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‘El Burlador de Sevilla’, o el déjà vu, el exceso y el fulgor del instante

octubre 27, 2015

Reconozco que cuando hace unos meses supe que los responsables de Metatarso Teatro estaban preparando una adaptación de El Burlador de Sevilla mi curiosidad fue inmensa, sobre todo después de aquella atrevida, audaz y memorable versión que Las Amistades Peligrosas que presentaron hace unos meses en Matadero y de la que ya di cuenta en estas páginas. Me parecía que el Burlador era un texto que le iba como anillo al dedo al imaginario de la compañía, y que el pelotazo podría repetirse… Pero, por alguna razón, esta vez lo que ofrece Metatarso es un espectáculo que –aun teniendo sus momentos, sus instantes de fulgor y de encanto- no puede evitar quedarse a medio camino, y al que creo que un espacio grande como la sala principal del Teatro Español no termina de favorecer.

En esta ocasión, reparto copiosísimo –nada menos que trece actores- y espacio escénico prácticamente nulo para narrar la historia fundacional del mito de Don Juan desde una estética a medio camino entre lo histórico y lo rabiosamente contemporáneo, integrando en la narración desde música rock, pop o neo-flamenca en vivo hasta imágenes pregrabadas e incluso imágenes filmadas y emitidas en directo. Los personajes se expresan constantemente a través de micrófonos, y todo el espectáculo parece destinado más a crear una atmósfera que a crear un drama. Una atmósfera que no siempre se consigue…

Puede que el primer problema de este montaje sea el hecho de recordar demasiado en fondo y forma a aquel de Las Amistades Peligrosas, lo que genera ya de partida una cierta sensación de Déjà vu que hace que nos sintamos menos golpeados por la sorpresa de una atmósfera que ya hemos visto antes. Pero es que además, lo que allí estaba al servicio de la historia, aquí está más al servicio del espectáculo, con todo lo que ello conlleva: el uso de microfonía en Las Amistades Peligrosas quedaba justificado para separar lo epistolar del diálogo; pero en este montaje no parece existir nada que justifique que se usen micrófonos. Además, el verso en este caso juega en contra: si ya es siempre difícil decir el verso en condiciones normales, imagínense cuánto más lo será hacerlo a través de unos micrófonos que a veces llegan a ensuciar el sonido, dificultando sobremanera la comprensión del texto. Falta además en la puesta en escena de Darío Facal un mayor trabajo de profundización psicológica sobre los personajes –aunque de esto, como veremos, unos salen mejor parados que otros-, lo que deja a los actores un poco a su suerte. Y, sobre todo, puede que este Burlador de Sevilla sea más ambicioso en lo visual que aquellas Amistades Peligrosas; pero esa sensación de “vamos a hacer algo más grande” acaba jugando en contra, porque siento que hay elementos que ni ayudan ni aportan –las proyecciones de Iván Mena son muchas, están envueltas en un toque kitsch que roza a veces el horror vacui y me atrevería a decir que a veces ponen en jaque la inteligencia del espectador: entiendo que se proyecten mensajes espacio-temporales, pero… ¿de verdad es necesario proyectar un mensaje que diga algo tan obvio como “Las Bodas de Aminta”?-.

Pero lo más frustrante de este Burlador de Sevilla tal vez sea el hecho de que por momentos sí afloran las ideas, aquel encanto que en Amistades Peligrosas ofrecía un espectáculo rebosante de talento. Y claro, uno se pregunta por qué no se ha podido cuajar un espectáculo pleno, cuando hay instantes visualmente bellísimos –destaquemos cuatro: toda la burla de Tisbea, que el espectador sigue a través de una filmación cual objetivo indiscreto; la siguiente escena del incendio de la cabaña, resuelta solo con un juego de humo y cerillas; la burla de Ana de Ulloa, un instante rebosante de sensualidad e ingenio; y el velo de Aminta tiñéndose de sangre como signo de la pérdida de su virginidad- que aportan a este montaje instantes de un fulgor bello y poético que aunque está presente aquí y allá esta vez no termina de adueñarse por completo de la propuesta. Junto a momentos de audacia hay también caídas de tensión; y uno no puede dejar de preguntarse qué hubiera pasado si se hubiera logrado mantener esos momentos de audacia –que los hay- a lo largo de toda la propuesta. Llama la atención, por ejemplo, que no se haya querido explotar todo el componente espiritual y fantasmagórico de las últimas escenas, que tanto juego hubiese podido dar a un montaje de estas características y que se pasa casi por alto –silencio por cierto sobre esa estatua del Comendador, fea como ella sola y que no aporta gran cosa…-.

