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‘Liberto’, o la vida aún sirve para algo

octubre 28, 2015

“¿Tenéis alguna posibilidad de evitar que Liberto viva esta vida tan poco digna? ¿Podéis hacerlo? ¿O tendré que hacerlo yo?” (Liberto, Gemma Brió)

Después de causar verdadera sensación en Cataluña durante la temporada pasada –empezó como un espectáculo del off que fue creciendo gracias al boca a boca-, recaló en Madrid durante casi un mes Liberto, la primera propuesta como autora de la actriz Gemma Brió, que constituye uno de esos raros ejemplos que demuestran que se puede hacer buen teatro social pero sin traicionar nunca ni el espíritu de lo teatral, ni la intensidad del espectáculo. Un espectáculo para pensar, que golpea y que remueve; pero que es una experiencia teatral formidable por encima de cualquier otra cosa.

La función narra los quince días de vida de Liberto, el hijo de la protagonista, que nace con una parálisis cerebral que se complica hasta dejar al pequeño bebé con daños cerebrales irreparables, lo que lleva a Ada –la madre- a tener que plantear una decisión drástica, en busca de conferirle al pequeño la mayor dignidad posible. Así, a través de una estructura narrativa audaz, la función toma la voz de la madre –apoyada sobre el escenario en la figura de una amiga “sin la cual no me saldrían las palabras” y de una cantante; y con la complicidad del público al que no duda en interpelar ya desde el comienzo- para recorrer toda la historia, desde la expectativa ante el nacimiento del niño hasta el inevitable desenlace, pasando por las complicaciones en el parto, la duda ante lo desconocido, los errores en los primeros diagnósticos, la estúpida espera para provocar el empeoramiento del pequeño ante la imposibilidad ética y legal de provocarle la muerte, la fortaleza que nos lleva a desear la vida digna –o la muerte digna- de aquellos que queremos por doloroso que resulte, los problemas con la sanidad y la burocracia o el debate ético que acarrea hasta dónde hay que llegar para garantizar la dignidad de un ser humano. ¿Por qué ha de sufrir un humano más que un gato para obtener una muerte digna?

Como digo, lo primero que fascina del texto de Gemma Brió –que ha construido a su protagonista de ficción a partir de una experiencia personal- es esa capacidad de contar una historia tan dura, tan espinosa y tan incómoda sin perder de vista nunca el hecho teatral; y sin convertir la función en un discurso monocorde y/o lacrimógeno. No. Nada de eso. El relato de Brió es rabiosamente teatral en el sentido de que no renuncia ni a plantear su discurso narrativo con un ritmo trepidante que bien podría evocar la angustia de esa madre a la que los acontecimientos se le vienen encima sin poder evitarlo: para ello, Brió no duda en usar flashbacks, flashforwards, repeticiones y hasta elipsis narrativas que hacen de la función casi una road movie mental trepidante, en la que Ada debe enfrentarse no solo a su propia angustia, sino también a las voces múltiples de toda una serie de personajes –todos en la voz de otra actriz: Vicenç, el marido; los médicos, las personas de su entorno…- que parecen querer tratar de detener la fuerte determinación de la madre. También tiene el acierto de tratar esta trama tan delicada, tan seria y tan dramática desde unos cánones que no renuncian a episodios repletos de ironía ácida –soy el primero que la uso, y personalmente siempre he pensado que hay mucho dolor detrás de la ironía ácida, y creo que el uso que se hace de ella en Liberto es buena prueba de ello-, tal vez porque a veces, cuando las cosas se ponen feas no nos queda otra que reírnos de nuestra propia desgracia. Habrá quien pueda pensar que ciertos episodios –San Pedro impidiendo la entrada del niño en el cielo porque le falta un papel, la madre que pronto abandona “Cachito”, para pasar a cantarle la Internacional a Liberto en la incubadora para que luche por aferrarse a la vida…- se pasan de ácidos; pero creo que en absoluto distancian al espectador del drama, si bien quizá sí aporten ciertos oasis de relajación en una función dura y emocionante. También la figura de la cantante –y la música escogida en general- está muy bien insertada en el contexto: primero porque es más que un mero acompañamiento musical –la cantante hace las veces de actriz gran parte del tiempo- y después porque la selección musical está muy bien escogida; tanto las canciones –todas con un significado y un valor dramatúrgico bastante claro, muchas veces situados en puntos de la acción a los que tal vez la palabra sola no pueda llegar por el alto contenido emocional- como los meros efectos musicales –el reiterativo quejido rockero que evoca quién sabe si el llanto del bebé, la impotencia de la madre o ambas cosas a un tiempo acaba por desmontarle a uno sin remedio-. Además, la narración tiene la capacidad de no esconder –el episodio de la agonía final del niño se ofrece completo, y es tan duro para el espectador como delicado en la ejecución y la escritura-, y agarrarse a recursos e imágenes de fuerte lirismo a la hora de plantear según qué pasajes: otro acierto. Todo ello, insisto, desde una estructura casi de monólogo polifónico trepidante, que convierte a esta dura función en una experiencia teatral que difícilmente podrá dejar indiferente a nadie.

