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‘Xardín Suspenso’, o el mundo mudo en sus ojos

abril 5, 2015

Espectáculo en lengua gallega

El Centro Dramático Galego presenta su apuesta más ambiciosa para la temporada 14/15, con la puesta en escena de Xardín Suspenso, una pieza del dramaturgo portugués Abel Neves (1956-), como muestra de la apuesta decidida de la compañía gallega por estrechar lazos y trazar puentes con el país vecino.

Lucía, una joven arquitecta, ha levantado en la casa familiar un extraño jardín Zen que mantiene con sumo cuidado. El día en que Mateo, el joven al que ama en secreto desde niña, a partir de una inocente promesa infantil que la muchacha se ha tomado al pie de la letra, anuncia que se casa con otra mujer; Lucía decide abandonarse al desencanto y la desesperación, sumergiéndose en un microcosmos personal que encuentra su contraparte territorial en ese jardín propio que será desde entonces, su espacio privado. Su familia, demasiado preocupada por asuntos banales, será incapaz de encajar el extraño estado de su hija y deberá encontrar la manera de ayudarla para evitar un fatal desenlace, mientras Lucía, desde su jardín Zen –pensado para ser compartido en un hipotético futuro que ya no llegará nunca, y que ahora le pertenece solo a ella…- y desde su callada melancolía, comenzará a abrir una brecha entre ella y el resto del mundo que podría llevarla a caminos sin retorno.

El texto de Neves plantea –a medio camino entre la escritura simbolista y expresionista y alguna clave de teatro del absurdo- una parábola de las consecuencias de la incomunicación: el humor ácido y absurdo –casi ridículo y estereotipado- de la familia de Lucia contrasta con la sensibilidad de una joven incomprendida de partida, encajada en una manera distinta de ver la vida, que ve cómo todo aquello por lo que lucha se derrumba. En dos planos, Neves transita al tiempo por el mundo de lo psicológico –¿qué sucede cuando nos negamos la realidad para sobrevivir? ¿dónde está esa posibilidad de supervivencia?- y el mundo del sarcasmo con el que trata de pintar a una familia pequeñoburguesa contemporánea que sencillamente no ve más allá: no hay maldad en los personajes de Xardín Suspenso, sencillamente una alarmante incapacidad para comunicarse que da pie a una inevitable destrucción por un lado; y a una sensación de comicidad por otro: ante el humor grotesco que destilan sin quererlo los padres de Lucía casi nos reímos por no llorar, porque nos compadecemos. Solo la Abuela –el único nexo entre el universo psicológico de Lucía y el mundo real, la única con capacidad de ver que algo grave pasa- es capaz de apuntar la que será una de las claves de la obra cuando increpa a la familia: “A vosotros os vendría bien oír más música. Cerrar la boca y abrir los oídos todo lo que se pueda (…) ¡Es tan necesario saber oír! (…) Si oímos bien, respiramos mejor”. Esta incapacidad de escuchar y de generar diálogo es clave en lo que Neves quiere narrar en esta obra, y provoca una serie de toques humorísticos cargados de patetismo que contrastan con el desmoronamiento psicológico inevitable de Lucía. Hay dos mundos paralelos en Xardín Suspenso: el de la esfera de “lo real”, personificado a través de la familia, y el de la esfera de “lo mental”, el mundo interno de una Lucía sumida en depresión, prácticamente privada del habla, y que ha de expresar al espectador todo lo que no es capaz de decir solo a través de sus ojos, como si fuese una isla interior impenetrable que estalla ahora; porque en el fondo Lucía lleva toda su vida habitando en la esfera de “lo irreal”, la ilusión imaginaria en la que se mantiene desde niña.

