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‘El Cínico’, o el peso de las cargas

enero 14, 2016

 

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Después de sus éxitos con propuestas como Return, Cenizas, o Dame una Razón para no Desintegrarme y En el Desierto –funciones a medio camino entre la danza contemporánea y el teatro, que integraban actores de teatro y cine de primer nivel, bailarines y música en directo-, el bailarín y coreógrafo Chevi Muraday presenta ahora El Cínico, un espectáculo casi camerístico que es sin duda su más personal creación hasta la fecha en este terreno a medio camino entre la danza y el teatro.

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En esta ocasión, Muraday se presenta solo en escena para revisar el pensamiento de Diógenes –y particularmente el llamado Síndrome de Diógenes-, a través de un espectáculo que se basa más en sugerir sensaciones y/o estados anímicos que en ofrecer una línea argumental. Una casa mugrienta y destartalada; un hombre existiendo en ese espacio, visiblemente sometido a una presión, a una carga de la que quizá le gustaría desprenderse. El hombre lucha contra los objetos, intenta dominar a todos los objetos por los que está rodeado con una fiereza casi obsesiva pero al final son los objetos los que consiguen dominarle –bellísimo el episodio de las chaquetas-. Intenta inútilmente adaptarse a ese entorno obsesivo que él mismo ha generado, escribiendo notas, anotaciones que va dejando desperdigadas por la casa, como si de una especie de diario silente se tratase –hasta cierto punto viendo este espectáculo recordé aquel Diario de un Loco-, como si tuviese que dejar plasmados de algún modo esos pensamientos que lleva dentro y que no tiene a quién transmitir. Como en una suerte de (re)adaptación al nuevo medio, nuestro hombre solo se escurre por las ventanas de la casa, gravita sobre el sofá, sube a los tejados como si de un lobo herido se tratase, e intenta así canalizar todo lo que lleva dentro: toda la ira; todo aquello que no comprende. Al final, en un último arrebato liberador, consigue acabar por desprenderse de todas sus cargas, arrojando la práctica totalidad del mobiliario y su ropa por una ventana a través de la que se ve caer la lluvia, como una herramienta sanadora y limpiadora del peso de esas cargas de las que nuestro protagonista por fin ha conseguido desprenderse. En última instancia es el hombre solo contra el medio; pero ya sin el peso de la carga de lo material.

Lo primero que hay que decir de este espectáculo es lo bien conseguida que está la atmósfera de suciedad y de tensión que se crea, tan fundamental para este espectáculo. La escenografía –de Alessio Meloni-, reducida a la mitad del pequeño escenario –porque en la otra mitad se haya la banda, a la vista- es bellísima por lo detallista, y perfectamente adecuada al entorno decadente que se nos quiere transmitir; además, tiene esa capacidad de ser tremendamente practicable, de esconder mil y una sorpresas a pesar de su pequeño tamaño, dejando a la vista mil recovecos multiusos que no dejan nunca de sorprender: está tremendamente bien aprovechada. También la iluminación –siempre de Meloni- suma decisivamente a la hora de crear un ambiente climático, puesto que juega mucho con las sombras, con los claroscuros, y con certeros fogonazos de luz cegadora aquí y allá, que son como una explosión del grito mudo de dolor y de impotencia del protagonista. El todo está, como digo, dispuesto para crear un clima que envuelve sin remedio al espectador, que engancha, que nos hace mirar y que nos tiene sujetos en ese microcosmos.

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Y luego está la potencia de Chevi Muraday, capaz no solo de crear figuras, filigranas y formas que bordean lo ilusorio con su cuerpo –el momento levitación sobre el sofá es sencillamente magia pura, como lo es también el momento en que se escurre a través de una ventana por la que a priori su cuerpo no debería caber… pero acaba entrando con una flexibilidad casi milagrosa-, sino además de saber transmitir desde lo mudo la angustia de un personaje lleno de personalidad, con carácter, con historia. No es un mero bailarín, tampoco un mero hombre haciendo formas ni figuras con facilidad pasmosa y ejecución impecable: en Muraday hay un intérprete completo, hay un puro estado de ánimo. Un genio, un artista carismático, un grande en lo suyo; y un hombre que está consiguiendo algo muy importante a través de este tipo de espectáculos híbridos: atraer e interesar por la danza a un público que tal vez no esté de partida especialmente interesado en ella. Le acompañan en adecuado segundo plano –a la vista en la mitad derecha del escenario- tres músicos –voz, guitarra y voz y percusión, respectivamente Bárbara Bañuelos, Ricardo Miluy y Pablo Martín Jones– que ejecutan una partitura compuesta por ellos mismos junto a Mariano Marín. Partitura que funciona mejor cuando ayuda a crear un clima que cuando se apoya por momentos en una estética decididamente indie que a mí personalmente casi me saca de la atmósfera del espectáculo.

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La puesta en escena de David Picazo ha construido el que tal vez sea el espectáculo más decididamente inclinado a la danza de cuantos le haya visto a la compañía Losdedae. A favor hay que valorar esa capacidad de crear un clima que es el 60% de la propuesta: está ahí, es innegable y nos engancha. Puede que esta vez, sin embargo, los textos del siempre delicado Pablo Messiez aparezcan algo más metidos con calzador que en otras propuestas de esta índole y de esta compañía –también es cierto que son menos que otras veces-. A la puesta de Picazo –visualmente impecable, como ya he dicho- solo le haría una pequeña sugerencia: creo que la banda está demasiado visible, y que optar por separar tanto ambos planos –el de la banda y el de la acción, tal y como se puede observar en las fotografías- perjudica más que beneficia; por más que entienda que la decisión de concentrar la acción propiamente dicha en un sector mínimo del escenario probablemente obedezca a la intención de remarcar lo opresivo del entorno para el personaje. Pero, a pesar de todo, no se le niega el clima.

En fin, un espectáculo con personalidad propia, que consigue generar una atmósfera y que muestra a Muraday como lo que es: un artista con personalidad única, un grande en lo suyo. Por cierto, la Sala Pequeña del Español estaba llena hasta la bandera, como vino sucediendo durante gran parte del mes que este espectáculo permaneció en cartel, incluyendo las vacaciones de Navidad. Es un gustazo que un teatro público como el Teatro Español apueste de manera tan decisiva por este tipo de formatos híbridos y arriesgados, que sin embargo está demostrado que funcionan a las mil maravillas con el público.

H. A.

Nota: 4/5

 

“El Cínico”. Una idea de Chevi Muraday. Con: Chevi Muraday, Bárbara Bañuelos, Ricardo Miluy y Pablo Martín Jones. Dirección: David Picazo. Coreografía: Chevi Muraday. Textos: Pablo Messiez. LOSDEDAE.

Teatro Español (Sala Margarita Xirgu), 8 de Enero de 2016

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