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‘Alma’, o un Bergman preciosista con absorbente y absorbida

junio 1, 2015

Después de dar el campanazo el año pasado con su montaje de Confesiones a Alá –un éxito sin precedentes del Off Teatral madrileño-, el director Arturo Turón ha rehuido lo fácil con su segunda propuesta, y se ha lanzado al vacío presentando Alma, nada menos que una versión teatral de Persona, la película con la que Ingmar Bergman afirmó que había alcanzado su cénit creativo en 1966. Sin duda es un reto complicado, tanto por el mero hecho de realizar una transposición al teatro de un clásico de la historia del cine como por el hecho de plasmar en teatro el particularísimo estilo cinematográfico de Bergman –que, si siempre tiene un sello inconfundible, puede que firmase con Persona uno de sus trabajos más personales-. Ardua tarea tiene por delante Arturo Turón a la hora de encontrar el equilibrio entre cine y teatro; y entre su propio estilo y el estilo de Bergman.

Elizabeth es actriz y pierde súbitamente el habla unos minutos durante una función de Electra. Este episodio aleatorio que los médicos no aciertan a explicarse provoca que la mujer se retire a una casa junto al mar con la única compañía de Alma, la enfermera que se ocupará de intentar que la silenciosa Elisabeth vuelva a la normalidad lo antes posible. Los relatos de la vida de Alma –que va tomando confianza con la silenciosa Elisabeth- llenan el tiempo de la mujer, y su silencio: pero lo que comienza siendo una relación de amistad pronto se convierte en una relación de dependencia tóxica, en la que la muda Elisabeth comenzará a absorber la energía de Alma hasta unos extremos en los que la enfermera dudará de su propia personalidad.

Si en todas las películas de Bergman hay, como digo, un universo muy particular e íntimo; en Persona –donde el silencio, lo incompleto y la escucha son casi tres personajes más- ocurre más que en ninguna otra de las cintas del sueco. Hay un clima, un ritmo pausado y un sabor que deberían respetarse en cualquier tipo de transposición. En la presente adaptación, sin embargo, Turón se sitúa a medio camino entre respetar el original y mover la narración a su propio imaginario personal, dotando al espectáculo de una personalidad propia innegable que –sin embargo- en mi opinión no siempre funciona igual de bien.

Tiene Arturo Turón en su montaje capacidad para manejar el espacio –los espacios de la apiñada escenografía de Juan Divasson y Marta Martín están bien separados y marcados sobre el suelo, fomentando la poética de la narración y dando lugar a hermosos efectos, como el enfrentamiento de las dos mujeres al final o las acciones alternativas-, y la iluminación –Jon Corcuera- es sugerente las más de las veces. El director apuesta además por un guiño al blanco y negro de la cinta original en el vestuario, y algunos fotogramas de la película –Elisabeth en la terraza- aparecen bastante bien calcados. Ha decidido además Turón abrir y cerrar la función con el uso de unos audiovisuales que funcionan muy bien a nivel expresivo –el inicial, tan cercano a Buñuel, pone las expectativas muy arriba…-; y por todo esto no se puede negar que la función consigue cierto clima.

Sin embargo, Turón va un paso más allá, e incorpora toda una larga secuencia coreográfica a cargo de un personaje danzado –Cristina Masson- que parece dominar los destinos de las dos mujeres, y el devenir de los acontecimientos. En varios momentos de la representación, Alma y Elisabeth son también parte de una danza que podrá resultar estética, pero en mi opinión se aleja peligrosamente del espíritu intimista que buscaba Bergman: y es que en teatro, las más de las veces, las cosas han de estar ahí para algo más que para hacer bonito. Además, la banda sonora que Turón incorpora a su montaje roza muchas veces peligrosamente lo hípster, y resulta algo fuera de lugar –sobre todo en una función como esta, que creo que debería transcurrir en silencio, porque aquí el silencio es casi un personaje más-. Son detalles que colocan por momentos la apuesta de Turón –aún con momentos, insisto, muy logrados, y soluciones de fuerte teatralidad, como la escena del enfrentamiento final de las dos mujeres, brillantemente resuelta- en la esfera de lo preciosista. Este preciosismo acerca quizá la apuesta al universo Turón, al tiempo que la aleja del universo de Bergman: será cada uno el que decida hacia dónde prefiere que se incline la balanza.

Hay distancia entre las dos actrices, y de alguna manera –como sucede en la historia-, una de ellas termina absorbiendo sin remedio a la otra. Ese animal escénico que es Rocío Muñoz-Cobo presta su presencia poderosa al personaje de Elisabeth, dotando a la diva ora amargada ora frágil de un importante magnetismo. Presenta a su diva debidamente amargada con fuerza, de manera que podemos entender la relación de sumisión que está estableciendo con Alma en todo momento. Y además –y puede que esto sea lo más difícil y lo más importante- escucha muy bien: recibe los mensajes de Alma y expresa desde el silencio, dominando desde el silencio con su presencia que es al tiempo poderosa y dolorosa. Absorbe, en definitiva. Y es que la Alma de Andrea Dueso queda, bajo todo punto de vista, a gran distancia de su partenaire. Partiendo de que creo que el marcaje de dirección ha creado un personaje demasiado abierto, demasiado amable y demasiado pizpireto para ser de Bergman –esto no es su culpa, es una opción de dirección-, resulta indudable que es una actriz excesivamente joven para este papel, y a pesar de contar con cierta presencia escénica -y mirada ciertamente luminosa-, la proyección y la vocalización resultan en su caso insuficientes muchas veces, sobre todo en unos finales de frase que se vuelven casi imperceptibles –cierto es que la función se estrenaba en esta sala, pero no deja de ser una sala pequeña…-.Además, presenta cierta tendencia a conjugar mal las segundas personas de singular de los Pretéritos perfectos de indicativo –frecuentemente dice cosas como “hicisteS”, “dijisteS” y demás, que no deberían tener cabida en una función teatral…-. No se le niega ni la presencia escénica –la tiene- ni el aplomo –también lo tiene-, ni su capacidad de venirse arriba en los momentos de mayor tensión, seguramente contagiada por la fuerza de Muñoz-Cobo; pero dado que Alma es quien lleva el peso del texto en esta función, considero que Dueso aún tiene cosas que pulir antes de abordar este personaje con plenas garantías: algunas cosas se pueden solucionar con rodaje. Hay que destacar el gran parecido físico que se ha logrado entre las dos actrices –fundamental en esta función-, y que ambas se defienden bien en el universo de la danza, que completa acertadamente Cristina Masson.

En resumen, se trata sin duda de una apuesta –muy- ambiciosa, que no está exenta de ciertos momentos de acierto y climáticos; pero en la que el afán por impresionar y dar un “espectáculo total” –porque engloba cine, danza y teatro a su vez- probablemente haya impedido firmar un producto más redondo.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Alma”, basada en “Persona”, de Ingmar Bergman. Con: Rocío Muñoz-Cobo, Andrea Dueso y Cristina Masson. Adaptación y dirección: Arturo Turón. ES ARTE / NADA EN LA NEVERA / NAVE 73

Teatro del Arte, 26 de Mayo de 2015

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