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‘El Público’, o de lo surrealista y lo posmoderno (un cóctel peligroso)

noviembre 21, 2015

El Público, de Federico García Lorca, se ha ganado con el paso de los años fama de irrepresentable, inabordable, indescifrable… en lo que para mí tiene cada vez más de leyenda urbana. Es, simple y llanamente, una obra surrealista, en la que Federico evoca sobre un tema principal –la función del teatro en la sociedad- una serie de subtemas que pueden verse como sus fantasmas personales. No hay que darle más vueltas. Además, “entender” un texto como concepto hace tiempo que carece de real importancia en el mundo teatral: deberíamos limitarnos a quedarnos con la fuerza de la palabra de Federico –que está en El Público como en casi toda su producción-. Ya que luego el texto interese más o menos es cuestión de cada uno; pero en absoluto deberíamos dejarnos llevar por la leyenda negra de lo ‘indescifrable’ para estigmatizar esta obra. Pero el caso es que, sea por lo que sea, muy pocos se atreven a meterle mano a este texto que, en tres décadas, apenas se ha montado tres veces en España: hace muchos años en una versión de Lluis Pasquall, más adelante a cargo de una compañía privada y ahora dirigida por Álex Rigola, en una versión que está en el punto de mira de medio Madrid –sobre todo por esa leyenda negra que rodea a esta obra-, y que está agotando las entradas cada noche en el Teatro de la Abadía.

Parece más o menos claro que El Público es una obra surrealista. Hasta ahí, de acuerdo. Pero surrealista es un concepto complejo, que no debería confundirse con, digamos, creatividad desmedida, porque podemos correr el riesgo de que el vaso se desparrame y la cosa se nos vaya de las manos. Me explico: dentro de su sello personal, me suelen gustar los montajes de Álex Rigola, a quien recuerdo una ingeniosa Gata Sobre  Tejado de Zinc Caliente –distinta a todo lo que yo podía tener en mi cabeza para esa pieza, pero ingeniosa innegablemente-, o su entretenida revisión de Maridos y Mujeres, de Woody Allen. Rigola tiene un sello, y su sello funciona. Ahora bien, aplicar la ‘marca Rigola’ a un texto como El Público es una operación como mínimo arriesgada, que se salda con claroscuros; porque creo que El Público ya es lo suficientemente compleja por sí sola como para ponerse a jugar con ella, a ver qué encontramos, qué añadimos o qué podemos hacer para que el espectador la comprenda mejor –qué manía con ‘comprender’…-. En alguna entrevista se ha afirmado que este montaje busca ayudar al público a comprender el simbolismo que maneja Lorca en la obra, pero creo que flaco favor se le ha hecho a la obra eliminando de cuajo –entre otras cosas- algunos símbolos fundamentales que están claramente indicados en el texto… Destruir, limar o limpiar para facilitar no siempre es el camino.

El montaje de Rigola –de corte posmoderno- es, para empezar, exceso consciente en estado puro desde el primer segundo. Los acomodadores están acompañados de hombres sin rostro, y al entrar a la sala nos recibe una banda de jazz –en ese ambiente que se crea debo reconocer que el jazz tiene hasta cierto encanto… si me ponen una copa en ese momento, me la bebo con gusto-, mientras los mismos hombres sin rostro que nos han recibido al entrar muestran por toda la sala sábanas que proyectan imágenes de Federico… Buen comienzo, que incita sin duda a dejarse llevar y a que uno le empiece a gustar lo que va a ver.

El espacio escénico de Max Glaenzel, muy bien iluminado por Carlos Marquerie  –un desierto de tierra, flanqueado por cortinajes de music-hall sobre el que cuelgan lámparas de tela de araña- consigue crear cierto clima decadente que va muy bien al espíritu poético de la historia; pero creo que a base de querer sumar y sumar cosas, Rigola pierde el control sobre los… personajes, símbolos, llamémosles como queramos, que maneja Lorca, rechazando de cuajo cosas que aparecen en el texto: no se entiende por ejemplo por qué presentar a Helena –Helena de Troya, claro-, en traje de noche rojo pasión; o por qué incluir a una mujer en el trío de Caballos Blancos –desnudos, dos actores y una actriz, pero si son el signo de la virilidad masculina, ya me dirán qué pinta una mujer ahí…-, o esos conejos gigantes con un bate que aparecen cada vez que se evoca la figura del Emperador o por qué convertir el Solo del Pastor Bobo en una canción con un estilo a medio camino entre Ismael Serrano y Pablo Alborán, entonada por un actor/cantante con el prototipo perfecto para engatusar a carpeteras quinceañeras –el nivel de horror vacui que se alcanza es insuperable y creo que en ese momento para mí el espectáculo se desnortó por completo: ah, y por supuesto, por culpa de la dichosa cancioncita no se entiende el texto-. Insisto: el texto podrá ser surrealista, pero estas concesiones que se toma Álex Rigola –por citar solo las que más me chirriaron a mí- sobrepasan con mucho el mundo del surrealismo lorquiano: esas imágenes no son Lorca, señores. ¿Dónde queda Lorca en todo esto? También el vestuario de Silvia Delagneau –variado y trabajado, pero muy inconexo- crea bastante confusión.

