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‘La Ciudad Oscura’, o lidiar con fantasmas personales

marzo 25, 2015

Nueva entrega del ciclo Escritos en la Escena que plantea cada año el Centro Dramático Nacional, dando oportunidad a nuevos dramaturgos españoles de crear espectáculos a pie de escenario, a modo de Laboratorio teatral. Después de Fisuras, de Diana I. Luque, le llega ahora el turno a La Ciudad Oscura, una interesantísima función de Antonio Rojano que muestra un acabado formal ya impecable, impropio de este tipo de propuestas.

Un autor intenta acabar –con la inestimable ayuda de su hija adolescente- la escritura de una obra de teatro: se trata de un thriller parte del la investigación del suicidio sospechoso de un jockey tras ganar una carrera, para desembocar en toda una trama de tintes político-históricos que podría poner en jaque toda una parte de la Historia Mundial. Pero, después de todo, lo que está creando es solo ficción… ¿verdad? La hija comienza observando la creación de su padre desde la distancia que da la indiferencia, pero comienza a inquietarse –y a implicarse- cuando intuye que detrás de esa obra de teatro podría haber retazos autobiográficos que llevan a preguntas que es incapaz de responder y que podrían tambalear. Y es que el Autor escribe una historia turbia, oscura, llena de connotaciones fantasmagóricas… que podría sin embargo no ser más que una manera de conjurar a sus propios fantasmas y enfrentarse a ellos a través del poder sanador –¿o tal vez destructor?- de la ficción. Una historia en la que, desde los fantasmas que pueblan nuestra Historia, el Autor navega hacia algo más profundo, más personal pero igualmente turbador y hasta también terrorífico. Pero ¿cómo podría encajar la realidad de nuestro Autor en una historia tan ambigua y turbia como la que presenta su obra de teatro? ¿Realmente quiere Dakota, la hija que emprende una suerte de investigación personal a través de la escritura de la obra, llegar a la verdad? ¿Qué es lo que lleva a un autor a escribir una ficción? ¿Qué sucede cuando un autor se pone cara a cara con sus traumas más turbios para intentar plasmarlos en una ficción? ¿Dónde acaba la ficción y empieza la realidad? ¿Hasta dónde llega nuestra necesidad y nuestra capacidad de imaginar? Y sobre todo ¿debe la ficción representar la realidad o es más aconsejable que sea tan solo un recurso para manipularla a nuestro antojo y evadirla?

Todos estos temas aparecen en La Ciudad Oscura, una función en la que el espectador ve perfectamente enfrentados –siempre en buen equilibrio- la labor de creación de la ficción y la ficción representada, en dos planos que se solapan sin que nada resulte evidente: es evidentemente una función metateatral; pero creo que es más que eso, porque Rojano ha sabido ofrecer la información de manera perfectamente fragmentaria, creando expectativa, manteniendo la tensión dramática y sorprendiendo a un espectador que ha de permanecer alerta incluso cuando cree que ya conoce y domina los códigos, porque las sorpresas y las preguntas se suceden. Puede que lo más audaz de la propuesta de Rojano sea algo tan complicado como escribir un relato metateatral –se han escrito tantos…- sabiendo integrar todo en una ficción que enganche: aquí no hay tiempo para teorías sobre la creación, porque aquí todo es acción, salpicada de réplicas y diálogos verdaderamente brillantes bastantes veces; y el espectador, atrapado desde el primer segundo, no se puede despegar de una trama compleja y llena de aristas que va mostrando más y más capas de lectura hasta la última escena. Y es que Rojano ha sabido escribir algo que no es un thriller político, tampoco un thriller psicológioco, tampoco una función metateatral… sino todas ellas metidas en una batidora para dar lugar a un cóctel que cuaja sorprendentemente bien en el que realidad y ficción conviven, se solapan, se engañan, planteando sugestivas preguntas al público. Un todo perfectamente medido, milimétrico, en el que nada falta ni nada sobra y todo tiene una función para llegar al final.