Al margen de todo, creo que hay que ser muy honesta y muy valiente para conseguir lo que consigue Brió: primero, vaciarse con la generosidad de convertir en ficción una dolorosa experiencia real –¡olé sus ovarios!- y después tratar toda una serie de temas espinosos sin querer caer ni en lo lacrimógeno –nunca pasa- ni mucho menos aleccionar a nadie mediante una crítica social que aparece evocada más que subrayada, porque aquí todo está puesto al servicio del teatro. Y colocar un conflicto aparentemente anormal en la esfera de lo normal, de lo humano, de lo vivo; algo que también se agradece. ¿Qué la lágrima aparece? Por supuesto, pero siempre es porque el propio espectador llega solo y sinceramente a ella, no porque el texto ni la autora fuercen las tuercas innecesariamente para que eso pase. Después, hay que seguir aplaudiendo que Brió haya sabido escribir un sincero canto –y nunca mejor dicho, porque aquí hay música- ya no a la dignidad del individuo –que lo es-, sino un canto a la vida misma: porque viendo Liberto, sacudido por la emoción, uno no puede sino recordar que, después de todo, vivimos, estamos vivos. Y un espectáculo capaz de manifestar un valor tan primario como importante sin dejar de ser por ello una propuesta teatral audazmente contemporánea en fondo y formas merece todo mi respeto.

Hay quien ha acusado a Gemma Brió de cierto distanciamiento emocional en su interpretación: no estoy en absoluto de acuerdo, y creo que consigue la proeza de contar una historia durísima e intensísima desde el relax, desde la normalidad de la persona común que afronta la desgracia todo lo mejor que sabe, sin olvidar que debe seguir, a pesar de todo: en el cuerpo y la voz de Brió, la figura de Ada transmite un aplomo y una normalidad que nos recuerda que esto le puede pasar a cualquiera; e insisto en que yo veo mucha ira contenida en esos tan criticados arrebatos de acidez… Pero sobre todo, sobre todo, hagan el favor de ver cuánto dolor y cuánta angustia nos transmite a través de sus ojos. Interpretación estupenda de un personaje que si se llega a apartar de esta normalidad aparente habría perdido no solo el encanto, sino también gran parte del impacto de la pieza en el público. Bajo mi punto de vista da en el clavo.

También saca con sobresaliente su papeleta Tatels Pérez, encargada de darle la réplica a la protagonista en gran parte del resto de los personajes que intervienen en esta historia –puede que más de una treintena-, sin posibilidad de cambio de vestuario: es una labor extenuante, que bien habría podido derivar en un caos que hiciera que nadie se enterase de nada; pero sin embargo enseguida entramos en el juego y no tenemos problema en seguir la narración, porque Pérez ejecuta de forma formidable una pirueta que bien podría habernos vuelto locos a todos –a ella la primera-. Sin olvidarnos de una entregadísima Mürfila que sabe no solamente dibujar magistralmente los temas musicales que le caen en suerte –¡qué versión prodigiosa de “Always in my Mind”!, por ejemplo…-, sino además –y puede que esto sea lo más difícil- implicarse e integrarse perfectamente en la propuesta dramática, crear y ser personaje pasando de la caricia de lo suave al arrebato de lo salvaje en un abrir y cerrar de ojos; de manera que aporta mucho a la gran temperatura que tiene el mundo de esta función.

Puede que no comparta todos los aspectos de la particular puesta en escena de Norbert Martínez –la encuentro algo sobrecargada en momentos que deberían ser a mi modo de ver más intimistas y me sobran algunas de las proyecciones, así como el uso de los micrófonos en las actrices…-; pero tiene también sus aciertos en el modo de presentar la figura del bebé –que, sin querer desvelar nada, por supuesto, no es ni un muñeco, ni una proyección ni nada que se le parezca, sino algo mucho más simbólico…- y desde luego ha sabido imprimir a su propuesta un ritmo verdaderamente implacable, que nos recuerda que estamos viendo ante todo teatro; buen teatro.

Con total sinceridad, debo decir que Liberto es una de las experiencias personales más duras y descarnadas; pero también terapéuticas y sanadoras a las que me haya tenido que enfrentar en todos mis años como espectador de teatro. Es un gusto que existan voces como la de Gemma Brió capaces de plantear un teatro directo, valiente y sincero, que cuente con la complicidad de un espectador activo dispuesto a dejarse arañar. Una celebración de vida a través de la muerte; pero sobre todo una de esas funciones de teatro absolutamente necesarias; de esas que demuestran que el teatro, además de para entretener, ha de tener una función que vaya más allá. Y una función que nos recuerda ante todo que estamos vivos, y que la vida –siempre digna, claro- aún sirve para algo.

H. A.

 

Nota: 4.25 / 5

 

“Liberto”, de Gemma Brió. Con: Gemma Brió, Tàtels Pérez y Mürfila. Dirección: Norbert Martínez. Traducción: Jordi Casellas. LES LLIBERTÀRIES.

Teatro de la Abadía (Sala José Luis Alonso), 24 de Octubre de 2015

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