Tampoco la temperatura erótica buscada sobre la que tanto se insiste en el montaje termina de funcionar. Primero porque presentar a Don Juan Tenorio –sea el de Tirso, el de Da Ponte, el de Zorrilla…- como un macho alfa empotrador  es algo que empieza a estar visto y superado. Por otro lado, si bien cierto que en este Burlador se enseña más carne que en aquellas Amistades Peligrosas, el impacto que se consigue es menor –precisamente porque aquí se enseña donde allí se intuía-: de hecho creo que solo hay una escena que me haya resultado verdaderamente erótica –la de la burla de Ana de Ulloa, porque el recurso de la trenza es ciertamente audaz- en todo el conjunto. Habrá quien se ponga nervioso o se escandalice por ver revolcones o desnudos, pero quiero pensar que un espectador medio debe estar por encima de todo eso.

Así las cosas, ya he dicho que el reparto no lo tiene fácil, por esa falta de profundización psicológica que hay en los personajes, y por la dificultad añadida de tener que decir el verso desde el micrófono: e incluso a pesar de haber sido entrenados por un maestro en la materia como es Ernesto Arias, hay quienes pagan el pato. En un elenco tan nutrido hay de todo, como es lógico. Que los más rotundos, los más seguros y los más experimentados en dicción, construcción de personajes y métrica sean tres veteranos como Eduardo Velasco (Don Gonzalo de Ulloa), Luis Hostalot (Don Pedro Tenorio) y Emilio Gavira (El Rey) da una idea de en qué tónica se mueven los protagonistas. Así y todo, hay que destacar el buen partido que saca una Manuela Vellés sorprendentemente bien desenvuelta en la rítmica de la métrica y llena de luz personal al personaje de Tisbea –también es verdad que está en muchas de las escenas más conseguidas del montaje-, el aplomo y la honestidad de Álex García en Don Juan Tenorio –el personaje no termina de aparecer, pero al menos dice bien el verso-, la garra de Marta Nieto en su Duquesa Isabela y hasta la entrega innegable de Alejandra Onieva en una escena tan incómoda para ella como necesaria, bien resuelta, bien ejecutada y de alto nivel estético. El resto se mueve entre lo discreto y lo francamente mejorable –a la Aminta de Judith Diakhate el verso se le hace muy, pero que muy cuesta arriba…-.

En mi opinión el resultado de esta arriesgada apuesta es un espectáculo del que se pueden rescatar momentos e interpretaciones puntuales; pero que no termina de ser tan brillante en su conjunto como sí lo fueron otros del mismo equipo, y en el que hay cierto aroma a reiteración estética y estilística que juega en contra… Y, a fin de cuentas, la suma de ambas cosas no puede evitar que uno sienta una cierta decepción al ver el resultado; porque, dado que la cosa tiene momentos, queda la sensación de que se podríamos haber estado ante algo brillante de haber sabido medir las fuerzas. Porque, insisto, hay aciertos y errores casi a partes iguales. Por cierto, apenas media entrada un fin de semana; y eso que se han programado dos meses de funciones…

H. A.

Nota: 2.75 / 5

“El Burlador de Sevilla”, atribuida a Tirso de Molina. Con: Álex García, Manuela Vellés, Judith Diakhate, Marta Nieto, Eduardo Velasco, Luis Hostalot, Rafa Delgado, Agus Ruiz, Emilio Gavira, David Ordinas, Alejandra Onieva, Diego Toucedo y Rebeca Sala. Versión y Dirección: Darío Facal. Asesor de Verso: Ernesto Arias. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español, 23 de Octubre de 2015

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