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‘Trilogía de la Ceguera’, o tres caras de la muerte

mayo 27, 2015

El Centro Dramático Nacional ha sido como mínimo original al presentar un proyecto que reúne en un mismo espectáculo tres piezas cortas del belga Maurice Maeterlinck –figura clave del teatro simbolista europeo de finales del XIX y principios del XX, al que inmortalizase en su momento Claude Debussy, al convertir en ópera su obra Pelléas et Melisande– en tres montajes de tres directores distintos y con el mismo elenco, bajo el título de Trilogía de la Ceguera. Las tres piezas escogidas –La Intrusa, Interior y Los Ciegos, cada una de algo más de media hora de duración- tienen en común la temática del miedo y la amenaza ante lo desconocido y la figura de la muerte como elemento vertebrador de los dramas: una muerte que aparece siempre o sugerida o intuida, pero nunca se muestra expresamente en escena. La ceguera, pues, es un elemento común a los tres textos seleccionados no solo directamente –porque hay personajes privados de la vista-, sino también simbólicamente: la ceguera que provoca lo desconocido, lo indescifrable, aquello que está delante de nosotros pero no podemos entender o no sabemos cómo explicar; todos estos rasgos aparecen, de una u otra manera, en las tres obras que se presentan.

No es fácil plasmar lo que busca transmitir Maeterlinck en sus textos, pues muchas veces se trata ante todo de historias en las que lo que  no se dice, lo que se intuye, es mucho más importante que lo que transluce; y casi siempre hay incógnitas para completar la historia que el autor elude conscientemente. Además, a pesar de las temáticas, no se trata –como podría pensarse a priori- del mero género de “teatro de terror”, sino de un teatro que –ligado al mundo del simbolismo- parece perseguir mucho más el mero hecho de construir atmósferas y generar sensaciones en el espectador. Es a través de ese mundo de atmósfera a través del cual el espectador debe sentir la incomodidad, la tensión… pero creo que nunca se llega a un vuelco que derive hacia lo conscientemente terrorífico: Maeterlinck busca algo mucho más sutil. Es siempre un riesgo a la hora de abordar su obra, y este hecho –sumado a la originalidad de la propuesta- es un plus de valentía a la hora de plantear este espectáculo.

Tres historias, tres directores y un solo elenco. La premisa es original, porque garantiza tres mundos, tres enfoques y que cada una de las piezas venga impregnada de una personalidad propia que la hace diferente de las otras dos. Este hecho es a la vez un pro y un contra, porque aunque se valora la diferencia de las lecturas y acercamientos, también es cierto que no siempre las versiones dan en el clavo. Pero para bien o para mal, lo cierto es que se ofrecen tres espectáculos muy distintos en torno a un tema común. Puede que haber encargado las tres piezas a un único director le hubiese dado tal vez una mayor coherencia al todo, pero quizá también se hubiese corrido el peligro de caer en similitudes a la hora de afrontar los tres montajes –se pueden leer fácilmente en el mismo tono…- cosa que en esta ocasión al menos no sucede. Hay que destacar, por encima de todo, que con este peculiar sistema de trabajo, el amplio elenco responde siempre de manera notable a los requerimientos del montaje: que unos destaquen más que otros en algunos momentos –ocurre- creo que va más ligado a lo logrado –o no- de las propuestas más que a una calidad y profesionalidad del elenco que queda de partida fuera de toda duda.

Vanessa Martínez se encarga de la primera de las funciones, La Intrusa: en pocas palabras, la historia de “la familia de una mujer enferma” que aguarda en el salón algún desenlace, mientras la abuela invidente nota en el salón la presencia de algo desconocido, algo a lo que los que ven permanecen más o menos ajenos, pero que se siente en la casa como una amenaza. En ese tiempo suspendido, la familia convive en la espera mientras se enfrenta a un espacio en el que se sienten incómodos, al que parecen ajenos. Todo es tétrico, lúgubre, telúrico y hay algo –más allá de la presencias…- que invita a no quedarse en aquella casa. Podría por muchas cosas leerse como una historia de terror psicológico en línea gótica; pero la propuesta de Martínez va un paso más allá. Primero, opera una serie de modificaciones respecto del original –la más significativa convertir al abuelo en abuela, quiero pensar que por necesidades del reparto-, y convierte a la familia que espera en una suerte de troupe de museo de los horrores que inclina el relato a medio camino entre lo terrorífico y lo directamente freak: esas hermanas por ejemplo –carismáticas e inolvidables creaciones de Lucía Fuengallego y Gemma Solé– parecen dos seres de estética auténticamente creepy a medio camino entre las hermanas de Musarañas y los integrantes de La Familia Adams, y son la mejor muestra del ambiente de “mal rollo” que parece querer generar la directora, mientras que la abuela de Celia Nadal también  realiza un trabajo de intensidad dramática muy lograda, aún cuando la caracterización –empeñada en este caso en envejecer a toda costa a una actriz de menos edad que la que pide el personaje…- no ayude precisamente… Esta atmósfera terrorífica es sin duda un camino, una estética y como tal está bien lograda; pero creo que esta historia de presencias –bien evocadas por cierto en el montaje- ganaría si los habitantes de esta casa no fueran tan fantasmagóricos, porque después de todo son ellos los que están enfrentados al miedo a lo desconocido: la incomodidad debería llegar a los espectadores a través del ambiente, pero no necesariamente a través de los personajes en sí mismos. Con todo, no se puede negar que Martinez construye un montaje de fuerte personalidad –puede que el más evidente de los tres-, y que juega bien su apuesta estética.

