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‘Swamp Club’, o el paisaje y lo banal

julio 23, 2015

Espectáculo en francés y castellano

Sinceramente difícil por fondo y forma –y pienso que errática en contenidos y planteamiento- la propuesta que Philippe Quesne –reputadísimo artista plástico que se ha ganado un lugar en el universo teatral- presentó en la MIT Ribadavia: este Swamp Club que venía precedido de una larga gira internacional, pero que aquí solo consiguió desconcertar –cuando no directamente aburrir- a propios y extraños….

Sobre un imponente y complejísimo dispositivo escenográfico –una laguna con plantas y patos, un imponente vivario cerrado semiamueblado de tamaño natural, una empinada terraza en rampa, una cueva y dos pantallas LED en las que se proyectan de manera constante respectivamente el programa de actividades del día y diversas leyendas- transcurre la vida de un grupo de residentes –se entiende que se trata de una residencia artística…- que vienen a pasar una temporada al idílico lugar, nunca sabemos bien cómo ni por qué. Es un entorno de naturaleza salvaje en el que sin embargo ya empiezan a aparecer los primeros símbolos de la sociedad informática y de intervencionismo del ser humano en esa suerte de selva virgen que es el lugar. Y así pasa la vida, con acciones salpicadas de pequeñas frases en las que nada se nos cuenta ni nada se nos aclara: los visitantes –los típicos turistas guiris freaks- acuden a la sauna, exploran la cueva, encuentran pepitas de oro, hacen migas con un topo que parece la mascota del lugar; mientras que los dueños del recinto –con una indumentaria que por momentos propia de alguna especie de logia-, tratan de hacer todo lo posible para que los huéspedes se sientan cómodos, mientras que dentro del invernadero –en lo que la obra define varias veces como un estudio de grabación- un cuarteto de cuerda interpreta en directo cuartetos de Shostakovich, Mozart y Schubert… y así transcurre la rutina en este paraje idílico durante casi dos horas en las que el público se ve obligado a admirar la imponente escenografía mientras espera –desesperadamente- que pase algo que sin embargo nunca llega a pasar; porque lo que aquí se escenifica no es más que la rutina banal, salpicada de apariciones estelares como la del mismísimo Robin Hood –caracterizado por cierto de tal forma que al inicio uno puede llegar a confundirlo con Peter Pan…-. Cuando tras un buen rato de espera por fin parece que va a pasar algo al prepararse un plan de evacuación… tampoco pasa realmente nada: se anuncia una gran explosión que queda en agua de borrajas, con lo que aumenta el desconcierto y la decepción…. La obra termina con una metáfora de la manipulación de la naturaleza, cuando dueños y huéspedes se unen para intentar preservar todos los elementos naturales de la escenografía dentro del vivario –pero no se sabe ni de qué ni de quién…-.

Habrá quien defienda –Afonso Becerra de Becerreá en sus notas al programa- que “el dispositivo escénico de Swamp Club” es un espectáculo en sí mismo: es cierto, y eso está fuera de toda duda: estamos ante una escenografía imponente –tanto que fue francamente difícil encontrar una ubicación en todo el Auditorio del Castillo que permitiese divisar toda la escena correctamente, y gran parte del público hubo de ser reubicado por problemas de visibilidad…- pero la sorpresa del vasto escenario que plantea Quesne pierde fuerza apenas han transcurrido diez o quince minutos de representación.

