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‘Siempre Me Resistí a Que Terminara el Verano’, o volver con la frente marchita

noviembre 23, 2015

Después del éxito de El Intérprete –el inolvidable unipersonal de Asier Etxeandía- Factoría Madre Constriktor presenta Siempre Me Resistí a Que Terminara el Verano, un texto del actor, autor y director argentino Lautaro Perotti –inolvidable intérprete de Marito, personaje detonante en La Omisión de la Familia Coleman, de Claudio Tolcachir-, con un llamativo elenco de actores españoles. ¿Taquillazo garantizado? Pues parece que no. En mi función –horario extrañísimo, un domingo a las seis de la tarde- apenas nueve filas de la platea cubiertas…

Raúl –un escritor en crisis que lleva tres años intentando entregar una nueva novela de la que solo ha conseguido escribir una frase- regresa con su amigo Andrés al pueblo en el que crecieron, para enterrar a su madre. Un pueblo del que ha emprendido una huida constante desde que se marchó. Ya entrados en los cuarenta, Andrés y Raúl deciden visitar El Caimán, el puticlub del pueblo; donde se encuentran con José Antonio –un tercer amigo que nunca salió del pueblo- e Isabel, dueña del garito que ahora está en horas bajas, y prostituta que desvirgó a los tres protagonistas cuando eran jóvenes. El reencuentro con sus orígenes y con unos amigos que lo fueron todo pero que no han visto hace más de veinte años hará que los tres protagonistas tengan que mirar frente a frente al recuerdo de un tiempo pasado que no volverá, a sus vidas y a las de los que están junto a ellos, y plantearse cuestiones como si realmente conocen y quieren a los que ayer eran sus amigos: a los cuarenta y tantos; en un momento en el que toca confrontar las vidas que soñaron con las que realmente llevan, y entender que, si el cambio ya no es posible, igual es la hora de aprender a vivir como lo que realmente son, sin autoengaños ni medias tintas. También Isabel, la antigua sensación del pueblo, deberá asimilar que tal vez su tiempo ya pasó. En medio de este panorama, un quinto personaje –Diego, un joven de 23 años que aparece en el pueblo con una misión concreta y se acaba quedando- pone el contrapunto entre la juventud pasada y el inicio de ese otoño de la vida que los personajes deben seguir viviendo desde ahora.

La revisión de las amistades duraderas, el existencialismo o la nostalgia por la juventud perdida son temas que han funcionado siempre como un filón en el teatro. Nada nuevo bajo el sol. Y creo que esto hasta cierto punto le juega una mala pasada al texto que firma Lautaro Perotti. Primero porque los personajes principales no consiguen escapar a ciertos clichés de los ‘losers’, completando un mosaico bastante previsible; y después porque a la función le cuesta un mundo arrancar. Sin embargo, es el personaje de Diego –el joven que lleva el contrapunto cómico- el que se lleva lo mejor de la primera mitad de la función: una primera mitad que Perotti emplea para ubicar a los personajes y que tengamos bien –pero bien…- claro quiénes son, de dónde vienen y a dónde van; una primera mitad que se vuelve larga porque es lenta y siento que hasta cierto punto da vueltas en círculo, y en la que los personajes son tan carne de lugar común que cuesta empatizar con ellos y sus circunstancias.

Curiosamente, la última media hora encadena contra cualquier pronóstico dos escenas de gran teatro que sí tienen ese sello indiscutiblemente argentino; tanto por el bello lirismo del texto como por la capacidad de pellizcar la emoción del espectador: es como si toda la historia estuviese enfocada de cara al desenlace, y solo en ese desenlace el texto consiguiese brillar. Es más, creo que si en vez de dar tantas vueltas en círculo – ¿cuántas veces insiste Andrés en saber sin éxito cómo se gana la vida Juan Antonio, como si hubiera que prevenir al público de que ahí viene un golpe inesperado?– la parte de presentación se acortase notablemente y todo caminase hacia el desenlace, la cosa –sin ser antológica- sí quedaría mejor, más equilibrada: reducir la duración del espectáculo de 95 a 65 minutos creo que sería determinante para pulir un texto que, como digo, más allá del cliché solo alza el vuelo en su parte final. Y esto es como todo: la ventaja de que el desenlace sea mejor que el planteamiento y el nudo es que uno sale más arriba de lo que entró, pero resulta imposible no pensar que, a pesar de que hay momentos de cierta temperatura dramática –que los hay- al todo le falta algo para descollar.

