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‘La Merda’, o un grito liberador

julio 24, 2015

“Certo che ci vuole del coraggio (…) SONO IOOOOOOOO SONO IOOOOOOOO” (La Merda, Cristian Ceresoli)

Espectáculo en italiano

Desde su estreno allá por 2012, el monólogo La Merda –primera pieza teatral del italiano Cristian Ceresoli– ha causado sensación allá por donde ha ido pasando. No fue menor el impacto fortísimo causado en la MIT de Ribadavia, donde el éxito apenas tuvo precedentes, con una de las más encendidas ovaciones que recuerdo en cualquier teatro, y gran parte del público en pie braveando en auténtica y merecida catarsis, después de vibrar durante la hora que dura la pieza.

Al entrar, nos recibe una mujer menuda y completamente desnuda sentada en un taburete, con gesto a medio camino entre el rubor de la vergüenza y el divertimento. Al empezar la función, lo que vamos descubriendo –a modo de flujo de conciencia- es el testimonio de una mujer tan sincera como cercana a lo neurótico, puede que superada por las circunstancias o por las exigencias que le ha marcado su familia y el país en el que vive. Una mujer con la firme convicción de que la única manera de liberarse de sus cadenas y de forjarse una identidad es llegar a ser alguien a cualquier precio, y para ello hará lo que sea para ser seleccionada para un mísero comercial de publicidad, algo que para ella significaría el éxito en una sociedad de consumo en la que si se quiere ser alguien, si se quiere ser tenida en cuenta lo único que se puede hacer es triunfar… y ella está segura de poder conseguirlo a cualquier precio, llegando incluso a la degradación personal si es necesario, porque lo único que importa es conseguir el fin de triunfar en ese triste anuncio publicitario. Pero para triunfar todo es válido, lo único importante es conseguir que el resto nos quieran y nos admiren ¿O no? Lo atractivo de este monólogo es que este personaje –que por perfil podría parecer a priori una devoradora dispuesta a todo- es sin embargo un ser vulnerable, golpeado, en el que afloran sus traumas y sus miedos desde su infancia hasta esta actualidad en la que –símbolo de esa vulnerabilidad- se presenta completamente desnuda ante nosotros. Es una mujer con miedos, con obsesiones que en el fondo no dejan que viva en paz, y que generan en ella toda una rabia contenida que solo puede salir cuando se confiesa con nosotros, cuando consigue que aflore todo aquello que lleva dentro, en una suerte de grito de ira, de rabia, de miedo, de dolor y hasta de impotencia; pero también un gran grito liberador, pues por fin es hora de gritar y de echar al mundo lo que esta mujer lleva dentro: el grito que hace que pueda escupir toda su mierda al exterior, para liberarse de ella. Es de eso de lo que habla fundamentalmente La Merda: de la herencia del pasado, de la represión y de la capacidad de un ser humano de degradarse para llevar a ser aceptado en la sociedad; una sociedad en la que la aceptación y sentirse alguien es lo único que importa.

A través del relato, se establece no solo una descripción de esta particular mujer –tan neurótica como cercana a todos nosotros, porque todos nos hemos sentido desbordados alguna vez y hemos sentido la necesidad imperiosa de gritarle al mundo que estamos ahí aunque no se nos vea- sino también una analogía entre la mujer y esa Italia machista y conservadora a la que pertenece: es la mujer ligada al país, la mujer ligada a un país corrupto que se vuelve hostil; de manera que la figura femenina adquiere enseguida un fuerte significado simbólico. No es solo la mujer reprimida la que debe liberarse, sino también el país mismo –no olvidemos que, como nos recuerda la protagonista, el himno canta “il sesso maschile é la nostra bandiera”-.

