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‘Insolación’, o cuestión de temperatura

diciembre 26, 2015

Un año después de su estreno –que tuvo lugar en A Coruña, en Diciembre de 2014- llegó al Centro Dramático Nacional la versión teatral de Insolación, novela de la escritora gallega Emilia Pardo Bazán, que revisa desde una narrativa por momentos cercana al flujo de conciencia conceptos como el feminismo, el derecho de la mujer a liberarse y el derecho de la mujer a ser y sentirse mujer, ofrecida aquí en una versión de Pedro Víllora, y llevada a cabo por un entonado grupo de artistas que demuestran que la elegancia, el valor de lo sencillo y la temperatura son cuestiones fundamentales a la hora de llevar un espectáculo a buen puerto. De las tres cosas tiene mucho esta función.

Podríamos decir que toda la novela transcurre en torno a una anécdota muy concreta –el encuentro fortuito de la marquesa viuda de Andrade en Madrid con el andaluz Diego Pacheco, su seducción y las consecuencias morales que provocan que Asís Taboada tenga que afrontar una dicotomía entre lo que quiere hacer y lo que se espera que haga, todo ello salpicado por el sofocante calor primaveral madrileño-, y que Pardo Bazán habla más de estados psicológicos que de verdaderos hechos en su narración. Esto es sin duda una dificultad a la hora de llevar la función al teatro –porque los hechos son pocos y muy concretos-; y quizá por momentos uno tenga la sensación de que la historia no termina de avanzar, básicamente porque a Pardo Bazán, insisto, le interesa más la psicología que la acción en sí misma. Pedro Víllora resuelve sin embargo bien la papeleta de convertir una narrativa centrada en flujo de conciencia en una función de teatro, convirtiendo los pensamientos en hechos y dándole a la función un cierto ritmo que hace que la función se siga con agrado: por la estructura del original no era fácil, y aquí está más o menos conseguido –algunos pasajes podrían ser aún susceptibles de recortarse un poco, pero la tarea está bastante lograda-.

Y aquí llega el milagro, lo que hace que esta función –que podría haberse tornado farragosa- se convierta sin embargo en una notable experiencia. El montaje de Luis Luque –un hombre capaz de moverse con igual acierto en la intimidad de Diario de un Loco que en la opulencia de El Señor Ye Ama los Dragones: siempre acierta, siempre da con el tono- es sencillísimo en apariencia: apenas parco mobiliario y un suelo inclinado para sugerir la pradera de San Isidro, en la que tiene lugar la escena central de la representación, más un ciclorama para sugerir ese sol abrasador que es un protagonista más. Pero este montaje tan sencillo y sobrio está lleno de aciertos: porque no se le puede sacar más juego a la escenografía de Mónica Boromello, ni convertir con tan poco el clímax de la escena de la pradera de San Isidro en un momento tan estéticamente hermoso –qué bien puesta aquí la iluminación de Cornejo-. Uno ve la representación y parece que no está ocurriendo nada en escena, y sin embargo todo lo que se ve está en su sitio, tiene elegancia y termina llevándonos y guiándonos por un espectáculo en el que uno entra sin remedio casi sin darse cuenta. Evidentemente, hay que tener mucha mano para conseguir este equilibrio partiendo de tan pocos elementos y está claro que Luis Luque la tiene. El montaje es sencillo pero a la vez elegante –puede que solo la música, que se pretende de inspiración gallega pero no se alcanza, me chirríe un poco- y las escenas tienen sin duda esa temperatura creciente tan importante en esta narración. Hay además otra virtud que no quisiera pasar por alto: el director ha tenido el acierto de no poner el foco específicamente en lo que de feminista tiene esta historia -obviamente está y se entiende, pero no necesita ser subrayado-, y limitarse sencillamente a narrar unos hechos. Se agradece, porque en otras manos y con otro enfoque podría haberse convertido en algo panfletario.

