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‘El Nombre’, o la honestidad de la comedia de salón

septiembre 18, 2015

A pesar de que lleva más de un año en cartel en España, aún no había visto El Nombre, la comedia de Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patellière que ya va camino de convertirse en un clásico –hay hasta una transposición cinematográfica- del teatro contemporáneo, y que en nuestro país llena el teatro cada noche –antes el Maravillas, ahora el Alcázar-. Una obra que sigue los clásicos esquemas de lo que podríamos dar en llamar “comedia de salón francesa”; ya saben: una casa, un grupo de amigos, una cena, una anécdota –esta vez en forma de chistecito inoportuno-… y se arma la marimorena entre personas civilizadas. Desde La Cena de los Idiotas hasta Un Dios Salvaje hemos visto miles de comedias nacidas en el país vecino con estructura semejante y que funcionan a la perfección con nuestro público. El Nombre no es la excepción.

Una cena en casa de Pedro e Isabel, un matrimonio con dos hijos: él, profesor universitario; ella, abnegada ama de casa cocinitas que ha dejado atrás un futuro prometedor como docente para complacer a su marido. La pareja perfecta –o eso parece-. A la cena acuden Vicente –el hermano de Isabel- y su mujer Ana –embarazada de cinco meses- y Carlos, un amigo de toda la vida de todos que toca en una orquesta sinfónica. De partida no ocurre nada, hasta que surge el tema del nombre del futuro hijo de Vicente y Ana: el nombre el título –Adolf, un nombre típico catalán, pero también el nombre de uno de los mayores dictadores de todos los tiempos…- abre una polémica que caldea el ambiente casi sin pretenderlo, pero que no es más que una excusa para que entre ese grupo de amigos pronto afloren reproches y rencores mucho más graves y que amenazan con destrozar una relación de amistad de esas que parecían –parecían…- para toda la vida. A partir de la excusa del nombre –algo que se resuelve pronto pero que deja la situación inevitablemente minada-, estos cinco personajes por fin se van a decir todo lo que nunca se han dicho en años de amistad… y las consecuencias, claro, podrían ser inevitables, porque quien más quien menos, todos tienen algún resquemor guardado con alguno de los comensales… Y todos sabemos que a veces las verdades nos duelen…

A pesar de lo manido del esquema de partida, creo que una de las mayores bazas de El Nombre se halla en no plantear dogmas ni cuestiones de naturaleza elevada –cosa que sí ocurría por ejemplo en otras comedias francesas semejantes-: aquí vemos personajes de clase media con problemas de personas de clase media, minucias, rencores que podríamos tener cualquiera de nosotros hacia nuestros prójimos. Conectamos con ellos precisamente por eso, y nos reímos de lo que reconocemos, porque la comedia –además de perfectamente medida en sus tempi– responde a una situación por la que todos los espectadores habremos pasado alguna vez en nuestras vidas: la de la cena familiar –o de amigos en este caso- caótica. Es muy de valorar la honestidad en la escritura del texto, la fluidez con la que se encadenan las situaciones y lo efectivo de la función como herramienta de entretenimiento: es lo que es, y, como tal, da justamente lo que se espera de ella, donde otras funciones semejantes se pierden en caminos aleccionadores que no llevan a ningún lado. Aquí afortunadamente no pasa.

Es ágil e inteligente la versión y traducción de un Jordi Galcerán que ha pasado algunas situaciones por el filtro de lo español –hay toda una serie de referencias que, evidentemente, en el original no serán así…-, y consigue que la equivalencia funcione sin chirriar y que nada de lo que se escucha haga saltar las alarmas de un texto claramente escrito para otro país, y hasta diría que para otro tipo de cultura: en lo que cuenta Galcerán, sin embargo, todo rezuma la impresión de tratarse de un texto escrito por y para España, encajando muy bien los personajes en prototipos españoles. Conseguirlo no siempre es fácil. Solo hay dos detalles que no terminan de funcionarme –ignoro cómo están escritos en el original-: el prólogo –donde Vicente nos presenta en off a los personajes antes de llegar a la casa: no sé hasta qué punto el espectador necesita realmente toda esa información…- y el epílogo –en vídeo y también por boca de Vicente: creo que ambos podrían haberse resuelto de otro modo.

Sobre una escenografía “tipo” de esta clase de comedias –quizá el piso sea demasiado mono…-, Gabriel Olivares sabe hacer cómo una función basada en discusiones y en voces más altas que otras no acabe convirtiéndose en un batiburrillo. Aquí todo se puede seguir, y siempre sabemos a dónde vamos y de dónde venimos. Si acaso, encuentro que hay escenas excesivamente coreografiadas -¡ay!, esos momentos en los que todos los personajes, pasando la noche en una casa, se encuentran de pronto colocados en perfecta simetría…-; pero Olivares –que de este tipo de funciones algo sabe…- firma un espectáculo tan útil y honesto como es el texto.

Del elenco actoral –todos sobradamente conocidos- en una obra fundamentalmente coral; dentro de que todos sirven a la función como es debido, hay que destacar el descacharrante tándem de machitos alfa de poca monta que sirven Antonio Molero y Jorge Bosch, en los dos personajes que arrancan un conflicto que acaba por arrastrar a todos los demás sin remedio: son, de alguna manera, el alma de la función; llevan la batuta y dejan momentos de memorable comedia entre ambos, porque clavan a esos dos cazurros que la lían parda por ese afán masculino de ver quién la tiene más grande, disfrazados en este caso de dos seres cultos y civilizados. También encuentra gran lucimiento personal Amparo Larrañaga, la mujer que calla, la mujer florero, el relleno que parece que está ahí de adorno… porque cuando por fin explota no hay vuelta atrás, y los autores le regalan un monólogo en el que se puede lucir: dicho de corrido, casi sin respirar, perfectamente articulado, en el que la buena de Isabel dispara a matar sin medir las consecuencias antes de abandonar el salón para irse a dormir. Es sin duda el momento estrella de la función, y un trabajo de maestra del teatro que el público premia con una merecida ovación a escena abierta. Cumple sobradamente César Camino en un papel que ofrece menos lucimiento; mientras que a Kira Miró –en el papel más genérico y con menos peso en toda la trama- no le iría de más una proyección.

Pero, como digo, estamos ante una comedia ingeniosa, bien escrita, bien adaptada y bien interpretada, que cumple perfectamente con su función de proporcionar un rato agradable y divertir al espectador mediante unos diálogos que se alejan del chascarrillo para situarse más en la esfera de lo ingenioso. Un espectáculo que, insisto, da justamente aquello que promete. Y eso es mucho en los tiempos que corren.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“El Nombre”, de Matthieu Delaporte y Alexandre de la Patellière. Versión: Jordi Galcerán. Con: Amparo Larrañaga, Antonio Molero, Jorge Bosch, César Camino y Kira Miró. Dirección: Gabriel Olivares.

Teatro Alcázar, 11 de Septiembre de 2015

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2 comentarios leave one →
  1. septiembre 19, 2015 13:27

    Totalmente de acuerdo contigo en tu opinión. Yo tuve la oportunidad de verla cuando estaba en el teatro Maravillas. Una comedia bien interpretada que divierte y entretiene (en definitiva cumple su objetivo y el público en general sale satisfecho)

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