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‘Los Esclavos de mis Esclavos’, o derribando tópicos

enero 22, 2016

ESCLAVOS CARTEL

Por lo general no es fácil dar con un tipo de teatro social que sea capaz de tratar temas incómodos y socialmente espinosos pero de actualidad, que huya de los discursos previsibles y/o demagógicos y –lo más complicado- que plantee preguntas incómodas que pongan al espectador en jaque. Un teatro que sea capaz de trascender el hecho político que está narrando para aportar algo más que un mero retrato de una situación o un contexto sociopolítico, y haga que el espectador piense, se cuestione e incluso se incomode. Algunas de estas cosas suceden cuando uno ve Los Esclavos de mis Esclavos, el nuevo espectáculo de Meridional Producciones: una función que parece a priori otra revisión a las guerras fronterizas, pero que acaba sabiendo ir un paso más allá.

Tres cooperantes van siendo progresivamente secuestrados en una cueva en las montañas afganas. De entrada hay solo uno, pero las gestiones para su liberación hacen que la cosa se complique, y acaban siendo tres los retenidos, incluida la directora de la asociación con la que colaboran, que se había desplazado para valorar la situación sobre el terreno. Durante varios meses de cautiverio, su único contacto con el exterior es una mujer callada y protegida bajo un niqab, que se encarga de su manutención. Y, en esa situación, los tres secuestrados se debaten entre esperar y confiar, o directamente trazar un plan de fuga que les dé una mínima posibilidad de salvarse. Así, surgen de partida dos vías de narración: la que ayuda a entender cómo sobrellevan tres personas encerradas en una cueva durante meses un cautiverio de final incierto y –la más interesante- la que pone sobre la mesa toda una serie de cuestiones político-sociales que, en muchas cosas, constituyen una buena patada a ciertos tópicos sobre la conciencia social de un cooperante, el papel de la mujer en la sociedad islámica o el rol del pueblo islámico como oprimido que debe liberarse. ¿Qué queda de nuestra conciencia social cuando lo que está en juego es nuestra vida? ¿Cuánto dura como noticia con repercusión social la figura de un hombre retenido? ¿Es preferible acometer un acto heroico o resignarse? ¿Es correcto liberar a quien no quiere ser liberado? ¿Percibe Occidente correctamente a Oriente y viceversa? ¿Tendemos a victimizar por sistema lo que nos resulta ‘distinto’ a nosotros? Son algunas de las preguntas que surgen en el texto de Julio Salvatierra, que parte de la documentación en casos reales para moverse enseguida hacia el hecho teatral: una ficción que representa una realidad, y que sirve para trascender al hecho de las preguntas desde una óptica valiente y comprometida que termina huyendo del lugar común.

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Se puede achacar al texto cierto carácter excesivamente lento –sobre todo en la primera mitad- o cierto humor excesivamente fácil para relajar la tensión de la situación; pero es cierto que desde la aparición de Anik –la tercera de las retenidas- la cosa da un vuelco hacia cuestiones más densas de carácter social que es muy de agradecer y que rara vez se ve en este tipo de teatro, porque el discurso de aleja de lo que podríamos llamar afirmaciones políticamente correctas y plantea cuestiones tan reales como incómodas; puede que incluso se deba hablar de cuestiones que se piensan pero no nos atrevemos a verbalizar: la polémica, en cualquier caso, está servida y solo corresponderá a cada espectador valorar ciertas afirmaciones que se ponen en boca de los personajes. Evidentemente, el mensaje antibelicista que se ha visto en tantas obras de este tipo –pienso, por ejemplo en Homebody/Kabul, de Tony Kushner- está ahí; pero siento que lo que escribe Salvatierra va un paso más allá de la consabida moraleja de “en las guerras no hay buenos ni malos”, porque pone al espectador frente a frente con cuestiones que llegan a incomodar –escuchen el punto de vista de Anik cuando se ve secuestrada, o el largo monólogo final de Amina, párense a valorarlos y entenderán de qué estamos hablando…-. Que una función se atreva a plantear este tipo de cuestiones en teatro sin quedarse en el sota-caballo-rey de una problemática que se ha abordado tanto y tan bien en todos los géneros es valiente y es muy de agradecer. Sobre todo, insisto, cuando se guarda la sorpresa de que lo que en la primera mitad parece que va a ser otra enésima revisión de ciertos tópicos sea capaz de convertirse en la segunda parte en un debate políticamente incorrecto, que funciona como un festival de derechazos directos al estómago y a la moral del espectador. Se agradece. Hay evidentemente algún fleco suelto –esa primera mitad es aún susceptible de ser recortada, o ese milagro lingüístico que produce la magia del teatro por el que seres de distintos puntos de la geografía se entienden en una única lengua-, pero es indudablemente un texto de sumo interés, incluso visto dentro de la temática específica en la que está escrito.

De la puesta en escena de Álvaro Lavín hay que valorar positivamente el buen uso que hace de unas proyecciones que llenan un escenario desierto y están perfectamente integradas con los actores –seguramente el espectáculo luzca mejor en un escenario más pequeño, pero la idea es concisa, funcional y bien resuelta, en gran parte gracias al juego de luces que plantea Luis Perdiguero-; así como la decisión de limitar la expresión corporal de los cautivos atándoles, en una opción que se vuelve de gran valor expresivo. Además, hay ciertas decisiones de carácter simbólico –la escena inicial mezcla el canto árabe con el quejío andaluz, acercando dos culturas alejadas en el conflicto por medio del folclore, en un resultado con mucha fuerza- que son capitales para el resultado. Quizá el apartado del rap –a modo de poema incluido en el propio texto- me chirríe sin embargo un poco…

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En una función que es básicamente de texto y de reflexión, los actores trabajan con suma honestidad, siempre poniendo de realce el mensaje del texto. Del cuarteto, Álvaro Lavín –de voz carismática y timbradísima- y Elvira Cuadrupani –que se va viniendo arriba conforme el personaje adquiere más y más empuje- cumplen sobradamente con sus cometidos; mientras que al personaje de Fran Cantos quizá le sobre un puntito de acento andaluz y aún pueda realzar más el equilibrio tragicómico sobre el que está construido. La palma se la lleva Inés Sánchez en el papel de la encargada afgana de los cautivos: por cómo está planteado, por la fuerza del monólogo final, por cómo lo expone y por tener que trabajar desde una vestimenta que limita tanto su expresión, y conseguir sin embargo convertirse en el elemento sobre el que acaba pivotando toda la propuesta.

Teatro muy vacío para una propuesta francamente estimulante: seguramente incómoda por temática y planteamiento, pero tan sencilla como honesta y valiente. Y, sobre todo, con esa rara capacidad para superar un inicio en el que parece que va a ser una de tantas sobre el mismo tema y no quedarse ahí. De lo que no cabe la menor duda es de que estamos ante un teatro de firme compromiso, y eso se encuentra tan rara vez que hay que valorarlo muy positivamente.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Los Esclavos de Mis Esclavos”, de Julio Salvatierra. Con: Álvaro Lavín, Fran Cantos, Elvira Cuadrupani e Inés Sánchez. Dirección: Álvaro Lavín. MERIDIONAL PRODUCCIONES.

Teatro Colón, 15 de Enero de 2016

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