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‘La Fiebre’, o ¿es posible un cambio de ética?

julio 2, 2015

Israel Elejalde se despedía con estas representaciones de La Fiebre, un espectáculo que ha interpretado durante más o menos tres años, sobre un texto más o menos autobiográfico de Wallace Shawn que escribió en 1991, a partir de la experiencia por los llamados países tercermundistas, en este caso un país en guerra que nunca se llega a aclarar. Un monólogo que en principio el propio autor interpretaba leído en pases más o menos privados; pero que, en seguida, se empezó a exhibir en teatros de todo el mundo: en España, por ejemplo, se había visto previamente en una versión en catalán en Barcelona.

Nuestro protagonista –personaje/autor-, narra cómo a partir de una infancia y una existencia más o menos acomodada, de pronto debe enfrentar el contacto con la ‘otra’ realidad, una realidad que hasta entonces él ignoraba o miraba solamente desde la distancia. La realidad del pobre, del que ha de luchar por seguir viviendo, del que debe huir de los horrores de la guerra… Una realidad que con su viaje experimenta en primera persona, y que tal vez ponga en jaque unos principios morales, políticos y sociológicos que a priori eran sólidos para él. ¿Qué puede hacer el hombre rico para ayudar al hombre pobre? ¿Tiene el rico la necesidad de significarse? ¿Va a cambiar algo el reparto de la riqueza? Y, sobre todo ¿qué ocurre cuando uno cree que la ética y la moral que seguía hasta ahora tal vez no sea la correcta? ¿puede un individuo reflexionar y modificar su ética?

Esta suerte de viaje iniciático hacia una nueva realidad pondrá en boga las cuestiones de un protagonista que, expuesto a la realidad de la crudeza, deberá plantearse por un lado si él debe cambiar, si está siguiendo el camino correcto; y por otro lado qué puede –en caso de que deba- hacer él para lograr que ese mundo cambie. Una hora y media en forma casi de monólogo interior, en el que nuestro protagonista se expone a su moral y al juicio del público, para tratar de entender hacia dónde va la sociedad y hacia dónde va él mismo como individuo formante de esa sociedad, ¿cuál es su función y su deber en la sociedad misma? Nuestro protagonista, de pronto, debe elegir

Así las cosas, el texto de Shawn fácilmente podría haberse convertido en un engorroso panfleto sociopolítico; pero aquí viene la primera virtud: aunque no exento de caer en algunos lugares comunes –los hay-, el texto busca un teatro claramente social y político, sí; pero busca que el público reflexione desde una prosa impregnada de humor ácido, en una estética a veces cercana al monologuista. A través de unas posturas y opiniones que a menudo resultan excesivas –moviendo por ello ocasionalmente a la carcajada-, y que hacen reflexionar al público desde la naturalidad de un tipo que comienza resultando un poco antipático por lo pintoresco, pero que pronto deriva hacia lo que podría ser una bomba de relojería a punto de estallar; porque el mundo que él creía lógico y apto de pronto se le vuelve en contra y le genera dudas: esta evolución plantea un equilibrio desde la stand-up comedy hasta el drama más poético que convierte a esta propuesta en un  espectáculo muy completo. Un espectáculo que, por cierto, está muy bien recuperado ahora que el mundo –nuestro mundo, su mundo- atraviesa también por una crisis económica y de valores bastante profunda, que hace que podamos entender más fácilmente el conflicto de un personaje que a fin de cuentas termina resultándonos cercano.

Fruto de una ambiciosa coproducción, el montaje que firma Carlos Aladro va siempre en favor de fomentar la teatralidad del teatro, jugando desde una escenografía minimalista con un fuerte componente audiovisual –firman Natalia Moreno y Jerónimo Carrascal- que ayuda a enfatizar ciertos conceptos e ideas clave del discurso atolondrado e  del protagonista, acompañado en escena por una violoncelista que hace además las veces de actriz –estupenda Irene Rouco-. También la iluminación de Juanjo Llorens colabora de forma capital a crear el clima.

Pero si por algo hay que admirar este trabajo es sobre todo por el soberbio y extenuante trabajo que realiza un Israel Elejalde que es puro nervio, pura entrega; pasa por toda una gama de emociones que le llevan desde el comediante de monólogo hasta el hombre superado por la situación, en un viaje de fuerte exigencia emocional que no le ofrece respiro alguno a lo largo de todo el espectáculo: un recital interpretativo, en definitiva, que vuelve a demostrar el actor de raza que es: que ya no sea –ni mucho menos- una sorpresa no quiere decir que no siga siendo digno de ovación.

Fuertes aplausos de un público que admira el trabajo formidable del actor y sale visiblemente removido, entrando en el juego de conciencias que propone el espectáculo. Y, al fin y al cabo, de eso se trata. Con todo, sí hay qye señalar que hay varias erratas ortográficas fácilmente localizables en el programa de mano.

H. A.

Nota: 4/5

 

“La Fiebre”, de Wallace Shawn. Con: Israel Elejalde e Irene Rouco. Dirección: Carlos Aladro. ISRAEL ELEJALDE / TEATRO EN TRÁNSITO / KAMIKAZE PRODUCCIONES.

SalaCuarta Pared, 25 de Junio de 2015

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