero ahí están los merecidos premios a todos sus textos; y ahí está también la fuerza de la palabra de Liddell: una fuerza de la palabra y un valor poético que hasta ahora pensaba que cobraban su mayor énfasis cuando la obra de Liddell se leía más que cuando se veía representada; porque en los espectáculos preformativos de Liddell, siento que la palabra más que la razón de ser era un elemento más del conjunto. Quiero decir con esto, que siempre he sentido que la manera de Angélica Liddell de exponer sus propios textos al público, aún teniendo interés como hecho teatral tendía a distanciar al oyente de la recepción de lo poético: porque Liddell trabaja desde lo físico, desde la violencia, desde la ira, desde el dolor… cuando sus textos siempre me habían parecido algo más. Y esa era la idea que tenía hasta ahora, como si me faltase algo que no me permitía apartar a la catalana de lo preformativo y valorarla sencillamente como autora… hasta ahora, claro.

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En Mi Relación con la Comida, una artista –entiendo que la voz interna de la propia Liddell, o Liddell transmutada en personaje- se ha citado con un crítico –o productor- para hablar de su obra. Pero se resiste a entrar a comer en el restaurante carísimo que el hombre –al que no vemos, pero que actúa como interlocutor silente- ha escogido. Ella no lo ve necesario; no cree que sea necesario comer en un lugar así para hablar de su obra. Desde este punto, inicia un largo monólogo en el que expone sus razones, desde su dura vida en una casa inmunda en la que malvivía rodeada de cucarachas y compartiendo el edificio con inmigrantes que no tenían acceso a las condiciones mínimas de higiene; hasta su falta de creencia en un sistema artístico que ella encuentra falso, manipulado y pervertido. Así, la protagonista, va de lo general a lo particular, y de lo personal a lo social, para tratar una ácida e incisiva panorámica del país y de la sociedad en los que vivimos, de la influencia económica, de esa sociedad capitalista, de clases y en la que el pez grande se come al pequeño. Esa sociedad castigada y dolorosa, en manos de la corrupción a la que ella también pertenece: y esa es una de las claves por las que no quiere comer ahí, porque no quiere ‘venderse’, no quiere perder la esencia de lo que ella es a cualquier precio. No quiere olvidar. No al arte y al triunfo a cualquier precio. No a darle al arte más importancia de la que ella cree que debe tener Es, en definitiva, un retrato lúcido del auge y caída de la sociedad en la que vivimos: un racconto en el que la autora no deja títere con cabeza y da una patada en las conciencias del público, como si dijese: “abran ustedes los ojos, miren, miren lo que hay”. Un pensamiento crítico e incisivo desde la sinceridad; que, pese a todo, no está en absoluto exento ni de humor, ni de ironía ni de dolor. Un texto que busca incomodar para concienciar, pero que no olvida en su escritura su marcado carácter teatral. Un teatro social, pero teatro al fin y al cabo. Solo un inciso más: parece mentira -o llámenle ironía, o desgracia…- que un texto escrito hace más de una década y tan apegado a una realidad social de un tiempo y un lugar concretos mantenga hoy, en 2016, toda su vigencia social como la mantiene: o los tiempos no cambian o vamos cada vez más a la deriva…

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Creo que es la primera vez que veo un texto de Angélica Liddell subido a escena en una propuesta escénica en la que la autora no tiene ninguna participación más allá de la escritura –no lo dirige, no lo interpreta…-. Decía más arriba que siempre siento que el discurso de Liddell está algo enturbiado por un cierto carácter de fille terrible que hace difícil separar Angélica voz/Angélica personaje/Angélica autora. Y aquí está la grandeza de lo que hace Esperanza Pedreño, una actriz espléndida que siempre consigue volver grande lo pequeño –vean qué belleza de secuencias tiene junto a Luis Tosar por ejemplo en el filme 18 Comidas (Jorge Coira, 2010) y entenderán de lo que les estoy hablando-, y que aquí realiza un trabajo en el que se lanza sin red a una experiencia extenuante, que da nuevo valor a la palabra de Angélica Liddell: Pedreño consigue despojarse de Angélica para contar a Angélica.

Entiéndaseme bien: Mi Relación con la Comida es, indudablemente, el discurso y el estilo de Liddell, y cualquiera que conozca la obra de la autora lo sentirá desde el primer momento. Pero en cuerpo y voz de Esperanza Pedreño, la palabra de Liddell cobra todo su sentido, todo su valor no solo social sino también teatral; porque la Pedreño –al contrario de lo que pasa con la Liddell- sabe dibujar cada frase, cada palabra, cada situación, de manera que el discurso se convierte en un verdadero carrusel de emociones en el que caben el humor, la ironía, el clown, la exasperación o el dolor mismo; buscando en todo momento concienciar e implicar al espectador. Con la sola ayuda de un gran balón hidráulico, tiza, agua y tomates, el lugar desde el que Pedreño vive este relato es tan diferente al lugar desde el que seguro lo haría la propia autora que le aporta un nuevo aliento, un nuevo ritmo; un estilo personalísimo que no solo revela a Pedreño como la gran actriz que es –nadie lo dudaba a estas alturas-, sino que ayuda al público a implicarse más aún con lo que se nos cuenta. La verdadera grandeza del trabajo de Esperanza Pedreño en esta función no está solamente en lo extenuante y entregado que resulta su trabajo –que también-, sino en haber sabido encontrar su propia personalidad, su propio ritmo y su propio lugar desde el que contar esta historia: revela a una actriz excelente y plagada de recursos, pero también aporta al texto nueva luz; y permite que apreciemos la fuerza de la palabra en toda su riqueza, sin accesorios ni provocaciones gratuitas.

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Se agradece el empeño por dar un nuevo enfoque y se aplaude el estupendo resultado, en un montaje que la propia actriz codirige con Isidro Paterna despojado como digo de cualquier rasgo de lo accesorio: es un acierto no solo porque la idea va ligada a esa condena del materialismo que reluce en el texto, sino porque demuestra que cuando el texto es potente y la actriz es de nivel –como ocurre aquí- no se necesita nada más. Los breves apuntes musicales ayudan a remarcar el factor irónico que salpimenta el espíritu crítico del montaje. El vestuario escogido -¿puede ser más feo?- sin embargo, sí es un punto muy revisable del montaje.

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Espléndida actriz para un espectáculo que creo que pone de manifiesto como pocas veces antes se había conseguido la verdadera importancia de Angélica Liddell como dramaturga. Porque brilla la actriz y brilla por tanto el texto; y porque la cosa va después de todo de ser o no ser Angélica Liddell: y Esperanza Pedreño no es Angélica Liddell, ni falta que le hace; la Pedreño es un portento que hace brillar la palabra de Liddell con una fuerza, una limpieza y una eficacia que quizás nunca haya conseguido alcanzar ni la propia autora en sus espectáculos preformativos. Ahí es nada.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Mi Relación con la Comida”, de Angélica Liddell. Con: Esperanza Pedreño. Dirección: Esperanza Pedreño e Isidro Paterna. EL BUCO PRODUCCIONES

Teatro Galileo, 20 de Febrero de 2016 (20.00 horas)

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