Pero no todo es discutible ni mucho menos: en descargo de Rigola hay que decir que hay momentos estéticos –el breve diálogo de Elena, la escena de “Si yo me convirtiera…” o la de los Estudiantes, que es de largo la mejor realizada del montaje; y miren por dónde es una de las que están planteadas de manera más sencilla…-, que el ambiente que se respira es climático, y que el montaje no deja de ser estético; pero creo que el director catalán peca a veces de pretencioso, y que la balanza se le desequilibra en varias ocasiones, puede que por exceso de creatividad que creo que desde luego no solo no ayuda a comprender, sino que puede llegar a confundir todavía más, por más que pueda resultar ‘bonito’ –pero también muchas veces recargado…-. El todo tiene la personalidad incuestionable de Rigola, se ve un trabajo bien hecho… pero creo que no termina de funcionar para esta obra en concreto: creo que ese es uno de los puntos determinantes del montaje.

Luego está el reparto, que es otro tema sobre el que conviene detenerse. Partiendo de que a todos se les ha marcado una dirección de aire decadente –y ojo, no es lo mismo decadente que doloroso, que es lo que hubiera querido Federico…-, en el nutridísimo elenco –quince intérpretes, ahí es nada- hay de todo, y el conjunto es francamente irregular. Sin duda alguna, por manera de decir y presencia escénica, el mejor del conjunto es el Prestidigitador de Juan Codina, rotundo y elegante. La Julieta de Irene Escolar tiene garra y dice el texto con intención, aunque a veces la noté un poco demasiado en ‘modo primera actriz’, y me hubiera gustado un punto extra de fiereza en su enfrentamiento con los Caballos Blancos; pero después está francamente bien en la escena de los estudiantes y como la madre de Gonzalo. Y precisamente en Gonzalo David Boceta sabe hacerse notar en escenas que quizás no están funcionando en lo global: pero él está ahí pese a todo, y está francamente bien; es muy difícil conseguir eso. María Herranz –un hallazgo- saca oro de su breve intervención como Elena, que está en su punto justo; Laia Durán, que tiene la papeleta de ser ese extraño caballo blanco femenino o feminizado, baila maravillosamente durante la escena del Pastor Bobo –ya que la canción es un horror, al menos uno puede mirarla a ella…-; y Jorge Varandela y Jaime Lorente saben sacar el jugo necesario a su escena de la Figura de Cascabeles y la Figura de Pámpanos.

El resto del reparto se mueve entre el desacertadísimo Director de Escena de Pep Tosar –en general ausente y monocorde; con un arrebato pasado de rosca hacia el final y, en fin, sin rastro del crescendo dramático que se esperaría en su personaje puesto que toda la función gira a su alrededor: dada la importancia del rol, no se entiende qué pudo pasar aquí, pero desentona claramente…- y el descafeinado tono general del resto –y lean el reparto y verán que me estoy dejando en el tintero a actores en general muy solventes, que sin embargo aquí no consiguen hacerse notar… ¿Cuestión de dirección tal vez?-. El caso es que uno se queda con la sensación de que el conjunto es bastante desigual…

Estamos ante uno de esos montajes que sin duda están dividiendo al público: tiene su estética, tiene su personalidad, tiene su encanto, también sus altibajos… pero creo que su mayor pero es que se sirve de la obra para crear un gran espectáculo más que servir a la obra –para mí esa es la clave de todo-. Confunde surrealismo con posmodernismo; y le falta, ante todo, sabor lorquiano por los cuatro costados. No se le niega cierto atractivo estético como espectáculo global, pero creo que lo que Federico pretendía con El Público era definitivamente otra cosa.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

 

“El Público”, de Federico García Lorca. Con: Pep Tosar, Juan Codina, David Boceta, Irene Escolar, Nao Albet, Guillermo Weickert, Laia Durán, Jesús Barranco, Pau Roca, María Herranz, Jorge Varandela, Jaime Lorente, David Luque, Nacho Vera y la voz de Carlota Ferrer. Dirección: Álex Rigola. TEATRO DE LA ABADÍA / TEATRE NACIONAL DE CATALUNYA.  

Teatro de la Abadía, 14 de Noviembre de 2015

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6 comentarios leave one →
  1. noviembre 21, 2015 10:38

    Concordo moitísimo co de “lenda urbana”

    • noviembre 21, 2015 16:59

      É que sómosche galegos, Avelino. E un galego NUNCA di ‘non entendín’. Nós dicimos: ‘Bueno, máis ou menos…’ jeje. Moitas grazas por ler e por comentar! ¿Víchela?
      Unha aperta!
      H.

    • abril 24, 2016 22:00

      Yo coincido totalmente co esa estética pedante y fuera de lugar, que me parece anacrónica y vacía…no soporto el tono monocorde de los actores-salvo escasa y honrosas excepciones-y añado un comentario sobre la escenografía que más que de music -hall me pareció de circo hortera engalanado para las fiestas de un pueblo … y DISCREPO TOTALMENTE en cuanto a la ILUMINACIÓN que no es tal porque no se ve un pijo.
      Me alegro de coincidir en casi todo contigo en casi todo, como casi siempre, porque Catalunya casi se arrodilló ante algo tal MODELNO e INNOVADOR (?)

      • abril 24, 2016 22:40

        Hola Roger, gracias por tu comentario! En Madrid la acogida que tuvo EL PÚBLICO de Rigola fue bastante dispar: hubo quien la amó y hubo quien (como yo) estuvo más escéptico. Pero lo que no se puede negar es que fue un éxito de ventas y de marketing: el teatro estuvo cada noche hasta los topes, y se habló muchísimo (para bien y para mal) de la función. Vuelven a Madrid la próxima temporada.

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