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‘El Alcalde de Zalamea’, o el honor no tiene edad (pero el estilo tampoco)

diciembre 27, 2015

El estreno de la nueva producción de El Alcalde de Zalamea de la Compañía Nacional de Teatro Clásico ha de considerarse como un hito, ante todo porque supone el regreso de la CNTC a su casa, al Teatro de la Comedia, reinaugurado por fin tras muchos años de reforma, en un momento que parecía que no iba a llegar nunca, pero que finalmente aquí está. Permítaseme empezar la reseña destacando que creo que la espera ha merecido la pena: el teatro ha quedado espléndido –atrás queda por fin el feo e incómodo Teatro Pavón- y es un gusto que la compañía recupere por fin su sede en ese epicentro teatral madrileño que es –ahora más que nunca- el Barrio de las Letras.

Arriesga mucho Helena Pimenta presentando para tal ocasión un título tan emblemático, representado y conocido por todos de entre todo el repertorio del Siglo de Oro español, como es este drama calderoniano. Primero, por la enjundia misma del texto y por la cantidad de versiones memorables que de él se han hecho en todos los formatos. Todo vendido desde el principio, expectación máxima y opiniones para todos los gustos ante el resultado final que, aún distando de ser de los mejores trabajos que haya firmado Pimenta, sí tiene sus puntos de interés innegable. Se sirve la directora para su versión de una aparatosa y vistosa escenografía de Max Glaenzel –frontón con gradas laterales- a la que siento que no siempre se le termina de sacar todo el partido posible, sobre todo a la hora de jugar con las distintas alturas; y a la que quizá le falte remarcar más el elemento de la tierra: esa tierra seca y árida que podría haber servido para remarcar la angustia vital de los personajes que pueblan esta obra.

En otro orden de cosas, se puede decir que Pimenta dirige con mano primorosa, en un montaje en el que todo lo que se ve aparece perfectamente calculado: el efecto estético es impecable, sí; pero a la vez siento que se ha buscado más generar constantemente cuadros e imágenes bellas que jugar con el realismo. Todo está medido, ordenado, todo en su sitio y los actores muchas veces –especialmente en las escenas de masas de los graciosos- excesivamente ‘en cuadro’. Entiendo que se busca la estética, pero a veces tanto gusto por la estética acaba por chirriar… Mejor resueltas, sin embargo, las luchas de esgrima. Hay elementos que directamente me sobran: veo la música como un mero adorno accesorio –la cantante en directo, creo que no aporta nada que realmente se necesite- y quizá la escena inicial de los ‘pelotaris’ también me resulte un prólogo accesorio más inclinado a lo estético que a lo realmente necesario. Pero es el camino que la directora ha querido marcar… Aún así, el ritmo del montaje no siempre fluye igual de bien.

Un tema sobre el que habría mucho que decir es el casting de la función, errático de partida aunque luego unos salgan del brete mejor que otros, como comentaré: sencillamente porque prácticamente ningún actor está en la edad idónea para el personaje que interpreta –Gómez es muy joven para Pedro Crespo, de la misma manera que Gallardo y Castejón sobrepasan con mucho las edades de sus hijos-, con lo cual visualmente el espectador podría llegar a entrar en conflicto ante lo que ve; hay que asumir una serie de convenciones que pueden tornarse algo complicadas, y no hablo de un caso concreto sino de varios… Quizá Pimenta debería haber apostado por valores de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico para cubrir algunos roles. Y, además, siempre en lo referente a la elección del elenco, siento que hay ciertos nombres que están bastante fuera de rol: esto es, actores estupendos y de solvencia más que probada, que sin embargo no aciertan en el carácter de sus personajes.

A la hora de valorar el reparto, siento que se debe prestar especial atención en la manera de decir el verso, y en esta producción hay, por decirlo de alguna manera, dos escuelas: un grupo de actores –los más- agarrados al ritmo y a la métrica, casi diría que esclavos de la medida; y un segundo grupo que, sin dejar de hacer verso, no olvida imprimir a los parlamentos ritmo y verdad, y sentido del mensaje antes que sentido de la métrica en sí misma. No hay que olvidar que una frase no siempre termina donde termina el verso, y que la continuidad del ritmo ha de ir siempre a favor del drama. No todos lo hacen así en esta función.

