Skip to content

‘Los Hermanos Karamázov’, o la épica de una empresa épica

diciembre 23, 2015

El de la versión teatral de Los Hermanos Karamázov posiblemente sea el estreno más ambicioso de la actual temporada del Centro Dramático Nacional: una novela histórica y considerada obra maestra por casi todos –también diría que directamente inabordable para la escena por cuestiones de extensión y estructura-, una docena de actores en el elenco encabezada por nombres de campanillas, el regreso a la institución de Gerardo Vera después de dejar su dirección hace unos años, una duración maratoniana… y todas las entradas vendidas cada noche. Es, indudablemente, el montaje del que todo el mundo habla. Hay quien ya dice que Vera ha repetido con esta función el pelotazo inolvidable que fue aquella versión de Agosto (Condado de Osage); y yo sin embargo creo que esta es más compleja en todos los aspectos, y que habiendo salido un buen espectáculo, puede que no sea tan redondo como aquel. Porque, aun teniendo en cuenta las dificultades de atreverse con esta novela para llevarla al teatro –y el notable resultado general- sí hay cuestiones sobre las que habría que hacer alguna puntualización.

El problema de adaptar al teatro un material como Los Hermanos Karámazov es que uno no sabría ni por dónde empezar. La novela de Dostoievski tiene todos los problemas que uno se pueda imaginar: la trama es extensísima, hay subtramas como para hacer una segunda función, y la estructura narrativa en libros no ayuda en absoluto a imaginar una obra de teatro –en la que las escenas deben fluir con cierto orden-. Además, por muy larga que sea la función, el teatro está sujeto a unas duraciones que no deben excederse, y para contar la epopeya épica familiar de los Karamázov en algo menos de cuatro horas hay que decidir qué suprimir, cómo reordenar los hechos y cómo darle al todo un ritmo teatral apto. Una empresa épica, en resumen. Y hay que decir que la versión de José Luis Collado sale airosa de la prueba con nota: tiene en general bastante ritmo, sabe concentrar los hechos en la historia de la familia, y pese a algunas debilidades estructurales más o menos menores –las subtramas se ofrecen digamos demasiado ordenadas, de manera que hay personajes principales que a veces pasan largo tiempo sin volver a escena, para ceder su tiempo a otros: véase por ejemplo Katerina y Grúshenka en la primera parte-, creo que la prueba se ha superado sobradamente. Hay, claro, algunas caídas de ritmo –pero es difícil que en un espectáculo de 3 horas 40 minutos no las haya-, escenas que captan más la atención del espectador que otras, pero creo que esto es más a causa de lo inabarcable de la novela –siempre he pensado que Dostoievski se afana en contar demasiadas cosas y no siempre profundiza en lo psicológico como a mí me gustaría-  que de la versión en sí misma. La idea es que Collado demuestra que, efectivamente, se puede llevar Los Hermanos Karamázov al teatro con garantías.

El montaje de Gerardo Vera curiosamente huye de aquellas propuestas grandilocuentes de sus tiempos de director del CDN, y plantea una escenografía móvil, practicable, para recrear todos los espacios. Más que la escenografía –del propio Vera-, lo que termina de ayudar a crear clima es la iluminación estupenda de Juan Gómez-Cornejo –brillante la manera de iluminar el suelo-. Ahora bien, habría que estudiar la manera de corregir los fundidos a negro para los cambios de cuadro: son demasiados y se pierde cierta fluidez. Tampoco tengo claro que la videocreación de Álvaro Luna –que tan buenos trabajos ha hecho en el pasado para Vera- me aporte esta vez algo más que ganar tiempo para hacer los cambios… Hay en la propuesta de Vera sobrada capacidad para mover a los actores en escena, bien sea en los momentos de masas –monasterio, juicio-, o bien en los enfrentamientos más íntimos; pero curiosamente son los momentos de intimidad los que mejor funcionan. Hay, al menos, tres escenas absolutamente memorables: el arrebato de Fiódor Karamázov en el monasterio –enorme Echanove-, el enfrentamiento de Iván con Katerina cuando las cosas saltan por los aires –estupendo Marín-, y la última escena de Smerdiakov con Iván –De la Fuente se lleva de calle la función, como comentaré más abajo-. Pero en estos tres momentos –para mí, los de mayor temperatura dramática-, el foco está siempre en personajes muy concretos. En otro orden de cosas, puede que la escena del parricidio debiese estar mejor solucionada en lo visual… Se puede decir, en resumen, que hay grandes escenas de actores pese a los altibajos, y que curiosamente la segunda parte es globalmente más intensa que la primera, lo que ayuda a que la impresión final general sea más positiva que al descanso.