Con Interior –la historia de unos extraños que deben notificar a una familia la muerte de una de las hijas, mientras la familia permanece tranquilamente en el interior de su casa: ¿cómo han de romper la armonía?-, Antonio C. Guijosa ofrece lo mejor del trío de piezas, tanto por la atmósfera que consigue –tan coreográfica, tan auténticamente simbolista en el trato de los personajes: ¡acierto! y buen trabajo del elenco general en esta apuesta tan ligada al mundo del símbolo, y por tanto a medio camino entre el realismo y el expresionismo- como por su idea de esconder cualquier rasgo de felicidad en esta historia –porque en su puesta, al contrario que en el texto, no vemos el interior feliz, hemos de imaginarlo, quedándonos a solas con los personajes que tienen el peso de romper la felicidad familiar: ¡acierto!-. Además, cuenta entre el grupo actoral con los que probablemente sean los dos mejores actores del conjunto, José Vicente Moirón y Quique Fernández, que forman un irresistible tándem a la hora de equilibrar perfectamente poesía y sufrimiento en dos personajes tan complementarios como sometidos –otro acierto-. Guijosa podría –y debería- haberse quedado ahí, y sería una puesta redonda; pero allá donde Maeterlinck no da respuestas –ni lo pretende-, Guijosa ha incluido explicaciones por parte de la finada para abrir y cerrar la función, que afean un poco el global de un montaje que –pasando por alto este detalle- presiento que es el que más se acerca a las intenciones del autor: de acuerdo en que Verónica Ronda canta bien, pero esto es cantar por cantar… Y, sobre todo, hay respuestas allá donde Maeterlinck sencillamente no las buscaba ni las quería.

Lo que hace Raúl Fuertes –artífice de aquella inolvidable versión de Novecento que protagonizase Miguel Rellán- con Los Ciegos –la peripecia de un grupo de invidentes dejados de la mano de Dios en medio de un bosque, enfrentados a los elementos- es, sencillamente, una peligrosa carambola: Fuertes sitúa a espectadores y personajes en la misma esfera sensorial, y nos priva del sentido de la vista, sumiendo la función en la oscuridad más absoluta durante media hora larga. Partiendo de que es la más extrema –y puede que también la más complicada de valorar por lo novedoso del formato- hay que reconocer que el que toma el director es un camino difícil y valiente –y pone al elenco en un brete peligroso del que todos salen bastante airosos-, pero una vez pasado el impacto inicial –aún a pesar de que se anunció, erróneamente en mi opinión, por activa y por pasiva que la función se desarrollaba a oscuras, eliminando el factor sorpresa, lo que no impidió que un buen número de espectadores encendiesen sus móviles en un intento tan inútil como desesperado por ver algo…- siento que Fuertes podría y debería haber ido un paso más allá, tal vez estimulando de alguna manera lo sensorial, los sentidos del espectador, tal vez incluso literalmente –recordemos, en ese sentido, aquella peculiarísima producción de Siglo XX que Estás en los Cielos…, que también transcurría en tinieblas-. Salvo por un par de golpes, no sucede, y siento que así algo que podría haber rozado la genialidad –aún a cuenta de herir la salud de algún espectador temeroso- se queda en lo anecdótico, pudiendo haber ido mucho más allá.  Bravo, sin embargo, por el elenco, que sale airoso del empeño.

Es, en lo global, una apuesta original, novedosa y valiente, que demuestra que el Centro Dramático Nacional apuesta a veces por ejercicios arriesgados de dramaturgia –se agradece-, y que pone en el mapa como pocas veces a un autor que, aún con una importancia histórica incuestionable, sigue siendo casi un desconocido en España. Hay altibajos, como en todo experimento, pero por lo original de la propuesta, a fin de cuentas los altibajos no pasan de lo anecdótico las más de las veces.

H. A.

Nota: 3.5/5

 

“Trilogía de la Ceguera”: “La Intrusa”, “Interior” y “Los Ciegos”, de Maurice Maeterlinck. Con: Lucía Barrado, Quique Fernández, Lucía Fuengallego, Pablo Huetos, José Vicente Moirón, Celia Nadal, Verónica Ronda, Pedro Santos, Carlos Silveira y Gema Solé. Dirección: Vanessa Martínez (La Intrusa), Antonio C. Guijosa (Interior) y Raúl Fuertes (Los Ciegos). CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle Inclán (Sala Francisco Nieva), 23 de Mayo de 2015

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