Es fácil establecer una comparativa, porque hay tres actores que dicen el verso de manera espléndida: el inmenso Pedro Crespo de Carmelo Gómez, un actor rotundo y completo, todo verdad, capaz de llenar el escenario con su sola presencia; la emocionada y emocionante Isabel de Nuria Gallardo; y el redondo Lope de Figueroa de Joaquín Notario consiguen versificar con verdad, pulso y sentido del drama, y marcan la pauta de lo que debería ser. Hay tres escenas memorables en este montaje: el encuentro de Pedro Crespo con Isabel después de la violación –Gallardo, aun no dando en escena el perfil de la hija en escena, dice su monólogo con verdadera intensidad, y transmite emoción realista: escuchándola recitar y vivirlo así, casi se nos olvida…-, el encuentro de Pedro Crespo y Don Lope en pleno clímax dramático – ¡cuánta elegancia tienen Gómez y Notario juntos, qué bien dicen y cómo lo sienten!- y el alegato final del alcalde, en el que Carmelo Gómez termina de rubricar una inmensa interpretación. Así, el trabajo de Gómez nos recuerda incluso a algunas experiencias suyas en el mundo del verso en el cine en el pasado; y que hace que nos congratulemos por recuperar para el teatro -ahora que ha anunciado que deja el cine- a un actor de este calibre. En resumen, podríamos decir que Gómez, Gallardo y Notario, cada uno a su modo, se roban la función, y hacen que aceptemos cualquier presupuesto previo con tal de gozar del verso como siempre debería ser dicho: con verdad y con emoción. Así sí, así da gusto.

El resto del amplio elenco –con algunos actores extraordinarios- trabaja mucho más apegado al ritmo y a la métrica que a transmitir emoción verdadera y a contar una historia realista. Así, al Capitán de Jesús Noguero –siempre estupendo actor- y al Juan de Rafa Castejón les falta construcción de personaje; y el Don Mendo de Francesco Carril se mueve en unos códigos que rozan lo cómico y que no vienen mucho al caso –se lo habrán marcado así, supongo…-. Silencio sobre la pareja de graciosos –son David Lorente y Clara Sanchis-, convertidos por la directora en dos caricaturas de manera que pierden toda la gracia -y eso que Rebolledo tiene en esta obra una misión que va mucho más allá de la del mero gracioso-, y encima deja a los actores una papeleta difícil de solventar por esa cuestión de enfoque casi de clown: evidentemente, los dos hacen lo que pueden y no consiguen convencer, pero esto es ya más una cuestión de dirección que de los propios intérpretes. El resto del amplísimo elenco cumple sobradamente.

La sensación final es la de que Helena Pimenta se ha preocupado más por la estética del montaje –impecable pero excesivamente calculada- que por imprimir verdad a la acción, por más que un grupo de actores –lo repito una vez más: Carmelo Gómez, Nuria Gallardo y Joaquín Notario están espléndidos- haya sido capaz de dotar al drama de la intensidad que debería tener en todos y cada uno de sus elementos.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

 

“El Alcalde de Zalamea”, de Calderón de la Barca. Con: Carmelo Gómez, Nuria Gallardo, Joaquín Notario, Jesús Noguero, David Lorente, Clara Sanchis, Jesús Castejón, Francesco Carril, Álvaro de Juan, Alba Enríquez, Egoitz Sánchez, Pedro Almagro, Juan Carlos Cuevas, Óscar Zafra, Alberto Ferrero, Jorge Vicedo, Karol Wisniewski, Blanca Agudo y Rita Barber. Músicos: Juan Carlos de Mülder / Manuel Minguillón. Versión: Álvaro Tato. Dirección: Helena Pimenta. COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO CLÁSICO.

Teatro de la Comedia, 19 de Diciembre de 2015

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