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‘Raclette’, o expectativas de alto riesgo

enero 28, 2016

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Espectáculo en lengua gallega

Cualquier estreno de un texto de Santiago Cortegoso es siempre sinónimo de dramaturgia contundente, arriesgada y rabiosamente contemporánea dentro del panorama teatral gallego. Con el estreno absoluto de Raclette –Premio Álvaro Cunqueiro 2014-, sin embargo, Cortegoso parece alejarse de esa línea contemporánea –que a veces bordeaba casi lo posdramático- para narrar un thriller que, aun con cierta audacia en la manera de distribuir los planos y los hechos, cae en el peligro de generar unas expectativas de alto voltaje en el espectador, que al final no siempre se resuelven con la audacia que uno esperaba: esa máxima del thriller de ‘hay que sorprender y golpear en el desenlace’ no acaba de tener aquí todo su esplendor; pese a que, como digo, la situación y el crescendo dramático tienen cierta temperatura y están bien planteados.

Una única mesa para cinco en la que se cocina una raclette. Dos cenas. Dos espacios. Dos acciones que transcurren en paralelo, en la misma mesa pero en la distancia de la intimidad del hogar. En una de las cenas, un matrimonio joven –ella del equipo técnico de una serie televisiva de próximo estreno y él un actor de teatro moderno que reniega de la televisión- aguarda la llegada de los padres de un niño que ha sido seleccionado para participar en la serie tras quedar finalista en un casting; pero, ahora, parece que los padres están reticentes a que participe, y esto podría poner en peligro un probable ascenso de la mujer. En la otra cena, un matrimonio intenta con dificultad buscar la comunicación para superar la muerte de su hijo pequeño, ocurrida hace apenas un par de semanas a causa de una extraña reacción alérgica: el padre –que aún escucha la voz del pequeño- prefiere intentar continuar, mientras la madre necesita respuestas contundentes a la muerte de su hijo. A través de cinco personajes –correspondiendo en general las escenas impares a una de las cenas y las pares a la otra- Cortegoso dibuja un mosaico social contemporáneo en el que se ponen de manifiesto filias, fobias, crisis y relaciones sociales que generalmente cojean a causa del enfrentamiento de polos opuestos: en casa de los padres del niño muerto la comunicación ya es imposible –pero tal vez ya lo era antes de su muerte… ¿quién sabe si el niño era el único motor para que el matrimonio continuase?- y en la cena correspondiente al casting se contraponen dos maneras de entender el mundo del arte –el de la televisión enfrentado al del teatro- con el de esa madre empeñada en demostrar ‘cuánto vale mi niño’, pero indecisa a la hora de lanzar a su hijo a la piscina de la fama y el éxito.

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Podríamos decir que, en esta ocasión, la prioridad de Cortegoso ha sido tratar la incomunicación de los individuos, pero desde el primer momento sabemos que las dos historias, las dos cenas, han de confluir en algún punto que le dé sentido al todo. Y, para eso, Cortegoso siembra pistas –generalmente falsas, por supuesto- que hacen que el espectador se interrogue hacia dónde tirará la cosa: ese padre que está en camino pero no llega a la cena, esa tensión sexual latente entre todos los personajes –que incluye por un lado un desnudo integral que no aporta nada y por otro una escena de sexo que tres cuartas partes de lo mismo…-, ese matrimonio con un marido en paro mantenido por una mujer en pleno ascenso laboral… Y, sin embargo, cuando llega la resolución del caso se opta por un desenlace tan macabro como directamente previsible, que aporta respuestas a la trama pero que deja en el aire cuestiones que parecían relevantes pero acaban quedando en nada –qué quieren que les diga, si de pronto dos personajes se lo montan en una mesa por puro morbo, me gustaría que esa escena fuese a algún sitio…-. Además, ni siquiera es un desenlace que golpee, porque sin ir más lejos se parece al de una serie televisiva de máxima audiencia de la pasada temporada: la cosa es que aquí –como allí en su momento- hay cabos sueltos que danzan casi mano a mano con la trampa… Por no hablar de la resolución final –no el ‘qué ha ocurrido’ sino el ‘cómo lo arreglamos’-, francamente difícil de encajar, incluso entre personas civilizadas como se supone que son los personajes de esta obra, cuando Cortegoso ya se ha sacado un conejo de la chistera para explicar el ‘qué’ unos minutos antes.

