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‘Adentro’, o la familia y el silencio

abril 29, 2015

Después de destacar en el circuito off con dos propuestas como En Construcción y Luciérnagas –que no alcancé a ver en su momento-, la autora y actriz argentina Carolina Román ha dado el salto al circuito on presentando Adentro, una historia que bebe de las mejores influencias del teatro argentino contemporáneo –deudora de las poéticas de Tolcachir o Veronese- para adentrarse en el seno de una familia marcada por la soledad, la pérdida y la desgracia. Una familia a la que el silencio, lo callado, ha rodeado de todo un mundo de secretos que provocan que ninguno de sus integrantes sean capaces de desarrollar sus personalidades con la plenitud que desearían. En un –otro- bello proyecto de hermanamiento cultural, Tristán Ulloa –que ya se encargase de la puesta en escena de En Construcción– firma nuevamente la propuesta escénica, puesta en manos de un elenco de actores del otro lado del charco que encabeza la propia autora.

La familia. El silencio. El peso del pasado que no podemos cambiar. La imagen que proyectamos, lo que realmente somos. Todos esos temas afloran en esta tragicomedia cotidiana en la que nos adentramos en la casa de una familia del extrarradio argentino que intenta sobrevivir a pesar de la crisis; y de unos habitantes que luchan por escapar de unas vidas que les ahogan y les pesan como una losa. ¿Pero se puede huir del destino que la vida nos ha preparado? ¿Se puede cambiar la existencia? ¿Se puede empezar de cero? Todas estas cuestiones afloran en el retazo de vida de corte naturalista que nos ofrece Román a través de unos personajes que son lo que no quieren ser y buscan desesperadamente vías de escape: Marga, la madre, vive anclada en los recuerdos del pasado que se intuye mejor que el presente mientras empieza a desarrollar los primeros síntomas de demencia senil, y se niega a aceptar lo poco que queda en la tierra ya de su generación; La Negra, la hija, sueña con escapar de esa casa en busca de un futuro mejor, a la vez que mantiene una ambigua relación de incesto/dependencia con su hermano, que cumple condena en la cárcel por un crimen familiar que se intuye pero nunca llega a aclararse, y ha desarrollado una obsesión con la chica que roza lo enfermizo. Fuera de esa casa, Malena, la amiga de La Negra –con la que comparte un trabajo basura por horas…- ve la miseria en la que está sumida la sociedad en la que vive y está convencida de que el futuro está en Europa. Los cuatro confluyen por una noche en la casa para el cumpleaños de la madre: será entonces cuando la familia tenga que enfrentarse a los silencios, a los rencores y a todo lo que llevan años sin decirse; y cuando el fantasma de lo foráneo –representado en la figura de Malena- les ponga delante de las narices una realidad a la que eluden enfrentarse: ¿hay algo más ahí fuera? ¿resignarse o rebelarse? Y, sobre todo ¿estamos dispuestos a dañar a nuestro semejante con tal de salir adelante? ¿Todo vale? Los cuatro personajes tendrán que examinar estas cuestiones antes de decidir qué hacer con sus vidas.

Román usa todos los códigos típicos del teatro argentino para construir una nueva historia sobre la posibilidad de cambio, sobre lo difícil que es demostrar amor por las personas a las que queremos, y sobre la manera en la que los platos rotos siempre acaban lavándose en casa, lavándose adentro, como reza el título de la pieza. En su pieza, Carolina Román apuesta más por el realismo costumbrista de un Claudio Tolcachir que por el universo poético de un Pablo Messiez, por poner dos ejemplos, de hecho, el texto pierde fuerza a raíz de un par de símbolos que resultan en exceso evidentes: el pájaro enjaulado que acompaña al hermano en la cárcel –tener un animal vivo en escena es una opción muy bella, pero como símbolo resulta demasiado obvio…- y la tormenta cuando las cosas se han caldeado en la casa: creo que si no incidiese en estos dos aspectos, el texto aún podría ganar en cercanía y veracidad.

Como sucede en Chéjov, en esta pieza muchas veces lo que no se dice, lo que se intuye, acaba cobrando más peso que lo que sucede: aquí lo que importa no es tanto lo que pasa, sino las consecuencias que producen los hechos que pasan en la vida de los personajes. Nuevamente –como es tan típico en el teatro argentino- la autora introduce al espectador desde la comedia que producen las situaciones cercanas, para hacer que seguidamente se mueva a reflexionar sobre la dureza a la que se puede llegar en las relaciones cuando hay confianza, porque es desde esa confianza desde donde vemos cuánto podemos llegar a herir a los que queremos a base de decir o de callar. Pero, sobre todo, lo que Román ofrece es un retrato social de un país condenado a la pobreza: ¿qué sucede cuando no nos queda otra que subsistir en la pobreza?

La Sala de la Princesa –intimísima- se adapta a las mil maravillas al concepto del espectáculo, y la dirección de Tristán Ulloa sirve a la historia desde una escenografía básica, pero conteniendo notablemente a unos actores de escuela argentina que, en otras manos, quizá podrían haberse dejado llevar por el frenesí: se agradece, y más en una sala donde la acción transcurre a escasamente unos centímetros del público, y en esa sutileza con la que sirve el espectáculo reside la que seguramente sea una de las mayores virtudes del global de la propuesta; aunque a su propuesta –que hace sin embargo muy buen uso de la iluminación en dos momentos con mucho de onírico- quizá le sobren unos fundidos que habría que ver cómo solucionar de otro modo porque, tal como están planteados, detienen la acción…

Quienes me lean ya se habrán dado cuenta de que me gustan los actores argentinos y su forma de sentir el teatro. En esa línea, este elenco –adecuadamente frenado por Ulloa, y despojado de los excesos que otros directores seguramente les hubieran permitido y hasta pedido expresamente…- se maneja muy bien el este mundo de sentimientos extremos. Desde la callada violencia que desprende el macho alfa de Nelson Dante hasta la insatisfacción que refleja esa hija de una Carolina Román de mirada expresivísima; el esperado regreso de Araceli Dvorskin –la inolvidable matriarca de La Omisión de la Familia Coleman- como una viejecita enconada en su mundo de recuerdos, a medio camino entre lo entrañable y la mala leche y la luz que transmite la dañina Male de una Noelia Noto que por momentos parece jugar desde otra dimensión –no en vano es el personaje foráneo…- haciendo pensar que quizá otro futuro es posible para los demás aunque no lo sea para ella –con todo lo doloroso que esa reflexión implica-. Los cuatro componen un cuarteto sin fisuras que –más allá de algún despiste con el texto que en este caso y en estos códigos puede hasta aumentar la cotidianeidad de lo que estamos viendo- hace las delicias del público.

Evidentemente Adentro no es nada que no se haya visto con anterioridad en teatro –y mucho menos en teatro argentino, donde las familias disfuncionales son un auténtico filón que ha dado muchos taquillazos internacionales de varios autores que ya son clásicos de sus tiempos-. ¿Que aborda algo que ya está muy visto por enésima vez? Seguramente. ¿Qué sin embargo la intimidad familiar sigue funcionando como un tiro a la hora de conectar con los espectadores? También es completamente cierto; y con Adentro sucede. Para los que gusten –gustemos- de este género y de esta forma de hacer teatro, está garantizado que este espectáculo no les defraudará.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Adentro”, de Carolina Román. Con: Araceli Dvoskin, Carolina Román, Nelson Dante y Noelia Noto. Dirección: Tristán Ulloa. CENTRO DRAMATICO NACIONAL / ADENTRO TEATRO.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 26 de Abril de 2015

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