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‘Salvator Rosa (o el artista)’, o la palabra, el oropel y los artistas: la revolución

marzo 27, 2015

El Centro Dramático Nacional propone el estreno de Salvator Rosa, o el Artista, una obra que Francisco Nieva (1924-) –sin duda uno de los dramaturgos españoles más importantes del siglo XX y lo que va del XXI- escribió en 1983, y que exige la friolera de 14 actores para escenificar una función que toma de la mano por un lado la “política histórica” –enmarcando la acción en pleno apogeo de la Revolución de Nápoles, que en 1640 intentó el pescador Masanielo, a partir de un impuesto sobre la fruta que instauró el Virrey de España-, la comedia amorosa de enredo –servida en diversas vertientes- y el enfrentamiento entre el arte realista –representado en la figura de José de Ribera- y el arte más extravagante y novedoso que representa el protagonista, el triplemente revolucionario Salvator Rosa, eje sobre el que se vertebran los tres pilares fundamentales del texto: la trama política –porque él tendrá que sustituir a Masanielo en un capítulo fundamental de la Revolución-, la amorosa –porque varias mujeres buscarán los favores del pintor, revolucionadas por él- y la trama artística –porque, como artista revolucionario, Rosa tendrá que convencer a las masas de que el arte debe evolucionar y servir para nuevas funciones-.

Hay en este texto de Nieva toda una serie de referencias que lo convierten en un teatro complejísimo: primero por la diversidad de temas que aborda en perfecto equilibrio, de manera que uno no sabe bien en qué genero encajar la obra –¿una comedia de enredo? ¿una herramienta de teatro político? ¿una disertación sobre el valor del arte y los artistas para las sociedades en crisis ideológica? ¿una suma de las tres?-, siempre enmarcado todo en un dominio de un lenguaje que se apoya en una rica retórica que aporta bellas imágenes textuales –aunque quizá en registros demasiado elevados si se trata de armar una comedia…-. Hay que señalar que Nieva ya anticipa en su escritura –no olvidemos que el texto data de 1983 aunque se estrene ahora- temas que, si bien hoy están asimilados y superados, eran tremendamente revolucionarios para la fecha en la que se escribió la obra: sin perder este detalle de vista, sí se puede valorar el texto de Nieva en todo su elemento visionario. Uno se pregunta de hecho si el motivo de que este texto haya dormido en un cajón durante la friolera de 32 años no será –además de que es aparatoso de montar- que ciertos temas que Nieva plantea –que desarrolla y deforma a su antojo, pero que ya aparecen sugeridos desde la Commedia dell’Arte– no hubiesen levantado alguna ampolla de haber sido presentados en la época en la que se concibió este texto; otros temas, sin embargo –la revolución de los indignados, por ejemplo-, quizá puedan leerse con más actualidad hoy en 2015 que en 1983…

Hay en la propuesta de Nieva lugar para la retórica, para la farsa, para el absurdo, para el esperpento… y es por eso por lo que resulta casi imposible emplazar este texto en un género único, si bien siento que todo respira un aire de locura, de exceso, de frenético, que deberían colocar la obra en el género de una comedia de enredo en la que tienen además cabida temas más serios, más densos y hasta más eruditos… Pero quiere ser comedia, al fin y al cabo –y así lo demuestra gran parte del público que ríe los gags de un texto que mantiene su alto nivel intelectual hasta para desplegar con ironía pasajes de carácter decididamente satírico; siempre lejos del humor fácil y/o el chascarrillo: y se puede hacer, porque la gente se ríe-. Con todo, puede que esta sea, en palabras del propio Francisco Nieva “la comedia más ambiciosa de fondo y forma -después de La Señora Tártara- que he escrito jamás”, pero creo que, sin que Salvator Rosa sea un mal texto -no lo es- Nieva tiene otros textos que tal vez no sean tan ambiciosos, pero desde luego sí son más interesantes vistos en su conjunto que este que ahora por fin se estrena.