Cabe subrayar que en este texto –magnífico- hay algunas particularidades. Sorprende, por un lado, ese acabado formal tan impecable para un Escritos en la Escena –es sin duda el proyecto nacido en Escritos de cuantos conozco-: esta función ya lo tiene todo para exhibirse en cualquier escenario, más allá de un proyecto de Laboratorio. También es particular su duración: mientras la mayoría de funciones de Escritos en la Escena están supeditadas  a durar entre 60 y 70 minutos –no pueden solaparse con la función de la sala grande-, esta función llega hasta los 95 –anticipando su comienzo en media hora sobre el horario habitual-. Desconozco la causa por la que se permite que esta propuesta en concreto se salga del metraje habitual previsto, pero esta cuestión de la duración –que supuso el mayor hándicap de otros proyectos brillantes de este ciclo como puede ser Haz Clic Aquí– ayuda decisivamente a esa imagen de proyecto perfectamente acabado; si bien no deja de llamar la atención que aquí se no haya respetado la cuestión de la limitación de tiempo cuando en otros Escritos sí…

También acierta Paco Montes con su propuesta escénica en un espacio siempre incómodo –la minúscula Sala de la Princesa-, donde todo sucede a un palmo del espectador. No contento con ser capaz de organizar los dos planos que se solapan constantemente, el real y el “ficcional” –tarea titánica en este escenario-, ha integrado todo un componente audiovisual –que firma Alfonso Pazos-, que lejos de chirriar por momentos incluso aporta; y ha sabido explotar ese filón interminable que son los crescendos Tchaikovskianos como arma expresiva en los picos dramáticos -¡qué bien planteada esa escena en la que se plantea uno de los finales posibles solo desde la lectura y la fuerza del audiovisual y Tchaikovsky, por ejemplo!-: un montaje sencillo pero visualmente atractivo y perfectamente funcional, siempre buscando aportar a la narración.

De buen nivel también el elenco, partiendo de la dificultad añadida de que juegan en dos planos -real y ficcional- muchas veces desdoblados. Hay que empezar destacando la sorpresa de la irresistible hija respondona, postmoderna y de dejes british; ese personaje tan reconocible en la vida real que clava una enorme Irene Ruiz –toda una creación personal: la sorpresa del reparto y posiblemente el mejor trabajo del conjunto-. Pero es que nadie falla: la rotunda Inspectora implacable empeñada en esclarecer el caso que se marca la siempre estupenda Ana Otero en perfecto contraste con el “poli pasota” y ácido de Mario Tardón  -todo buen thriller ha de tener una pareja antagónica de policías y esta es todo lo carismática que pediría, por ejemplo, una serie de televisión: al acabar este caso dan ganas de ver cómo afrontan un nuevo caso, por más que sepamos que son personajes que solo existen en obra del Autor…-; lo bien medido que está Fernando Soto en su doble –o hasta triple- rol de Autor-Padre-Personaje Ficcional, mucho más relajado y comedido que en otros trabajos suyos; lo escalofriante que resulta Paco Lahoz hablando proféticamente a unas masas enardecidas con los ojos fuera de la órbita -¡qué lástima no poder detenerse más en esta escena sin desvelar algunas claves fundamentales…!- o la adecuación con la que una Pilar Gómez multiplicada en varios roles completa con acierto el conjunto, incluso a pesar de algunos dejes de dicción. Aquí todo suma para crear un espectáculo verdaderamente estimulante.

No se llenó en mi función la pequeña Sala de la Princesa -seguramente comenzar a una hora incómoda como las 18:30 horas tenga algo que ver…-, y es una pena porque este espectáculo –que solo permanecerá dos semanas en cartel- es una de las propuestas más estimulantes que me he encontrado en teatro en lo que va de año: por su estructura, por su planteamiento y sobre todo porque engancha, plantea preguntas y mantiene la mente activa. Creo que es un espectáculo que no debería morir aquí: hay que repescarlo urgentemente con la publicidad que merece para que llegue al máximo público posible. Lo merece, porque es un gran texto de la dramaturgia española actual, y sin duda el mejor proyecto de Escritos en la Escena que haya visto o leído desde que comenzó el ciclo hace unas temporadas.

H. A.

Nota: 4.25/5

 

“La Ciudad Oscura”, de Antonio Rojano. Con: Fernando Soto, Ana Otero, Irene Ruiz, Mario Tardón, Paco Lahoz y Pilar Gómez. Dirección: Paco Montes. ESCRITOS EN LA ESCENA (LABORATORIO RIVAS CHERIFF) / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 19 de Marzo de 2015

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