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‘Rapsodia para un Hombre Alto’, o lugares comunes al azar

diciembre 24, 2015

El laboratorio Escritos en la Escena –en el que el texto se va generando durante el proceso de ensayos hasta quedar cerrado, y al que el Centro Dramático Nacional dedica dos propuestas anuales- ha dado grandes espectáculos, algunos de los cuales han tenido vida más allá de su exhibición en la pequeña Sala de la Princesa –ahí está Haz Clic Aquí de Jose Padilla, o la memorable La Ciudad Oscura, de Antonio Rojano-. Esto es, el particular método de escritura ya no debería ser un hándicap para ofrecer un buen espectáculo, y personalmente siempre asisto a estas representaciones con mucha curiosidad. Y, sin embargo, a veces las cosas no funcionan…

Con el éxito de su versión de Danzad Malditos –que, dentro del interés que tenía, intuyo que a casi todo el mundo le fascinó más que a mí…- aún reciente, Félix Estaire presenta ahora en este ciclo Rapsodia para un Hombre Alto, una pieza que toma el deporte como punto de partida para hablar de un conflicto político –curioso: es justamente lo que ocurría en Reikiavik, de Juan Mayorga, pero claro, en Reikiavik, al menos leída, hay un fondo con el que esta función no puede ni soñar…- y que se sirve del azar para generar el texto, que podrá variar cada noche, según las cosas que vayan sucediendo en escena.

Una final de baloncesto entre dos países que se han separado recientemente. Dos selecciones que hasta hace poco eran una. Un jugador ha de encestar los tres tiros libres decisivos, los que podrían dar la victoria a su equipo. Pero, fruto de la reciente escisión, su hermano juega en el equipo rival; y por supuesto ya no le habla ni le coge el teléfono. El padre intenta convencer al hijo de que juegue, de la importancia de ganar; pero a nuestro jugador le aterra la idea de ser considerado un traidor por los que hasta ayer, como quien dice, eran considerados sus convecinos: se plantea el por qué del conflicto con su hermano, el futuro que les espera a su esposa y a sus hijos… La presión ya no es solo deportiva, sino también política y psicológica. Y así, va tirando los tres tiros libres. Y aquí viene la particularidad de la propuesta: de lo que ocurra en cada tiro libre –esto es, de si encesta o no encesta- depende lo que ocurra en la historia. En mi función fue fallo, acierto, fallo. Pero si en otras funciones esta combinación cambiase, la trama sería otra.

La función se ofrece con el público situado a dos bandas y el escenario convertido en una atractiva cancha de baloncesto, con lo que el planteamiento visual es atractivo. En otras palabras, me gustó la puesta en escena lo que más; y curiosamente nadie firma ni la escenografía ni la iluminación. También sería interesante esa estructura llena de posibilidades de lo que puede ocurrir, si el texto tuviese algo de chicha. No la tiene. Repetitivo, lleno de tópicos, e incluso diríamos que las ideas políticas que destila son previsibles hasta límites que llegan a sonrojar. Imagínense ustedes todas las ideas que se les ocurran en torno a este tema y pónganlas en una lista: fronteras, hijo bueno/hijo malo, bandera, ideología, nacionalismo, colores, sentimientos, patria, rencor, guerra, remordimiento de conciencia… Todas, todas aparecen en el texto de Rapsodia para un Hombre Alto. Ni una se salva. Y, para colmo, esas ideas –que no aportan nada nuevo ni nada original- se repiten una y otra vez, en una suerte de tema con variaciones como si hubiese que llenar un tiempo sí o sí –el espectáculo, al menos en la combinación que vi, dura 1 hora 15 minutos-. Pero es que la cosa no va a ningún sitio, no hace pensar, no aporta nada que consiga huir del lugar común, con lo cual el interés se va evaporando, y pasado el primer cuarto de hora nos limitamos a observar la curiosa puesta en escena, porque hemos perdido el interés por lo que nos están contando…

Voy a intentar ser todo lo positivo que pueda: ignoro si justo me tocó la menos buena de las secuencias posibles –ya saben, la función cambia cada noche-, pero en lo que yo vi no hay una historia ni mínimamente interesante y la capacidad para repetir información que ya tenemos una y otra vez me llegó a preocupar… No me suele interesar demasiado el teatro de tintes políticos, pero si lo vas a hacer, al menos consigue mover hacia una reflexión interesante, que ayude a que el espectador se plantee cosas. Aquí, por desgracia, en ningún momento ocurre.

Debo insistir: la puesta en escena –de Félix Estaire y Xus de la Cruz- es muy atractiva a nivel estético. El espacio, original y bien planteado. Y ahí se acaba todo. José Ramón Iglesias –que interpreta al padre, al árbitro y a los dos entrenadores- e Ignacio Jiménez –el jugador- bastante tienen ya con defender una función que se torna difícil por lo vacía que está, por lo innecesaria que parece, por lo poco que nos aporta. Quizás Jiménez podría y debería gritar un poco menos: a fin de cuentas, la sala es muy pequeña y el público está encima; pero, en cualquier caso, mis respetos para ambos, que salen a darlo todo aunque la cosa no termine de despegar.

En resumen: una idea original que no va a ningún sitio, y una puesta en escena atractiva. Esto es lo que hay. Después de Danzad Malditos –que tenía cierto interés, al menos como experimento; aunque la teatralidad fuese bastante, bastante limitada- esta propuesta es un importante paso atrás; y. dado que Félix Estaire ha escrito algunos textos francamente estimulantes anteriormente, la verdad no sé muy bien qué ha podido pasar aquí. Pero esto no funciona…

H. A.

Nota: 2/5

 

“Rapsodia para un Hombre Alto”, de Félix Estaire. Con: Ignacio Jiménez y José Ramón Iglesias. Dirección: Félix Estaire y Xus de la Cruz. CENTRO DRAMÁTICO NACONAL / ESCRITOS EN LA ESCENA / LABORATORIO RIVAS CHERIFF

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 17 de Diciembre de 2015

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