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‘Los Cuentos de la Peste’, o teatro para leer… pese a todo

febrero 28, 2015

Prosigue en el Teatro Español el ciclo de la integral teatral de Mario Vargas Llosa –que avanza imparable a razón de dos títulos por temporada-, esta vez con el estreno absoluto de Los Cuentos de la Peste, una obra de nueva creación libremente basada en ocho relatos del Decamerón de Bocaccio, en la que el Premio Nobel ha reservado un rol para ser interpretado por él mismo junto a su musa Aitana Sánchez-Gijón y un grupo de actores de probada solvencia. Sumen ustedes al hecho de tener a un Nobel de Literatura debutando como actor de teatro -había actuado en alguna obra suya previamente, pero tengo entendido que siempre más como narrador que como personaje con todas las de la ley, como lo es aquí- el de contar con un montaje aparatoso que ha puesto literalmente patas arriba el teatro y comprenderán el tremendo éxito mediático de una propuesta que ha agotado todas las entradas varias semanas antes de que acaben las funciones; pero que hay que mirar con más cautela si nos separamos del factor “fenómeno mediático teatral” –ya lo es y nadie lo duda…- y analizamos tan solo el “producto teatral” en sí mismo.

En una Florencia asolada por la pestilencia, Bocaccio propone al Duque Ugolino y a una pareja de cómicos –Filomena y Pánfilo- retirarse a la quinta que tiene en Villa Palmieri, a las afueras de la ciudad, donde matarán el tiempo contando historias mientras termina la epidemia en un intento desperado por salvar sus vidas. Con ellos va Aminta, Condesa de Santa Croce, un misterioso y ambiguo personaje que solo parece poder comunicarse con el Duque. En ese entorno bucólico, los personajes evocarán historias fantásticas, haciendo ficción la realidad y defendiendo la fantasía, en un entorno en que lo irreal y lo real se sitúan en términos de fronteras difusas. Es, sobre todo, un elogio al poder sanador de la ficción para afrontar una realidad hostil.

Siempre he sostenido que el teatro de Vargas Llosa no posee, en general, la genialidad de su obra narrativa: quiero pensar que tampoco lo pretende. Hay que sostenerlo una vez más en el caso de Los Cuentos de la Peste. El riquísimo dominio del lenguaje está fuera de toda duda, y este texto es una vez más un festival de símbolos, metáforas e imágenes literarias donde humor e ironía se dan la mano con fantasía. Pero, a la vez, queda la sensación de que ante tal festival lingüístico se han descuidado cuestiones como el ritmo y la acción, que pasan a ser aspectos casi secundarios. El estilo es –como casi siempre en el teatro del autor peruano- básicamente narrativo; y las dos horas y diez que dura el espectáculo terminan pesando sobremanera porque ni la acción avanza ni consigue mantener el interés, aún cuando la temática de los ocho cuentos presentados presente imágenes tan sugestivas como monstruos, monjes travestidos, mujeres de sexualidad encendida o hermanos incestuosos, entre otras muchas –temas mucho más interesantes y cercanos al público a priori que los que aparecían, por ejemplo, en El Loco de los Balcones-. Evidentemente, es un camino perfectamente válido; pero uno se queda con la sensación de que este texto –de una riqueza literaria incuestionable- acaba siendo más “teatro para leer” que “teatro para representar”, porque viendo el espectáculo cuesta mantener el interés – y no es tanto por desgaste: la primera media hora pesa como una losa…-: esto es especialmente peligroso cuando estamos asistiendo a una representación teatral –y no leyendo el texto, una experiencia con la que, insisto, creo que el resultado podría ganar enteros…-.

Y no será porque Joan Ollé no eche el resto para crear un espectáculo visualmente atractivo en el que el público no se aburra: ha levantado el patio de butacas del teatro para construir Villa Palmieri casi a tamaño natural y con todo lujo de detalles: su fuente que mana agua, su caballo muerto, sus bancos, su campo…. El patio de butacas pasa a ser el vasto escenario y el público está dispuesto en dos gradas y en los palcos que rodean el teatro. Pasado el impacto visual inicial –obviamente no es la primera vez que se opta por esta disposición…-, no hay nada que justifique esta elección ni que no se haya podido montar un espectáculo semejante en un escenario “a la italiana”. Se puede justificar que el propósito es acercar e implicar al público, pero en este caso creo que el lugar más idóneo para este montaje hubiese sido el Matadero. Dicho esto, no se niega ni lo atractivo de la escenografía de Sebastiá Brossa, ni el cuidadísimo vestuario –lleno de referencias- de Miriam Compte ni el encanto de la idea; pero se queda uno con la sensación de que Ollé no ha sabido llevarla más allá: las ideas audaces –esas máscaras italianas con forma de cuervo- se acaban pronto, la dirección de actores escasea –da la sensación de que ha dejado a cada uno a la buena de Dios, y de que cada uno ha toreado el Mihura como mejor ha sabido…- y hay que tragar con algunos momentos que causan perplejidad –por no decir otra cosa-: desde ese arranque imposible con Vargas Llosa –entiendo que como autor y no como personaje- leyendo el arranque de la función de manera robótica –es una idea, de acuerdo, pero no está desarrollada…- hasta ciertos excesos en la caracterización de los personajes de algunos cuentos –esos pijos no hay por dónde cogerlos….-. En fin, queda la sensación de que detrás de un envoltorio espectacular –no nos vamos a engañar, lo hay- Ollé no ha sabido o no ha querido nadar más profundo, y es una lástima: todo es visualmente atractivo, sí; pero falta ese algo más que denote la mano de un gran director de teatro más de la de un artista que ha hecho primar la estética.

Ya he dicho que siento que falta trabajo con el elenco actoral salvo en casos concretos. Mario Vargas Llosa -por supuesto, microfonado- ni es actor ni se le espera, y desgrana los textos del Duque Ugolino con una frialdad monocorde que impide cualquier creación de personaje: tiene cierto encanto ver al autor tomando parte del hecho teatral, pero su implicación a nivel dramático deja que desear… Sorprende más que una estupenda actriz como es Aitana Sánchez-Gijón –elegantísima en escena, como siempre- pese a esa elegancia, ese encanto y esas maneras de primera a actriz que pisa el escenario sabiendo lo que se hace; aparezca aquejada de un marcado histrionismo en algunos pasajes que afea el resultado final. Donde a Vargas Llosa le falta, a Sánchez-Gijón le sobra y el choque de trenes termina siendo explosivo… Como a Sáchez-Gijón la he visto trabajar muchas otras veces, supongo que aquí el director tendrá algo que ver en el resultado… Pedro Casablanc, cárnico y visceral, sale sin embargo bastante airoso de un(os) personaje(s) que le permite(n) desplegar todo un histrionismo al que se lanza sin reservas y con resultados francamente elogiables –la dirección le obliga a algunas papeletas que tienen tela marinera, pero él las salva siempre con tablas y convicción-: trabajo muy estimable.

Puede que los trabajos más completos del reparto sean los de los “graciosos” de Marta Poveda y Óscar de la Fuente, que llevan el peso bufo del montaje y parecen de alguna manera ir por libre, formar parte de otra obra y estar dispuestos a brillar en un montaje más bien dispar del que ambos salen triunfantes por méritos propios. Como quiera que sea, lo cierto es que lo consiguen: hay química entre ambos, hay buenos actores de comedia y se roban la función con algunos de los mejores momentos del montaje… Entre tanta “vaca sagrada” de todas las índoles en el reparto, creo que es elogio más que suficiente para dejar claras algunas cosas…

Cálidos aplausos –aunque opiniones bastante más tibias si uno repara en las conversaciones de la salida…- para un espectáculo que es más excusa y envoltorio que otra cosa: visualmente atractivo y con alguna actuación de peso, seguramente le falten profundidad teatral como espectáculo y teatralidad en sí mismo. A pesar del aparatoso montaje, no deja de ser teatro para leer. Y como propuesta global –intentemos desvincularnos por un momento del factor mediático de tener al autor en escena…- no debería pasar de la mera curiosidad, como casi todo lo que ofrece el vasto “ciclo Vargas Llosa” en el que insiste el Teatro Español, inolvidable –y discutible- herencia de su anterior director artístico. Una más -o una menos, según el agua que queramos ver en el vaso…-.

H. A.

Nota: 2.75/5

 

“Los Cuentos de la Peste”, de Mario Vargas Llosa. Con: Aitana Sánchez-Gijón, Mario Vargas Llosa, Pedro Casablanc, Marta Poveda y Óscar de la Fuente. Dirección: Joan Ollé. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español, 22 de Febrero de 2015

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