Otra baza es el acierto con el que están tratados los personajes, unos personajes que podrían haberse quedado en estereotipos de cartón piedra, pero que en este montaje están llenos de vida. Los actores están todos donde deben. Formidable trabajo de José Manuel Poga en el señorito andaluz Diego Pachecho: ha dado con el equilibrio exacto para ser un seductor capaz de embaucar a cualquiera, sin caer jamás en lo vulgar ni en lo cómico: sí hay en su encarnación unas gotas de seducción pícara que hacen que el público empalice inmediatamente con este personaje y comprenda perfectamente que la marquesa pierda la cabeza por él, aún cuando no sepamos cuál es su juego; nos resulta simpático y –lo más importante- vemos enseguida su magnetismo implícito. La atracción que ejerce este personaje va mucho más allá de lo meramente sexual y eso es lo que hace que pueda llegar a ser peligroso: es un acierto –del actor, del director, de todos- haber alejado al personaje del prototipo de empotrador, y de unos tópicos andaluces que Poga salva admirablemente, en un personaje que enfocado de otra manera podría haber caído en lo risible. No sucede y da en el clavo. Antes que él estuvieron anunciados para este montaje al menos dos actores más famosos… y viendo el nivel, dudo francamente que hubiesen llegado a sus cotas de excelencia.

También María Adánez sabe encontrar en su Marquesa el equilibrio entre la elegancia hermética de la mujer pagada de sí misma –Adánez siempre es una intérprete elegantísima, y aquí esa elegancia viene que ni pintada- y la mujer superada por la situación, sin perder jamás de vista la humanidad del personaje, tan importante para la resolución de la historia, en un retrato cercano; como todo en esta función. En otro orden de cosas, hay mucha química con Poga en las escenas de seducción, y entre los dos las han situado en un bello punto intermedio entre lo sensual y lo ciertamente entrañable, que consigue que el público pueda ver la función entendiendo lo en el fondo banal de la problemática: por momentos bordean la comedia, sin llegar nunca a adentrarse de lleno en ella –acierto-.

Chema León sabe dibujar a Gabriel Pardo como la perfecta antítesis del señorito andaluz: un hombre a primera vista afable, pero encorsetado en la moral de la época, que pareciera que fuese a estallar en cualquier momento en cuanto ha de enfrentarse a unos acontecimientos que no sabe bien cómo encajar: el contraste entre ambos hombres está muy logrado, y ayuda decisivamente a entender el entramado de la función. Por su parte, Pepa Rus –triplicada- funciona decididamente mejor en la criada –en la que, como tantas cosas en esta función, sabe bordear la comedia sin caer en ella nunca- y la ventera que como una Duquesa a la que le falta quizá un punto extra de mala leche para que el contraste con el carácter de la protagonista sea mayor: en su favor hay que decir que abre y cierra la función muy bien.

En fin, un espectáculo de factura intachable, que se ve con agrado porque tiene sabiduría teatral y control de la temperatura. De esos que demuestran que se puede hacer mucho con muy poco; y eso que el texto tenía todas las papeletas para haber sido un plomazo de impresión; pero no lo es, casi diría que contra cualquier pronóstico. Un último apunte: en mi función había un instituto en pleno en el patio de butacas. A primera vista, me parecía que podía ser una función muy árida para público tan joven y poco acostumbrado al teatro; y nada más lejos de la realidad, entraron de lleno y con toda complicidad en el juego de seducción que plantea la pieza. Creo que pocos elogios más sinceros se le pueden hacer a esta función que, efectivamente, tiene algo.

H. A.

Nota: 4/5

 

“Insolación”, de Emilia Pardo Bazán. Con: María Adánez, José Manuel Poga, Chema León y Pepa Rus. Versión: Pedro Víllora. Dirección: Luis Luque. PRODUCCIONES FARAUTE.

Teatro María Guerrero, 18 de Diciembre de 2015

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