El texto de Cristian Ceresoli es una verdadera obra maestra, por la forma en la que consigue aunar en el discurso lirismo, realismo crudo, comedia ácida, crudeza y emoción, abofeteando al espectador en cada frase, removiendo, emocionando, generando todo un viaje sensacional y emocional que consigue que nos riamos de episodios crudos y dolorosos –todo el episodio de la mujer con discapacitado es una mezcla de dolorosa crudeza y descacharrante ironía difícil de explicar- sin perder nunca de vista la veracidad, lo descarnado y lo salvaje del lirismo que desprende el texto. Es un texto deudor de lo más oscuro y sincero de Virginia Woolf o del mejor Passolini, con el aliento dramático del Shakespeare de The Rape of Lucretia, y cuya perfección en su pluralidad tonal y temática hacen que sea un relato sobrecogedor ya sea escuchado o leído –he podido releer el texto antes de escribir estas líneas y la impresión se mantiene intacta- hace que hablemos sin exagerar de una verdadera obra maestra de la literatura dramática, que remueve y golpea, siempre huyendo de la dulcificación, de los sentimentalismos y de lo políticamente correcto, para golpear desde el camino de lo incómodo. Se anuncia como la primera parte de un decálogo –el llamado Decálogo del Disgusto– cuyas próximas entregas solo cabe esperar con la curiosidad que este extraordinario inicio merece.

Pero cuesta imaginar este texto sin la antológica interpretación de una Silvia Gallerano inconmensurable – ¿pero dónde ha estado escondido todo este tiempo este ciclón?-, que realiza la mejor interpretación que haya visto en mucho tiempo sobre un escenario. Menuda en un escenario inmenso y completamente desnuda, sin moverse nunca de su taburete, se entrega cual fiera bestia escénica a ese monólogo alocado y desquiciado, clavando ese grito de ira y de rabia con la fiereza que solo las grandes de la escena pueden transmitir. Es un prodigio su manejo de la voz a la hora de recrear a los personajes con los que dialoga; pero sobre todo su poderosísima gestualidad –muchas veces cercana al clown-, capaz de pintar mil y un estados de ánimo. Pocas veces se ha visto en un escenario tanta energía, tanta rabia, tanta sinceridad ni tanta verdad en un solo ser. Es tal la entrega –y tal la empatía- que a uno le dan ganas de levantarse y subir al escenario a gritar junto a ella, a desahogar, a eliminar su mierda y su ira –que todos la tenemos-. Es sin duda un nombre a retener, y enseguida el hecho de su completa desnudez se convierte en una anécdota en la que apenas se repara, porque el poder expresivo y comunicativo de Gallerano –que arrastra, contagia y estremece- deja en segundo plano cualquier otra cosa. Es cierto que –como ya he dicho- La Merda es por sí mismo un texto extraordinario; pero se ha tenido la suerte de contar con un coloso actoral del calibre de “la” Gallerano –con artículo delante, como las grandes-, para hacer que este texto prodigioso brille como merece: seguramente sin ella no hubiese sido la misma experiencia intensísima que aquí sin embargo sí se da.

Y nada más y nada menos hay en este espectáculo impecable y vibrante: una palabra poderosa –la de Ceresoli- y la verdad desnuda de una actriz superlativa –Gallerano- sirviendo una experiencia impecable, inolvidable; y demostrando de qué va esto del teatro: un espectáculo que nadie debería perderse, de esos que provocan ganas de gritar y liberarse de las ataduras que tenga cada uno… Porque –insisto- con neurosis o sin ella, todos las tenemos. Memorable, impecable, imperdible y celebrado con casi diez minutos de ovaciones encendidas en pie de todo el Auditorio.

H. A.

Nota: 5/5

 

“La Merda”, de Cristian Ceresoli. Con: Silvia Gallerano. Dirección: Cristian Ceresoli. FRIDA KHALO PRODUCTIONS / RICHARD JORDAN PRODUCTIONS LTD / PRODUZIONI FUORIVIA.

XXXI Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia, Auditorio do Castelo, 21 de Julio de 2015

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