Es el propio Lautaro Perotti quien dirige el texto en un bello espacio escénico de Mónica Boromello; y la sensación es la de que aunque se le intenta imprimir un pulso auténticamente argentino en el sentido de fomentar esa organicidad tan auténticamente de la tierra, no todo el reparto parece responder con comodidad a estos cánones en los que hay que pisarse las réplicas, y dar una sensación de naturalidad que no siempre ocurre; pese a que el final, en tono mucho más melancólico, está mucho mejor medido –¿ya les he dicho que todo crece al final en esta obra?- Me sobra, eso sí, ese epílogo visual para evocar ese pasado que ya no va a volver: no aporta nada, y ya hemos entendido la problemática sin necesidad de que nos enseñen tan claramente que esos personajes alguna vez hace muchos años fueron felices en ese lugar en el que ahora se acaba de montar un Cristo…

El reparto no viene exento de cierta polémica. Porque lo primero que hay que notar es que los tres hombres protagonistas –pongamos que son personajes de entre 40 y 45 años- están interpretados por actores notablemente más jóvenes, con todo lo que ello conlleva. Quien mejor parado sale tal vez sea Andrés Gertrúdix, porque consigue darle cierto empaque y encanto a ese escritor borracho, trasnochado y sin inspiración; por composición es el más completo del trío, es quien más domina el arte del gesto, y tiene –con Estefanía de los Santos- algunos de los momentos de mayor intensidad en el tramo final de la obra. Hay que hacer un esfuerzo descomunal para encajar a Pablo Rivero en un papel de padre de familia conservador y cuarentón: eso, sumado a que el actor no está muy inspirado –nunca he terminado de verle demasiado cómodo en teatro…-, termina de lastrar la creación, en lo que para mí es sencillamente un error de casting bastante sorprendente. En fin, Unax Ugalde sorprende positivamente en Juan Antonio, mostrándose más desenvuelto de lo esperado sobre las tablas en la que creo que es su primera experiencia como protagonista teatral: si no descolla, sí cumple sobradamente. La Isabel de Estefanía de los Santos está estupenda en su rol de mujer rota de voz cascada –y es quien empieza a enderezar el rumbo de la función en su largo monólogo-; pero siento que de un tiempo a esta parte empieza a estar muy ligada a un cierto prototipo de rol: el de la mujer aparentemente maja, que sin embargo esconde mucha pena por debajo y se hincha a llorar en cuanto la suelta –lo hizo en Urtain, en Las Plantas, en Grupo 7…-: expresa el dolor descarnado maravillosamente –como siempre-,pero de algún modo siento que se encasilla, aunque sea de lo mejorcito de la función.

Pero quiero destacar por encima de todo –y va por derecho propio en párrafo aparte- a Samuel Viyuela, que en el papel de Diego –y sustituyendo al actor inicialmente previsto- se roba la función sin piedad: de acuerdo que tiene el papel más agradecido, aquel con el que el público más empatiza; pero no deja pasar ni una sola oportunidad de lucimiento, sirviendo el contrapunto cómico con una espontánea naturalidad que hace que se meta al público en el bolsillo, y eso que el papel es muy secundario –pero ya saben que en el teatro no hay papeles pequeños cuando el actor es grande-. Sorprende que sea un sustituto quien se robe una función como él lo hace. Insisto: esto es exprimir cada oportunidad que le brinda a uno un personaje, porque es entrar en escena y cambiar el rumbo del todo. Enhorabuena.

A fin de cuentas, lo que hay aquí es una función que se deja ver sin mayores sobresaltos, que sin duda acaba mejor de lo que empieza; pero a la que siento le falta una revisión general para terminar de alzar el vuelo, y que pretende más de lo que verdaderamente llega a conseguir. Después de El Intérprete –que fue un bombazo-, y teniendo en cuenta el impacto publicitario brutal que está teniendo esta obra, he de reconocer que esperaba algo mucho más ambicioso. Para pasar el rato…

H. A.

Nota: 3/5

 

“Siempre Me Resistí a Que Terminara el Verano”, de Lautaro Perotti. Con: Andrés Gertrúdix, Estefanía de los Santos, Unax Ugalde, Pablo Rivero y Samuel Viyuela. Dirección: Lautaro Perotti. FACTORÍA MADRE CONSTIKTOR / KOREGO PROARTE / SEDA

Teatro Marquina, 15 de Noviembre de 2015

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