De acuerdo en que no es un texto fácil de montar, y siento que Guillermo Heras no ha terminado de encontrar el tono adecuado, tal vez temeroso de que si entrega su montaje a los niveles de locura que el todo parece sugerir esté faltando a la palabra de Nieva, o esa palabra no llegue a percibirse debidamente. El resultado es una propuesta repleta de oropel –aparatosa escenografía de Gerardo Troitti, a la que no siempre se le da uso y que acaba siendo más un hermoso envoltorio que otra cosa; y cuidadísimo vestuario de Rosa García Andujar- que pretende deslumbrar al público en lo visual, aunque pasados unos minutos el exceso de preciosismo se llega a volver cargante. Todo –incluso la partitura original nada menos que de Tomás Marco– va en esa dirección erudita, preciosista y sobrecargada. Y, detrás de eso, hay un montaje que –posiblemente para favorecer el disfrute de la palabra- adolece de falta de orden, de falta de ritmo –hay escenas de grupo muy aparatosas, pero si se observan bien la cosa por momentos es mero recurso de “figuración con frase” para que el escenario esté lleno de gente…- y que parece haber querido dejar la comedia en segundo plano; cuando lo más inteligente hubiese sido plantear un montaje menos aparatoso y más útil, y entregarse sin reservas a el exceso cómico que, insisto, creo que aparece en el texto de Nieva más de lo que este montaje lo subraya: evidentemente hay un escalón erudito en el texto –que Herás remarca y respeta-, pero hay lecturas más bajas y más sencillas –no hace falta situarse siempre “arriba”…-, que si se hubieran remarcado creo que hubieran ayudado a acercar el texto al público, y a destacar su faceta de divertimento cómico –que, insisto, creo que está ahí-. Creo que un enfoque más atrevido y más alocado hubiera convenido al resultado final.

Hay grandes nombres en el elenco actoral, incluso grandes especialistas en el teatro de Nieva –varios de los integrantes de este reparto estaban, por ejemplo en Tórtolas, Crepúsculo y… Telón dos años atrás-, y también grandes trabajos individuales. Excelente Nancho Novo en el papel titular, tanto por la sorpresa de ver cómo saca adelante con brillantez un texto de esta envergadura como por la construcción que hace de ese revolucionario canalla con tiempo para pintar, luchar y engatusar a las mujeres: tiene claro que está haciendo una comedia, y en su Salvator Rosa hay mucho de cómico, mucho de bufón excesivo y, en definitiva, mucho para admirar, porque su acercamiento al personaje demuestra precisamente eso a lo que me he referido más arriba, que se puede interpretar un texto formalmente elevado sin perder de vista el código cómico. Así lo hace Novo y es un acierto. Hay rotundidad y maneras de primeras actrices tanto en la Rubina elegantísima de Beatriz Bergamín como en la Floria –también acertadamente a medio camino entre la elegancia y lo alocado- de Ángeles Martín, otros dos trabajos muy acertados del montaje. También destacan –por lo bien que miden su aire grotesco, casi rozando la caricatura- el Cebadías de Juan Messeguer y el Batuel de Juan Matute; mientras que Alfonso Vallejo –que está siendo sustituido por enfermedad en las últimas funciones por José Luis Patiño- equilibra bien, desde la seriedad, el componente satírico desde el que Nieva enfoca la figura de José de Ribera. El Masanielo de Gabriel Garbisu está mejor como héroe revolucionario que en una locura –y fracaso- final en la que resulta un poco comedido en exceso; e Isabel Ayúcar –creo que hasta cierto punto es un sorprendente error de casting…- sencillamente se enfrenta a un personaje que la sobrepasa en edad demasiado como para conseguir resultar convincente, por más que la actriz lo defienda con convicción. El resto del nutrido elenco –Alfonso Blanco, Carlos Lorenzo, Sara Sánchez, Sergio Reques, José Luis Sendarrubias y Javier Ferrer– cumple adecuadamente en sus cometidos de mayor o menor relevancia.

Muy buena entrada y risas para una función que ofrece un texto rico pero difícil; al que presiento que se le ha extraído solo una parte de todo el jugo que tiene enmarcándolo en un montaje que, por más que resulte vistoso, acaba más empeñado en ser un envoltorio cegador e intentar volar tan alto como vuela aquí la palabra que en algo tan esencial como contar la historia, incluso por encima de la –sobresaliente- palabra de Nieva… Tarea imposible, claro. Y es que en teatro, a veces, ni todo es la palabra ni todo es el oropel. Suerte que aquí, bajo todo ese oropel, se cuenta con una excelente compañía de artistas que son, a fin de cuentas, quienes terminan por revolucionar este montaje y alzarlo en la medida de lo posible.

H. A.

Nota: 3/5

 

“Salvator Rosa, o el Artista”, de Francisco Nieva. Con: Nancho Novo, Ángeles Martín, Beatriz Bergamín, Juan Messeguer, Juan Matute, Gabriel Garbisu, Alfonso Vallejo, Isabel Ayúcar, Alfonso Blanco,  Carlos Lorenzo, Sara Sánchez, Sergio Reques, José Luis Sendarrubias y Javier Ferrer. Director: Guillermo Heras. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero, 21 de Marzo de 2015

 

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