Doce actores para veintiún personajes. Y en el reparto hay altibajos más o menos notables, ya sea por cuestiones de elección o enfoque, aún habiendo también actuaciones verdaderamente magistrales. Por partes. El Smerdiakov –el hijo epiléptico y bastardo de Karamázov, reducido a la categoría de criado y humillado en su orgullo- que se marca Óscar de la Fuente es para enmarcar: porque la mayor parte del tiempo observa sin ser parte activa de la acción, pero uno no puede despegar la vista de él, por la espectacular composición física –su epilepsia es absolutamente convincente- y por la manera de escupir –literalmente- la ira contenida al final, cuando explota, cuando no puede más y pasa del bufón de la corte al hombre herido y humillado: el personaje es complejísimo, porque pasa por mil estados de ánimo cada uno más extremo que el anterior; y De la Fuente lo clava, las da todas, erigiéndose por méritos propios en un pilar fundamental de la representación, con un trabajo de gran actor. El Fiódor de Juan Echanove está casi en la línea de un Falstaff: es puro exceso, pura bestialidad, pura sensibilidad primaria; Echanove da bien en ese registro y comunicativamente funciona, ahora bien, su enfoque elimina cualquier posibilidad de empatía del público hacia el personaje. Insisto, dentro de esto, entiendo que es justamente ese el camino que han escogido y el actor realiza una gran interpretación sobre ese enfoque bestial.

Bajando un escalón, son irregulares los tres hijos legítimos de Karamázov. Fernando Gil echa el resto, se entrega, pero tiende a quedarse en la superficie del personaje: las más de las veces le sale una caricatura de un papel que es complejísimo, no por falta de energía –que vaya si la tiene-, sino por falta de psicología: por cómo está escrita y planteada, la función debería ser suya, pero desgraciadamente no ocurre. Mejor el Iván de Markos Marín, que sabe ir creciendo desde el segundo plano, y desemboca en una escena muy intensa y bien interpretada con Katerina; mientras que al Aleksei de Ferrán Vilajosana –el personaje principal más recortado con respecto a la novela- los nervios le juegan una mala pasada: ha de controlar la energía que imprime a las escenas más intensas, porque incurre en gritos, gallos y otros detalles de dudoso gusto; ya saben, la potencia sin control no sirve…. Mejor en aquellas escenas en que está más relajado.

De entre las dos mujeres principales, encontré bastante impostada a la Katerina de Lucía Quintana –muy en modo primera actriz de teatro de otros tiempos…-, en un código bastante diferente al de sus compañeros; y muy enérgica -por momentos hasta puede que demasiado…- a la Grúshenka de Marta Poveda, que para mí se queda en dar una sola cara del personaje: Grúshenka es una mujer que baja al abismo, pero termina redimiéndose por amor, y en la encarnación de Poveda, la parte carnal y sensual –poderosísima- gana con mucho a la parte redimida, que me hubiera gustado vislumbrar con más claridad para completar correctamente todo el arco del personaje. Es, nuevamente, una cuestión más de enfoque que de actriz.

De entre el resto del elenco –todos desdoblados o triplicados y todos estupendamente en su lugar-, me gustaron mucho el Padre Zosima de Antonio Medina, cargado de espiritualidad; el buen partido que saca Chema Ruiz a Musialowicz –muy bien complementado por Eugenio Villota, en otro momento de gran teatro-, la presencia poderosa del criado que se marca Abel Vitón y el arrojo de la nodriza de Antonia Paso en la escena del juicio.

Grandes aplausos finales para una versión ciertamente encomiable, que quizá no brille al nivel de excelencia de otras producciones de Gerardo Vera, pero que saca con nota la empresa épica de convertir una novela épica –e, insisto, inabordable teatralmente- en función de teatro. Como cuando Ernesto Caballero condensó las Comedias Bárbaras en Montenegro, lo importante es que se ha conseguido cuajar una interesante función de teatro de lo que podría haber sido un pinchazo si no hubiesen sabido por dónde empezar. Cosa que, afortunadamente, no ocurre. Además, exitazo de público.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Los Hermanos Karamázov”, de Fiodor Dostoievski. Con: Juan Echanove, Fernando Gil, Marta Poveda, Lucía Quintana, Óscar de la Fuente, Ferrán Vilajosana, Markos Marín, Antonio Medina, Chema Ruiz, Abel Vitón, Antonia Paso y Eugenio Villota. Versión: José Luis Collado. Dirección: Gerardo Vera. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 15 de Diciembre de 2015

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: