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‘La Pechuga de la Sardina’, o mujeres en un Madrid sin esperanza

marzo 17, 2015

Considero una iniciativa interesante –y casi diría que un deber de la institución- que el Centro Dramático Nacional recupere de tanto en tanto a ciertos autores patrios que ocuparon un lugar indiscutible en su tiempo, pero que tal vez hoy en día hayan perdido el lugar que por derecho propio les corresponde en la historia de nuestro teatro. Al gallego Lauro Olmo se le podría situar en este grupo, y es por eso que si hay una institución pública que debe recuperar La Pechuga de la Sardina –una función estrenada sin demasiado éxito allá por 1963 y nunca repuesta profesionalmente hasta hoy, excepción hecha de un Estudio 1 emitido en 1982 que se puede visualizar fácilmente en los archivos de RTVE– es precisamente el CDN. Cabría preguntarse tal vez si no sería procedente que algún otro Centro Dramático – ¿por qué no el Centro Dramático Galego, dado que Olmo es autor gallego?- hubiese puesto su granito de arena participando de este espectáculo –hasta donde sé, destinado a morir tras este mes de representaciones- mediante una política de coproducción máxime cuando se está ofreciendo un producto no solo con un reparto estelar, sino también con una factura de primer nivel. Pero no ha sido así, y esta producción propia del CDN –sin duda uno de los éxitos inesperados de la temporada- parece tener los días contados.

En una España pobre y deprimida de posguerra, pasa la vida en la pensión de Juana, una mujer más o menos abandonada por un marido alcohólico, que afronta la vida con entereza y que solo acoge a mujeres que son víctimas de sus circunstancias y del tiempo que les ha tocado vivir: Concha, una mujer aún muy joven y embarazada, ha de asumir su futuro papel de madre soltera con todo lo que ello conlleva; Paloma, estudiante, lucha por hacerse un hueco en un mundo de hombres; Soledad, en su primera madurez, ve con amargura cómo ha dejado que se le pasase el arroz sin poder evitarlo por vivir anclada en un mundo de quimeras inalcanzables que ha hecho que se ha hecho que se quede sola ; Cándida, la sirvienta, es la única que aún tiene fe en el porvenir y Doña Elena, ya al final de su vida, mira por encima del hombro a todas las demás, escondiendo bajo una supuesta “voz de la experiencia” todo un filón de deseos incumplidos por haberse pasado la vida haciendo “lo correcto”. Mientras todas estas mujeres conviven en la pensión de Juana, en la calle la vida transcurre: las prostitutas hacen la calle, las comadres cuchichean, los borrachos beben, se venden periódicos y los hombres intentan conseguir el favor de las mujeres por las buenas o por las malas. La acción es el discurrir de una vida tan gris como el porvenir de las mujeres que habitan la obra. En una función sobre mujeres, lo que Lauro Olmo plasma es una radiografía de un momento temporal y social muy concreto de la España del pasado, focalizando su mirada en la figura de la mujer como eje vertebrador socio-generacional.

Seguramente la acumulación de personajes principales impida que el autor profundice en sus problemáticas –ofrece una visión panorámica y el precio a pagar es saber lo justo de la peripecia vital de nuestras protagonistas, pero el autor parece haber querido otra cosa-. Aquí lo principal es plasmar un momento social, a modo de sainete tragicómico. Las mujeres de esta función son víctimas, pero no solo de sus propios destinos, sino también del tiempo y el encuadre en el que les ha tocado vivir: un Madrid que deja poco espacio a la esperanza. Poco importan las generaciones, las edades o las condiciones sociales: sentirse feliz y plena en la posguerra y ser mujer, todo junto, estaba difícil… Podemos pensar que hemos evolucionado -y hemos evolucionado, claro- pero, sin embargo, vista hoy, en 2015, sorprende comprobar que muchos de los temas que Olmo esboza en su función siguen ocurriendo y no han perdido vigencia alguna: la madre soltera señalada, la violencia de género, el alcoholismo en la vida en pareja y sus consecuencias o el conservadurismo de la generación anterior, por citar solo algunos. Esto es lo que hace que el espectador que vea La Pechuga de la Sardina se encuentre con una propuesta mucho más actual de lo que su presumible aire zarzuelero podría sugerir.

Pero pese a todo, el mayor acierto de la presente versión está sin duda en el ingenio con que Manuel Canseco se ha acercado a la función, creando un espectáculo visualmente hermoso e ingenioso, que tiene ritmo y un elenco que en general hay que calificar de notable. Canseco ha planteado en la pequeña Sala Francisco Nieva una disposición de gradas de tres filas a tres bandas, para levantar una escenografía –de Paloma Canseco- que reproduce con todo lujo de detalles no solo las habitaciones de la pensión de Juana –separadas por tabiques invisibles al público- sino también toda la calle que rodea a la pensión, lo que permite que se puedan generar multitud de planos dramáticos conviviendo al mismo tiempo: todo un microcosmos que el público observa a un palmo de distancia, como si de una corrala se tratase. Una solución escénica que si ya es audaz por sí sola -por lo vistosa y lo útil que resulta- aún lo es más cuando se enmarca en un espacio complicado como es el de esta sala. Lo más importante aquí es que esta idea no es un mero capricho estético que busque deslumbrar al espectador: esta propuesta no se hubiese podido llevar a cabo sin esta disposición escénica, y la puesta en escena tiene muchísimo que ver con el éxito del resultado.

panoramica sardina 01sm

Vista general de la escenografía

 

El espectáculo logra así un gran atractivo no solo por el factor cercanía, sino también por el provecho que Canseco obtiene no solo de un espacio ingrato –la sala Nieva- sino también de una escenografía en la que nada es mero adorno: todo detalle tiene una utilidad. También el vestuario –José Miguel Ligero- es elegante y, a fin de cuentas, parece casi una carambola que Canseco haya logrado encajar toda esta propuesta escénica en este espacio sin que el resultado quede constreñido. El ritmo y la distribución de planos están también muy conseguidos, y si algo se sale un poco de la idea del conjunto es ese prólogo danzado que por un momento parece coquetear con la revista sin que en principio venga mucho a cuento y al que le falta un segundo para chirriar en una historia que es puro drama: pero enseguida las aguas toman otro rumbo, y desde ahí, el espectáculo crece sin cesar en una puesta en escena llena de ideas, que desemboca en una escena final muy bien resuelta tanto a nivel de carga dramática como a nivel visual.

