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‘Los Caciques’, o Arniches sí, pero así no

noviembre 20, 2015

Ahora que están a punto de terminar las representaciones, parece que podemos decir sin temor a equivocarnos que el presente montaje de Los Caciques de Carlos Arniches está siendo uno de los más unánimemente castigados por la crítica que recuerdo en Madrid en bastante tiempo. Pero algunas de las reseñas que he ido viendo desde su estreno, simplifican la situación en exceso, al menos bajo mi punto de vista…

Veamos: no cabe la menor duda de que la figura de Carlos Arniches tiene un lugar incuestionable en la historia del teatro español. Hay que montarlo, evidentemente, al menos cada cierto tiempo –como se debe montar a Casona, como se debe montar a Jardiel Poncela o como se debe montar a Miguel Mihura-. Y si hay una institución pública que tiene el deber de montar a Arniches, esta es sin duda el Centro Dramático Nacional. Quiero decir con esto que justificar el fracaso de este montaje alegando la falta de pertinencia de montar a Arniches en la actualidad me parece salirse por la tangente. Ahora bien, no cabe duda de que el teatro de Arniches se mueve bajo unos parámetros más bien pretéritos y sobradamente superados para el teatro actual: es por ello por lo que hay que saber qué hacer con Arniches si se va a subir a escena para el público de hoy. Y creo que ahí está el quid de la cuestión: el problema no es tanto evaluar la pertinencia o no de montar a Arniches, sino ser capaces de lograr que Arniches tenga un interés para el público de hoy; y no hablo tanto de la necesidad de actualizar sistemáticamente –salvando las distancias, recuerden el espléndido montaje costumbrista que el Centro Dramático Nacional ofreció la pasada temporada de La Pechuga de la Sardina de Lauro Olmo, sin que nadie se llevase las manos a la cabeza ni mucho menos-, sino más bien de la capacidad de conseguir generar un interés para el público. Se puede hacer sin problema un Arniches de estética sainetesca –y me atrevo a pensar que el resultado hubiese sido más interesante que lo que se está viendo aquí- siempre y cuando se haga con rigor, de la misma manera que se puede actualizar perfectamente un Arniches siempre y cuando se haga con rigor, con valentía y sin complejos: “con los clásicos respeto, pero no reverencia”, que decía Álvaro Tato hace unas semanas en la presentación de El Alcalde de Zalamea. Pues eso. Porque actualizar no es simplemente mover las coordenadas temporales de la historia… A veces no basta.

Casualidades más o menos curiosas: ya sabrán ustedes que Los Caciques –la historia de un Ayuntamiento corrupto que debe enfrentarse a una inspección sorpresa que puede empapelar al partido en pleno, salpicada por una confusión de identidades- no es más que una versión de El Inspector de Nikolai Gogol –vamos, la historia es la misma-. Y –¡oh, sorpresa!-, recordarán que Miguel del Arco montó una versión de El Inspector hace escasamente cinco años, siempre en el Centro Dramático Nacional, también trayéndola a la actualidad: pero donde aquella triunfó, esta naufraga. Entonces… ¿qué pasa aquí?

La versión que firman Juanjo Seoane y Ángel Fernández Montesinos ha tenido el acierto de entender –que tampoco es tan difícil-, que la corrupción de los ayuntamientos es un tema de completa actualidad, y se ha traído la trama al presente. Además, según tengo entendido, se han recortado pasajes y eliminado algunos personajes menores… Y hasta ahí. Porque, como ya he dicho más arriba, actualizar un clásico no siempre consiste solamente en mover la historia de época. Y aquí es donde la versión se cae con todo el equipo: porque por más que esté transcurriendo en la actualidad, hay en el texto, en las formas de actuar y en la manera de declamar –y digo bien, declamar, porque muchos actores declaman, algo que debería estar perfectamente superado a día de hoy en el teatro…- unas maneras que nos colocan frente a frente con un teatro rancio de tiempos pretéritos: trajes y escenografía son actuales ¿pero qué importa eso cuando la manera de actuar y expresarse es melindrosa? El choque de trenes no se hace esperar, y la versión salta enseguida por los aires… Insisto: para hacerlo sí, casi hubiese sido preferible una versión digamos ‘historicista’.

No se engañen: se puede montar esta obra perfectamente ambientada en la actualidad. Se puede conseguir la comedia para todos los públicos. Pero hay que saber convertirla en un episodio de alguna loca telecomedia de máxima audiencia –cómo no pensar en las luchas de poder de La Que Se Avecina, por ejemplo, a la hora de abordar esta historia desde la actualidad…-. Lo que se ofrece aquí tiene apariencia de actual, pero por desgracia rara vez consigue pasar de ese ambiente digamos ‘neo-rancio’ más propio de las Escenas de Matrimonio de José Luis Moreno. El planteamiento está ahí, pero todo lo demás falla, y no esconde la mano de ese teatro de otros tiempos…

Sobre una escenografía que me imagino que pretenderá ser moderna pero se queda ciertamente pobre, la dirección –de Ángel Fernández Montesinos– falla precisamente en eso: sus personajes visten de hoy, pero ni hablan como hoy ni consiguen escapar de unos clichés encorsetados que van completamente en contra de la comedia. De todo el reparto, hay que decir que solo Fernando Conde y Marisol Ayuso –que trabajan claramente desde otro código- han parecido entender dónde está el problema, y consiguen rebelarse contra él: ellos sí están en el código de comedia televisiva naturalista; pero sus siete compañeros –unos más y otros menos, pero estén prevenidos con la pareja de jóvenes enamorados, no sea que se les suba el azúcar…- han preferido quedarse en el lugar que les marcaba la dirección: el de la comedia televisiva rancia, la comedia televisiva de otros tiempos que se da de alguna manera la mano con el teatro. Poco pueden hacer dos actores buenos para intentar salvar un barco que se hunde; y bastante tienen con salvarse ellos –lo consiguen…-. Y repito de nuevo: si la dirección escénica no es capaz de asumir que hay que suavizar el tono y los códigos, hubiese sido mejor optar por una versión costumbrista que hacerse un batido como este, que a fin de cuentas no lleva a ninguna parte…

Evidentemente hay un público muy concreto para este espectáculo –no olvidemos que Escenas de Matrimonio o Noche de Fiesta  tenían su audiencia…-; pero presentarlo así no acerca la figura de Arniches al público –y donde digo al público, digo a la masa-, sino que además da la razón a todo ese público que ya está estúpidamente en contra de que se monte a Arniches antes de empezar… Pero quiero terminar estas líneas como las empecé: el Centro Dramático Nacional tiene la obligación de montar el teatro de Carlos Arniches, eso es natural; ahora bien, esta, desde luego no es la manera adecuada de hacerlo: Arniches sí –y sobre todo en el CDN-, pero así no. Y –qué quieren que les diga…- creo que el CDN debería cuidar más según qué cosas a la hora de decidir cómo se sube a escena lo que se suba a escena…

H. A.

Nota: 2/5

 

“Los Caciques”, de Carlos Arniches. Con: Juan Calot, Fernando Conde, Alejandro Navamuel, Marisol Ayuso, Elena Román, Juan Jesús Valverde, Raúl Sanz, Víctor Anciones y Óscar Hernández. Dirección: Ángel Fernández Montesinos. Versión: Juanjo Seoane y Ángel Fernández Montesinos. SIEMPRE TEATRO S.L.

Teatro María Guerrero, 13 de Noviembre de 2015

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