Skip to content

‘Windermere Club’, o la (im)pertinencia de actualizar Wilde

septiembre 17, 2015

A primera vista y dados los antecedentes, ya no debería sorprender a nadie que un montaje opte por realizar una profunda relectura de algún texto teatral sobradamente conocido por todos: eso es en esencia Windermere Club, una versión más o menos libre de El Abanico de Lady Windermere, de Oscar Wilde, cuya principal seña de identidad el desplazamiento de las coordenadas espacio-temporales y –por consiguiente- parte de los estamentos sociales de los personajes. Quizás a estas alturas el problema de toda adaptación -sobre todo si se escoge un texto clásico y muy representado- no sea tanto el acto de adaptar o releer, sino el hecho de que esa adaptación se justifique y sume al resultado final: el sentido de adaptar, en resumen.

Miami en la actualidad. El Miami multicultural se da cita en el Windermere Club, un pub regentado por Sara, una joven argentina huérfana casada con el venezolano Santiago. A las clases de salsa que imparte la dueña en el local acuden el millonario mexicano Augusto y su hermana Katy, una periodista de cotilleos gringa que intenta ocultar su origen bajo un marcado acento americano, puesto que esto podría perjudicar su imagen pública. También Darling, un cubano que trata en vano de arreglar el aire acondicionado del local; y la Señora Nadir, una mujer de negocios española que parece tener una misteriosa relación con Santiago. Al tiempo que la joven Sara anda con la mosca detrás de la oreja sobre la posible infidelidad de su marido, el calor sofocante de Miami y los ritmos de la salsa hacen el resto para crear un enredo en el que la sensualidad esté a flor de piel, y las hormonas se disparen, en un enredo que respeta gran parte de las convenciones del original de Wilde. Surgen dudas, sin embargo, a la hora de valorar el lavado de cara que Juan Carlos Rubio ha hecho al clásico: la primera, creo que este cambio espacio-temporal ayuda a ser una excusa para incorporar muchas secuencias de baile, y para elevar la temperatura de un espectáculo construido sobre la base de lo sensual; pero a la vez deja en segundo plano gran parte de la fina ironía sobre la que se asienta el humor del autor anglo-irlandés: una ironía que aquí muchas veces queda eclipsada por la salsa y lo sensual. Además, el asunto de los diferentes acentos de cada personaje –en un reparto en el que todos los actores han de forzar el acento, tarea de la que unos salen mejor parados que otros…- hace que el seguimiento sea un tanto conflictivo, sobre todo hacia un inicio en el que la narración no está exenta de momentos que rozan lo caótico –diría que hasta la aparición de la Señora Nadir-. Es cierto que el espectáculo termina enderezándose y camina cuesta arriba; pero todo el planteamiento podría y debería revisarse.

A pesar de todo, no termino de acertar a entender qué aporta verdaderamente a Wilde toda esta adaptación, más allá de la atmósfera de lo meramente anecdótico: qué hace que esta historia tenga que contarse en estas coordenadas particulares y no en otras, más allá de un mero capricho. Con todo lo que se pueda reprochar, creo que lo más cuestionable es la pertinencia real de la adaptación, sin una justificación clara, sin un valor que se ponga de manifiesto al ver la función…

La dirección del incombustible Gabriel Olivares ha de pelear, lo primero, con una escenografía francamente poco atractiva y poco funcional de Asier Sancho; si bien hay que reconocerle que ha sabido integrar bien las secuencias de danza en el conjunto, y darle cierto dinamismo al todo: como ya he dicho más arriba, creo que la primera parte del espectáculo no termina de alzar el vuelo, no sé hasta qué punto por una mera cuestión de dirección o porque la versión necesita pulirse. Hay también una escena –la de las conversaciones entrecruzadas durante la clase de salsa- que, aunque es ingeniosa en el planteamiento, no termina de estar bien ejecutada y deriva en falta de ritmo. Como casi todo en este montaje, la propuesta de Olivares –alejada de la genialidad de Our Town hace solo unos meses en la sala pequeña de este mismo teatro- crece en la segunda mitad; pero es imposible no pensar que hay algo que no termina de funcionar como debería: de acuerdo en que es una propuesta enfocada hacia lo comercial –como tal debe encajarse-, pero incluso en este ángulo a Olivares se le han visto montajes mejores.

Lo que sí funciona maravillosamente es un elenco actoral muy entregado, que hace todo lo posible por dar al conjunto el mejor acabado posible. Brilla con luz propia la Sara de una Susana Abaitua desenvuelta en el uso del acento argentino, que sabe enfocar su personaje desde la óptica de una sensualidad tan rabiosa, encendida y caribeña como inteligente al mismo tiempo, una sensualidad eficaz, capaz de incendiar por un momento el patio de butacas; siempre desde la sugerencia: además, la prueba de que es una excelente bailarina hace que tengamos que hablar de ella como una actriz bastante completa. Natalia Millán en la señora Nadir viene a poner orden a la función: todo va hacia arriba desde que ella aparece, y demuestra que es una actriz curtida, a prueba de bombas y que puede defender lo que le pongan delante: mantiene intacta su ya conocida –y verdaderamente envidiable- capacidad para la danza. Emilio Buale y Harlys Becerra sirven sin problema y con su acostumbrada eficacia a los dos galanes que pretenden a Sara; mientras que al Augusto de Javier Martín seguramente le sobre vis cómica –¿indicación de dirección?- y Teresa Hurtado de Ory no termina de encontrarse cómoda en su complicado acento de gringa. Todo el equipo –pero sobre todo las impecables Abaitua y Millán- sirve con aparente comodidad las complejas coreografías latinas.

Al final lo que se obtiene es un espectáculo servido por un equipo actoral honestísimo; pero un espectáculo en el que se acaba teniendo la impresión de que se sirve a sí mismo más que servir al texto de Wilde. Sigue con paso firme un camino escogido, pero siento que algo de la esencia del original se queda inevitablemente por el camino, incluso a pesar de lo esforzado –esforzadísimo- de un reparto que se nota que cree ciegamente en lo que hace.

Un último apunte: ignoro la razón por la que en algunas de las fotografías que acompañan a esta entrada los actores aparecen microfonados: afortunadamente, al menos en el Fernán Gómez, la función se ofrece sin microfonía alguna.

H. A.

Nota: 2.75 / 5

 

“Windermere Club”, de Juan Carlos Rubio. Versión libre de “El Abanico de Lady Windermere”, de Oscar Wilde. Con: Susana Abaitua, Harlys Becerra, Natalia Millán, Emilio Buale, Javier Martín y Teresa Hurtado de Ory. Dirección: Juan Carlos Rubio. EIN PRODUCCIONES.

Teatro Fernán Gómez, 10 de Septiembre de 2015

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: