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‘El Discurso del Rey’, o la alegría de vivir como terapia

junio 12, 2015

Llevar al teatro algo que permanece en el imaginario colectivo a través de una película que además es relativamente reciente es siempre un riesgo. No ya por las ideas preconcebidas que cada uno pueda traerse de su casa, sino porque creo que toda nueva adaptación debería tener algo nuevo y personal que aportar. El Discurso del Rey tiene precisamente este handicap: todos y cada uno de nosotros la hemos visto en cine, la tenemos en la cabeza, e imaginamos con mayor o menor certeza lo que queremos ver cuando se trata de escenificar la peripecia de Jorge VI para superar su tartamudez de cara a hablar ante el público. Ahora, el Teatro Español presenta la versión teatral del celebrad guion de David Seilder en una versión de Emilio Hernández que dirige Magüi Mira con un reparto tan sólido como reconocible para el público: se diría que deberíamos estar hablando de un pelotazo asegurado, pero sin embargo en la función que presencié, contra todo pronóstico, la sala presentaba una discretísima entrada… Ignoro qué está ocurriendo el resto de los días.

Equilibrar la balanza de esta historia en la que conviven en perfecta armonía una trama fundamentalmente personal –las relaciones de Bertie como ser humano con aquellos que le rodean, ya sea su esposa, su hermano o su logopeda- con una trama política –la del ascenso al trono de Jorge VI como Rey de Inglaterra- e incluso un profundo conflicto histórico –porque en torno a esta historia de superación personal hay toda una serie de eventos fundamentales del pasado de Gran Bretaña- no siempre es fácil. Uno debe decidir qué prima: si la historia de un hombre, la historia de un Rey o una anécdota en la Historia de la Nación. Así, la anécdota concreta que trata esta función –o este guion- puede leerse desde distintos puntos de vista, todos ellos perfectamente válidos si saben justificarse.

Si el film hacía especial hincapié en el aspecto psicológico y cómo afectaba su problema a Jorge VI –no olvidemos el particularísimo uso de las lentes de la cámara…-, el montaje que presenta en esta ocasión Magüi Mira no renuncia a hacer guiños directos a la película –tal vez para que no la perdamos de vista…-, pero acertadamente ha sabido emprender su propio camino para narrar la historia desde su visión, desde su terreno. En su lectura, parece basarse en dos pilares fundamentales: la palabra como arma de expresión y un retrato amable de una Gran Bretaña convulsa, en un montaje que tiene ecos –quiero pensar que perfectamente premeditados- de algunos de los musicales que por las mismas fechas en que transcurre la acción se estrenaban en América.

Vacío escénico casi total –apenas sillas, elementos de atrezzo, dos paneles y un micrófono que preside la escena- compensado por el elegante vestuario de Helena Sanchis. Los seis actores permanecen constantemente en el escenario –tomen parte o no en la acción- y montan las escenas mediante estéticos cuadros coreografiados para llenar el vacío escénico. La idea funciona razonablemente bien al comienzo, si bien creo que tal vez vaya perdiendo algo de fuerza conforme avanza la representación. Además, diversos bailes de la época – ¡qué bien escogida la música por Marco Rasa!- se ejecutan para unir las escenas –con estupendas coreografías de Fuensanta Morales-, en momentos de fuerte estética que beben, como digo de la estética del musical americano, y que son la carta de presentación de esa alegría de vivir que rezuma todo este montaje: Mira construye unos personajes de perfil amable las más de las veces –el rey, su esposa y el terapeuta- y parodia conscientemente a los personajes con connotaciones más negativas –el hermano del Rey y su amante aparecen sobrecargados a conciencia-, y pasa de puntillas por el conflicto político y social grave que aborda la obra, para abrazar a sus personajes como seres normales, humanos, de carne y hueso; sin renunciar al humor a la hora de narrar. Hay momentos para lo onírico –esa pesadilla del rey con su padre- e  incluso algún símbolo excesivamente evidente del que se podría prescindir –la metáfora visual que arranca la función-; pero todo tiene un cierto encanto una vez que nos hemos convencido de la desnudez –para mi gusto excesiva, pero no deja de ser una opción- del escenario. Si acaso la propuesta se  va deshinchando conforme avanza la función no es tanto por la idea escénica –perfectamente válida, coherente y consecuente con el planteamiento, independientemente de que a mí me hubiese gustado ver un acercamiento quizás menos amable- sino por una versión –firma Emilio Hernández- a la que siento que le sobra un buen tramo de metraje: dejar las dos horas de función –que por lo que sea se hacen largas- en hora y media hubiera mejorado el resultado global muy probablemente.

En el cohesionado reparto es un deber de ley destacar la soberbia creación que hace del monarca un Adrián Lastra que supera cualquier expectativa que pueda tener: la presencia es la justa, el arco del personaje está bien trazado –¡qué bien dibuja el equilibrio entre la dignidad del monarca y la inseguridad de la persona!-y el trabajo físico es impecable, con tartamudeo plenamente convincente, pero sobre todo con una organicidad que permite transmitir al público la presión psicológica del Rey a través de todo su cuerpo… y esto sea seguramente lo más difícil –más incluso que el tartamudear-. Todo está pues en su sitio en una interpretación que solo cabe calificar como sorprendente. Diría que tal vez el terapeuta de Roberto Álvarez esté dibujado como excesivamente majete –pero está claro que va en consecuencia con la propuesta de la directora-, y servido por el actor sólido que es siempre Álvarez –por presencia, honestidad y elegancia-, que en mi función –sexta de la serie- mostró sin embargo algunas inseguridades pasajeras con el texto, que estoy convencido de que desaparecerán con el rodaje. A la futura reina consorte Isabel de Ana Villa tal vez le falte un punto extra de lo que podríamos dar en llamar “dignidad real”, pero para compensarlo tiene humanidad en raciones generosas, incluso puede que demasiado. Gabriel Garbisu se divierte y se divierte con el sobrecargadísimo hermano del rey, en una creación notable llena de dosis de histrionismo tan eficaces como perfectamente medidas; mientras que tal vez la Wallis de Lola Marceli vaya un poco pasada de revoluciones –siempre desde esa estética paródica desde la que se aborda el personaje-. Sólido, creíble y visualmente muy ajustado al imaginario universal el Churchill de Ángel Savín.

En fin, versión fresca, válida y amable de lo que es ya un clásico del cine, con excepcional interpretación del protagonista, a la que quizá le sobre un trecho de duración y que podría haberse abordado desde una lectura más densa… Claro que el camino escogido es más fácil para el público y es estético, y por tanto perfectamente válido; aunque quizá no sea el que más partido le saque al material, lo que en absoluto empaña el resultado de un espectáculo que se ve con agrado.

H. A.

Nota: 3/5

“El Discurso del Rey”, de David Seidler. Con: Adrián Lastra, Roberto Álvarez, Ana Villa, Gabriel Garbisu, Lola Marceli y Ángel Savin. Dirección: Magüi Mira. Versión: Emilio Hernández. ZEBRA PRODUCCIONES

Teatro Español, 3 de Junio de 2015

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