Seguramente la mayor dificultad de montar esta obra -exigente tanto para el público, porque es un teatro más “de estados” que “de acciones” como para el regista a la hora de idear una propuesta escénica por ese carácter marcadamente simbolista que tiene- está en saber equilibrar estos dos planos, porque en este drama simbólico hay mucho espacio inesperado sin embargo para la ironía y la risa; pero ha de ser una risa impregnada –creo yo- de la lástima que inspiran esos personajes que ven cómo algo se destruye y no pueden hacer nada por evitarlo, a la vez que, en otra dimensión, vemos cómo un personaje inicia un descenso a los infiernos en un viaje de solo ida. Hacer que estas dos dimensiones convivan es uno de los retos básicos de poner en pie este texto, en el que la “no acción” es casi más importante que la acción propiamente dicha. Cándido Pazó –excelente director de varios notables textos propios- esta vez, parece no haber querido mojarse demasiado, y plantea un espectáculo válido, estético, limpio; pero quizá sin ese plus de sumergirse en las profundidades del texto: la estética escenografía –de Carlos Alonso- se va deshinchando después del primer impacto visual –y ese fondo neutro ayuda entre poco y nada…-; y la iluminación –de Afonso Castro- quizá pierde la oportunidad de ser más decididamente onírica para subrayar más el mundo de tinieblas que habita Lucía, y la distancia insalvable de separación entre su mundo y el del resto, algo que solo se subraya debidamente en el último tramo del espectáculo. Pazó no quiere cargar las tintas del drama y subraya los elementos cómicos y absurdos todo lo que puede, posiblemente para relajar tensión –por momentos quizá en demasía…-. Nada chirría especialmente, nada desentona, y la propuesta se ve con agrado; pero uno no puede evitar pensar que hubiera sido deseable mayor atrevimiento –y mayor imaginación…- en un hombre de teatro como es él; que solo logra que su espectáculo alce el vuelo estéticamente en el tramo final.

Precisamente por su estado incierto y porque aparece privada de la palabra, Lucía precisa de una actriz poderosa y sensible, capaz de llenar de sentido y significado los silencios y las miradas perdidas de un personaje a medio camino entre la locura y la melancolía. Melania Cruz realiza un verdadero tour de force intenso, sincero, entregado; y –lo que es más importante- enfocado desde la verdad: consigue crear todo un mundo interior a través de sus ojos y hacer que el espectador atraviese de su mano –o, mejor dicho, desde su vista- por toda una diversidad de emociones y estados de ánimo que la actriz transmite sin esfuerzo aparente, en un ejercicio de verdad que tiene su clímax en la escena final, que alcanza unos niveles de emoción verdadera realmente altos. Consigue, además, algo aún más difícil: que no podamos despegar la vista de ella incluso en aquellas escenas en las que en principio no es más que un cuerpo “muerto”, precisamente por todo lo que nos dice sin decirnos nada, solo con mirarnos; solo con mirarles. Su trabajo eleva sin duda la categoría del espectáculo de manera crucial y muestra a una actriz de raza enfrentada a otro rol de gran complejidad psicológica –recuérdese por ejemplo su excelente trabajo dos años atrás en O Home Almofada.

Todos los demás personajes pivotan en torno a la figura de Lucía, y el reparto rinde a cierta distancia de la actriz protagonista, teniendo en cuenta además que estamos ante personajes que son poco más que retazos psicológicos. Lo mejor que se puede decir de Luisa Merelas es que su Abuela Mariana saca lo mejor de sí misma en el enfrentamiento final con Cruz, como contagiada por la fuerza de la actriz: ahí sale la actriz de raza que Merelas es, indudablemente, y tenemos en escena a dos grandes actrices mirándose de tú a tú; aunque pueda resultar un poco desaprovechada en el resto de la función. Santi Romay sencillamente no encaja en el ideario que el espectador se hace en la cabeza de lo que es Mateo, ese “galán joven” por el que se pelean dos mujeres, y se limita a defender con oficio un rol que no termina de convenirle; además, falta esa química decisiva con el personaje de Lucía que nos ayude a entender qué fue lo que a ella tanto le marcó en el pasado… Como los padres de la protagonista, seguramente César Cambeiro sabe hallar el equilibrio entre el padre burlón y el hombre superado por unos acontecimientos que no sabe cómo afrontar, mientras que Ana Santos defiende –inoportuno ataque de risa en mi función aparte…- el personaje de mayor peso cómico en la trama –la madre tiene menos aristas que el padre…-, y Rocío González cumple sin demasiados problemas como Paula, la futura esposa de Mateo, en un personaje poco menos que episódico.

Así pues, texto complejo –claro que es importante que el CDG apueste por este tipo de dramaturgias, pero a dos producciones anuales y necesitado del favor del público, quizá en este momento debería ir más a la seguridad que aportan los grandes textos de la literatura universal…-, con montaje correcto que quizá no termine de extraer todo el jugo que tiene la pieza y un reparto con altibajos, en el que sobresale sin embargo el gran trabajo de una Melania Cruz capaz de pintar todo un mundo mudo a través de sus ojos: solo por mirarla a los ojos ya merece la pena ver este espectáculo.

H. A.

Nota: 3.35/5

 

“Xardín Suspenso”, de Abel Neves. Con: Melania Cruz, Luisa Merelas, Santi Romay, César Cambeiro, Ana Santos y Rocío González. Dirección: Cándido Pazó. CENTRO DRAMÁTICO GALEGO.

Salón Teatro (Santiago de Compostela), 29 de Marzo de 2015

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