Y, a pesar de todo, debo reconocer abiertamente que el relato me mantuvo el interés durante gran parte del tiempo, me gustó estructuralmente, y me generó muchas expectativas que –sin embargo- se derrumbaron en parte cuando vi venir un final que se ve a la legua desde bastante antes de que estalle la sorpresa: cierta decepción por un desenlace precipitado no impide mi admiración por una estructura que, como digo, logra eso tan difícil que es mantener el interés: si el desenlace hubiese sido otro –puesto que está claro que a Cortegoso le importan las relaciones por encima de todo ¿por qué no dejarlo abierto?- estaríamos hablando de un texto de primer nivel, que se queda sin embargo en un buen texto porque cae en esa trampa del thriller que opta por buscar el impacto a toda costa.

Raclette-blog

Sencilla pero eficaz la puesta en escena, que concentra todo en el trabajo del actor –la mesa en la que transcurren las dos cenas, con cocina en directo, es la única escenografía- y rodea a los personajes de un público dispuesto a tres bandas en el mismo escenario –lamentablemente no he encontrado fotografías de la representación en las que se vea el efecto con el público en escena, pero sí quisiera preguntarme: en este caso concreto ¿qué aporta el público en escena a nivel dramático?-. Cortegoso –que además dirige la propuesta- ha sabido calibrar bien las dos tramas y los dos espacios, a favor de esa temperatura de la que hablo y que, muchas veces, ciertamente se consigue. Todo se ve perfectamente medido, pero al mismo tiempo todo queda perfectamente natural. En el elenco –en general equilibrado con ciertos altibajos- destaca la solidez de Salvador del Río en el padre que ha perdido a su hijo y ahora lucha por no perder los nervios; y lo bien que traza Marián Bañobre a un personaje que empieza pareciendo una cosa y acaba resultando ser otra: es destacable el equilibrio entre cómo empieza y cómo acaba. Iria Sobrado –que se come ese desnudo gratuito del que antes hablaba- me gustó más por gesto que por dicción como la madre que ha perdido a su hijo. Y está mejor Toni Salgado –que sale airoso de un papel complicado por cómo está escrito- que Déborah Vukusic, que aún debe y puede afianzar el texto –era el estreno absoluto-. A pesar de todo, los actores aparecen bien integrados en la propuesta y en la idea escenográfica, sacando adelante algunos momentos resueltos por la dirección con dificultad –la escena de Bañobre y Salgado masturbándose no queda muy realista, pero creo que es más culpa de la dirección que de los actores-.

La idea final tras ver este espectáculo es la de que, a pesar de cierta audacia formal del texto y de una temperatura que está bien creada, Cortegoso se ha metido hasta cierto punto un gol en propia puerta al alejarse de aquellos formalismos contemporáneos tan suyos para irse hacia una narratividad más clásica: porque a veces es mejor sugerir que mostrar, y por defraudar con un desenlace previsible y hasta diría que amable en demasía las expectativas creadas por el resto de la función –que eran muchas-. Pero no se niega el interés ni del texto ni de la propuesta.

H. A.

 

Nota: 3.25 / 5

 

“Raclette”, de Santiago Cortegoso. Con: Toni Salgado, Deborah Vukusic, Marián Bañobre, Iria Sobrado y Salvador del Río. Dirección: Santiago Cortegoso. IBUPROFENO TEATRO.

Teatro Rosalía Castro, 22 de Enero de 2016

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