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‘Mathilde’, o el dolor del amor silencioso

junio 18, 2015

Llega a la Sala La Nao –otro de tantos lugares que afloran en el off madrileño- Mathilde, un texto de la autora francesa Veronique Olmi, estrenado en 2009 y que se ve ahora por primera vez en España. Tras presentarse en La Nao, hará temporada en el Off del Teatro Lara, asegurando así una larga temporada en la cartelera madrileña.

Pierre aguarda en su apartamento el regreso de su esposa Mathilde, una escritora parte de la burguesía francesa que ha pasado tres meses en la cárcel tras ser condenada por haberse acostado con un joven de catorce años. La función de Olmi abarca la conversación de Mathilde y su esposo durante todo un largo día. Una conversación tensa, llena de rencores callados, de cosas no dichas y de reproches, que es como una partida de tenis en la que la pelota pasa de un oponente al otro sin que nos demos casi ni cuenta. Porque, de entrada, Pierre acusa a su esposa por la humillación pública y moral que ha tenido que sufrir por su culpa, pero eso solo es el punto de partida: pronto vemos que ‘el hecho’ –como se refiere tantas veces a la relación sexual de Mathilde en la obra- no es más que la punta de un iceberg que provoca que una relación de pareja anclada en la apatía pueda saltar por los aires. Dos seres con concepciones de la vida y de la moral completamente opuestos, que sin embargo encuentran alguna clase de apoyo mutuo – ¿o quizá solamente una balsa de salvación?- en un entorno hostil. La escritura de Olmi pronto se aleja del hecho morboso –que, después de todo, no es más que una excusa  para que la conversación tenga lugar- para indagar en temas más universales tales como cómo se enfrentan los seres humanos a los convencionalismos sociales, si pueden modificarse las conductas humanas para complacer al ser cercano; y –lo más importante- qué ocurre cuando no somos capaces de demostrarle al otro que le queremos y qué representa el amor en nuestras vidas: ¿va el amor de la mano del placer? ¿es el amor algo distinto? Todos estos interrogantes planean en el texto de Olmi, y en la relación de Mathilde y Pierre, dos seres que se odian y se desprecian tanto como se aman y se quieren, aunque quizá no sean conscientes de ello: el daño del amor callado, del amor silencioso, del amor mal entendido…

Acierta Olmi al plantear un texto duro pero al mismo tiempo cercano a nuestra realidad, que plantea cuestiones universales que aparecen de plena actualidad ayer, hoy y mañana; acierta además al diseñar dos personajes con aristas y recorrido –porque ambos están en varias posiciones de las que se van desplazando a lo largo de la representación- y al no juzgarles nunca: porque Olmi no pretende plantear una conversación entre víctima y verdugo, ni arrojar otras conclusiones que las que intuya el propio espectador. El silencio, lo callado, lo que no se dice, lo que se supone son otras de las claves de este texto. A menudo, Olmi solo sugiere por boca de sus personajes, y ha de ser el público quien complete de dónde viene y a dónde va esa relación, o en qué momento la felicidad se les ha empezado a escapar por entre las manos y se sustituyó por el tedio sin que se dieran ni cuenta. Si al inicio Mathilde parece –solo parece- un ser déspota y superior dispuesto a pisotear la dignidad de Pierre restregándole por la cara su particular concepción del placer liberal; pronto vemos que las cosas no están tan claras como parecen: de la misma manera que Mathilde intenta cambiar el carácter de su marido a partir de unos cánones métodos que pueden resultar agresivos, también parece  que Pierre desarrolla una peligrosa relación de amor/dependencia hacia su mujer, que podría derivar en cualquier exceso incontrolable. Los muchos huecos que Olmi deja conscientemente en la historia –el más evidente: ¿por qué decide la liberal e independiente Mathilde regresar a casa al salir de prisión?- harán que cada espectador arroje sus conclusiones, pero para quien suscribe parece claro que estamos ante dos personajes que –cada uno a su manera- se quieren; aunque sean incapaces de decírselo claramente ni mucho menos de demostrárselo: dos desastres emocionales, en suma. Ante este panorama ¿hay salvación contra el hundimiento? Puede que solo el espectador sea quien tenga derecho a decidir.

En el pulcro montaje que plantea Gerard Iravedra ayuda el espacio como en pocos montajes: la pequeña sala Nao aparece flanqueada a dos bandas por un público que observa la intimidad a pocos centímetros de los personajes, sintiéndose casi como voyeurs, en un entorno oscuro en el que puede olerse hasta el humo del tabaco, mientras se oye la monotonía de la lluvia torrencial del exterior. Sabe Iravedra cómo crear ese clima de intimidad en esta función de actores, sin renunciar sin embargo a usar todo el espacio, pero dejando el protagonismo al texto, a los actores y a la palabra: es por ello, por ejemplo, por lo que hay sumo cuidado en que las réplicas no se pierdan, ni en que la ira se torne nunca excesiva en un espacio tan íntimo; ambas cosas están logradas, y en un espacio tan íntimo como este eso es siempre un punto. También los juegos de iluminación -sobre todo en un espacio como este en el que diseñar una iluminación debe ser complicado- y la selección musical que recibe al público en sala mientras Pierre espera -en absoluto gratuita- son especialmente destacables.

Requiere esta función de dos actores de primerísimo nivel, tanto por la situación como por los personajes. Marina San José es físicamente la Mathilde perfecta, eso es cierto; pero creo que su acercamiento al personaje probablemente sea demasiado tenue: un punto extra de mala leche –sobre todo en la primera mitad del espectáculo- no sobraría, para entender la evolución del personaje, dibujar mejor el magnetismo de un personaje que debería ser magnético y el efecto que genera en Pierre: esto es sin duda una opción de lectura del personaje; pero la seguridad con el texto –vi una de las primeras funciones…- todavía debe mejorar ostensiblemente. En su favor, hay que señalar que tiene el don de escuchar muy bien a su partenaire, reaccionar y recibir la información, algo fundamental en esta función. Mucho mejor el rotundo y elegante Pierre de Gorka Lasaosa capaz –él sí- de hacer que nos compadezcamos de él, que le comprendamos; y también –por qué no decirlo- de generar la duda de un posible peligro acechante en esa olla a presión a punto de estallar que es Pierre: creación rotunda en cualquier caso. Lo cierto es que, en mi opinión, la distancia entre ambos actores –que puede que se vaya acortando con el rodaje- es de momento notoria.

En resumen, maravilloso e intenso texto para saborear, comentar y dejar que crezca en el interior de nosotros, en un montaje tan sobrio como funcional, donde solo la distancia entre los dos actores marca la distancia entre lo notable y lo sobresaliente. Un último apunte: intenten verla en La Nao, porque creo que el particular ambiente de intimidad que genera este espacio quizá se pierda en su traslado al Off del Lara… Y el ambiente es sin duda parte de su encanto.

H. A.

Nota: 3.75/5

 

“Mathilde”, de Veronique Olmi. Con: Marina San José y Gorka Lasosa. Director: Gerard Iravedra.

Sala La Nao, 11 de Junio de 2015

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One Comment leave one →
  1. junio 18, 2015 20:03

    me alegro mucho de que HUGO, que hizo la crítica más inteligente que se ha escrito de mi obra CÁSTING, cuando se estrenó en gallego, haya disfrutado con esta MATHLDE que protagoniza mi amigo GORKA. Él quiere estrenarme la versión castellana de mi obra próximamente en MADRID y entre los dos, haremos lo imposible por traerla a BARCELONA en la versión catalana en que se escribió…Siempre alegra que los amigos coincidan en algo tan importante para mi.

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