En fin, la acción –prácticamente nula- carece de interés, y hasta podríamos decir que el espectáculo tiene unos niveles de teatralidad digamos discutibles a la hora de plasmar lo que quiera que sea que se nos está contando ¿Es tal vez una reflexión simbólico-antropológica sobre la degradación de la naturaleza ante la intervención del humano? ¿Habla del consumismo capitalista? ¿Una sátira sobre la vacuidad del trabajo de los artistas, reunidos para no hacer nada? Podría ser cualquiera de las ellas, o incluso una mezcla de todas ellas; pero la vacuidad del texto –de las frases inconexas, mejor dicho- llega a ser tal que nunca llega a quedar clara la intención de lo que vemos, como tampoco queda clara qué otra función –más allá de lo meramente decorativo- tiene el cuarteto de cuerda, ni qué función tienen las leyendas que se proyectan en los LEDS una y otra vez. Tampoco ayuda que los actores desgranen las pocas frases que les tocan en suerte desde unos códigos puede que más propios de un distanciamiento brechtiano que otra cosa, en un español complejo y macarrónico que les pone en más de un brete que causa la hilaridad del respetable –‘ojeras’ por ‘orejas’- y que a la larga acaba por incordiar más que ayudar…. Y ya puestos a decir las cosas, el cuarteto de cuerda que interpreta a Shostakovich en directo –¿alguna vez se han fijado el uso recurrente de Shostakovich, precisamente de Shostakovich, en los espectáculos que desprenden esta clase de snobismo?- no siempre estuvo todo lo afinado que sería deseable.

Así las cosas, habría incluso que plantarse si calificar este espectáculo como una instalación con actores incorporados –porque, como dice Becerá en sus notas al programa, la escenografía es un espectáculo, pero el espectáculo casi termina ahí, en la contemplación del espacio-. Más allá del espacio, el contenido –o la falta de contenido- cae por su propio peso, y las casi dos horas acaban pesando como una losa en un espectáculo que –como anécdota mastodóntica, no mucho más- bien podría haberse resuelto en 45…. No se niegan ni la plástica ni la atmósfera –son potentes, salvo por dos efectos que deberían estar más logrados-; pero quienes quieran ver un sesudo contenido simbólico con toques pseudo-intelectuales –los habrá- posiblemente busquen en el teatro algo diferente a lo que busco yo. Si algo sostiene este espectáculo es el envoltorio, la obra de arte plástica en la que tiene lugar: el contenido es vacío, y por momentos incluso desnortado en fondo y forma… Realmente no se llega a saber ni a dónde va ni de dónde viene, ni cuál es el mensaje que Quesne pretende transmitir. Y esto, envuelto en casi dos horas de espectáculo, es como mínimo duro de llevar. Puede que Quesne quiera decir en su lectura que de la misma manera que la naturaleza se degenera, el teatro se regenera: pero regeneraciones como esta conducen el teatro por un camino bien distinto al mío. Habrá quienes quieran caminar por esta senda, pero no es desde luego mi caso. Tampoco parece desde luego el caso del grueso del público que llenaba el castillo que, visiblemente aburrido a lo largo de la representación fue abandonando el recinto y regaló al final uno de los más breves y fríos –desconcertantes, en suma- aplausos que se recuerden. Del otro lado de la balanza están los premios internacionales; pero creo que en este caso me pongo del lado del público, ante un espectáculo que –quitando todo lo accesorio- seguramente termine funcionando mejor como mera instalación, sin que se le pretenda una teatralidad que ni está ni se espera, en una propuesta que es toda espacio y atmósfera –pero ni siquiera ‘sensación’…-. Y, más allá de la belleza plástica y visual, creo que personalmente yo voy al teatro a otra cosa bien distinta.

En fin, un espectáculo en el que se ve que hay mucho dinero y muchos medios, aunque a la hora de la verdad uno no sepa muy bien al servicio de qué están puestos. En tiempos de crisis como los que vivimos, el teatro debería tomar otra senda o, al menos, si decide tomar esta senda, que el dispendio tenga algún tipo de justificación lógica y no acabar cayendo en una banalidad vacua, vacía y gratuita puesta al servicio del paisaje, que a fin de cuentas es lo que ocurre aquí, por más que algunos quieran ver pepitas de oro donde no las hay.

H. A.

Nota: 2/5

 

“Swamp Club”. Concepción, puesta en escena y escenografía: Philippe Quesne. Con: Isabelle Angotti, Snæbjörn Brynjarsson, Yvan Clédat, Cyril Gomez-Mathieu, Ola Maciejewska, Émilien Tessier, Gaëtan Vourc’h. Cuarteto de cuerda: Amôn Quartett. VIVARIUM STUDIO / NANTERRE AMANDIERS-CENTRE DAMATIQUE NATIONAL.

XXXI Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia. Auditorio do Castelo (Ribadavia, Ourense), 20 de Julio de 2015

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