Doce actores en un espectáculo en la pequeña sala Nieva: ahí es nada. No, nadie se ha vuelto loco; y de hecho los doce intérpretes conviven en escena en más de una ocasión sin que la cosa chirríe. En una obra en la que la vida se muestra a retazos –y en la que por tanto pocos personajes llegan a adquirir verdadera profundidad psicológica-, hay que destacar que el elenco hace verdaderas virguerías con el material con el que cuenta, y esa es otra de las claves del éxito. Dicen que en el teatro no hay papel pequeño, y en esta función hay que comenzar obligatoriamente hablando de cuatro actores secundarios que ejercen de verdaderos roba-escenas: las irresistibles parejas de beatas y prostitutas que encarnan magistralmente unas divertidísimas Marta Calvó y Marisol Membrillo  -maravillosas, de verdad; Membrillo además estupenda cantante- y la pareja de calaveras de Jesús Cisneros y Manuel Brun. Los cuatro llenan el espacio y captan inmediatamente la atención del público en cada aparición en papeles que perfectamente podrían haberse quedado en nada; pero que aquí se ganaron algo tan infrecuente como un aplauso a escena abierta con plena justicia porque son la viva imagen del realismo costumbrista castizo: cuando se cuenta con profesionales de su talla en roles episódicos, suceden estas cosas. Tampoco fallan a la hora de aprovechar todo lo que sus personajes les ofrecen ni el Borracho de Juan Carlos Talavera –cuya aparición con una cogorza de impresión es celebrada inmediatamente con las carcajadas cómplices del respetable- ni el Vendedor de Periódicos de Víctor Elías, que cumple sobradamente con su cometido.

Entre el equipo de mujeres que habitan la pensión –al fin y al cabo las verdaderas protagonistas- hay que empezar destacando a la deliciosa Cándida de Nuria Herrero, una actriz que ya lo tiene todo para triunfar porque su criada es para llevársela a casa.  Parece sacada de un sainete, pero desprende luz, verdad y naturalidad por los poros, y sobre todo sabe transmitir esas ganas de vivir que irradia su personaje en una función en la que las mujeres están obligadas a ser puro pesimismo: si hay un resquicio de luz en esta función, esa luz es Cándida, y Herrero lo ha comprendido y lo transmite perfectamente; un verdadero hallazgo para los que no la hayamos visto trabajar antes, como es mi caso. Juana, la patrona, encuentra en María Garralón a una intérprete igualmente luminosa, sincera y entrañable, sobrada de tablas y recursos; que personifica al hombro idóneo en el que todos desearíamos llorar, que es el hombro en el que antes o después lloran las huéspedes. También la rotunda Soledad de Alejandra Torray es la viva imagen de la melancolía por lo que pudo haber sido y no fue, y deja una escena final para enmarcar, rotunda de emoción –con esa puntilla inesperada que le pone el personaje de Marta Calvó-. Como la estupenda composición de Amparo Pamplona, una Doña Elena imponente desde su cama, que clava a la mujer castradora, pero desborda la emoción en la escena en la que por fin se mira al espejo –por más que el vestido rojo pueda resultar un símbolo excesivamente evidente. Cristina Palomo es la que más paga el pato de la indefinición de un personaje que es un mero retazo con el que no se puede hacer gran cosa: lo saca adelante, pero apenas conocemos las circunstancias de Paloma; mientras que a Natalia Sánchez como Concha seguramente le falte rodaje en el mundo del teatro, quedando un escalón por debajo del conjunto dentro de la honestidad: sin duda hay buenas intenciones y seguro que gana experiencia conforme vaya entrando en más funciones, pero el gesto tiene algo de monocorde y la dicción por momentos es mejorable.

El público -seamos sinceros, al menos en mi función, de media de edad francamente alta; de la misma manera que en la sala grande de este mismo teatro, con La Ola, la media de edad se vuelve impresionantemente baja…- sale plenamente satisfecho de una función que, ofrece un espectáculo aupado a la categoría de agradable sorpresa inesperada por unos intérpretes notables y una propuesta escénica francamente ingeniosa y acertada. Lo que son las cosas: en otras condiciones, puede que La Pechuga de la Sardina no hubiese pasado de la mera anécdota; pero así sí merece la pena recuperar títulos que permanecían dormitando en un cajón.

H. A.

Nota: 4/5

 

“La Pechuga de la Sardina”, de Lauro Olmo. Con: María Garralón, Natalia Sánchez, Amparo Pamplona, Nuria Herrero, Alejandra Torray, Cristina Palomo, Marisol Membrillo, Marta Calvó, Jesús Cisneros, Manuel Brun, Juan Carlos Talavera y Víctor Elías. Versión y dirección: Manuel Canseco. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán (Sala Francisco Nieva), 8 de Marzo de 2015

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