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‘El Reportaje’, o un acercamiento… ¿al arte o a la Dictadura?

febrero 26, 2015

Pocas funciones –apenas dos semanas- en la Sala Negra de los Teatros del Canal y en horario de noche –un invento que me parece todo interés, tanto por lo acogedor del espacio como por el particular horario en el que suelen tener lugar las funciones- para el regreso al teatro del gran Federico Luppi con El Reportaje, una suerte de monólogo “interruptus” en el que un General argentino concede una entrevista a un canal de televisión para un reportaje en el que hablará de su implicación en el incendio provocado del teatro El Picadero, que ardió en Julio de 1981. Máxima expectación. Todo vendido. El mismo teatro El Picadero –hoy afortunadamente en pie y en activo- ha producido y encargado esta función, sobre un texto de Santiago Varela sobre el que conviene hacer algunas puntualizaciones.

Son muchas las obras teatrales que se han acercado al horror de las Dictaduras en cualquier país –la más reciente quizá sea La Nieta del Dictador, de David Desola, que obtuvo un éxito importante- y tratar una Dictadura, la que sea, es lidiar con el horror; cosa que siempre es harto delicada porque ha de saber cómo enfocarse sin caer en el sentimentalismo ni en los lugares comunes, y consiguiendo que el espectador reflexione sobre algo que ya conoce, pero que debería aportar nuevas capas de lectura al hecho… Irrumpe en el escenario, imponente, Federico Luppi en traje de militar. Esa primera imagen promete un gran espectáculo… Y sin embargo esa primera imagen es casi el momento que mayor tensión dramática crea: de ahí, para abajo.

Lo que sorprende del texto de Santiago Varela es que no ha querido escribir una obra sobre la Dictadura argentina propiamente dicha, sino sobre la relación del arte en general –y el teatro en particular- con esa Dictadura. ¿Qué función tiene el teatro en tiempos de Dictadura? ¿Es molesta una voz popular disonante en un lugar público cuando hay un dictador al frente de un país? ¿Debe un dictador frenar una manifestación cultural “molesta” por más que a él le guste? Estas son –más que otras que puedan resultar más espinosas- las principales cuestiones por las que transita el texto de Varela. Y es entonces cuando empiezan las reflexiones de un espectador que tal vez se pueda sentir sorprendido.

Vamos por partes: puede causar perplejidad que una periodista española se haya desplazado hasta una cárcel argentina para realizar una entrevista –no se nos aclara en cuál de los dos países va a emitirse el programa-, pero eso es casi lo de menos… Dice el programa de mano que “lo que El Reportaje permite en su nivel ficcional es acceder al pensamiento autoritario de aquella y de todas las épocas”. Leyendo esta descripción, uno espera una descripción –o una reflexión- del horror de la dictadura desde el punto de vista del tirano. Se presenta pues una función que seguramente sea dura pero sin duda será interesante… Sin embargo, Varela ha decido acercarse solo a una mínima visión de este mundo: el arte subversivo desde el punto de vista del tirano. Nada más y nada menos. Me explico: asistimos a una hora de entrevista en la que el General diserta sobre un punto muy concreto –su gusto por el teatro desde joven hasta que vio que el teatro llegaba a convertirse en una cosa incómoda…-, pasando poco menos que de puntillas por su papel como genocida, o la Dictadura argentina en en sí misma. Es evidentemente una opción, pero el que más el que menos –sobre todo a la vista de cómo se publicita el espectáculo- esperaría un tipo de acercamiento radicalmente diverso a una temática que, a fin de cuentas, aquí apenas se toca… Más que una crítica a un sistema dictatorial en sí mismo, lo que aquí hay es una crítica al desprecio de los mandatarios hacia el mundo del arte como vehículo de expresión. No se puede hablar de decepción propiamente dicha, pero desde luego sí de sorpresa. Porque además, Varela ha decidido convertir al sanguinario generalísimo en un viejecito ultraderechista con mala leche que dice unas barbaridades sobre los individuos con una pachorra tal que provoca la risa del público. Es un camino también, pero sinceramente creo que la ironía –tan buscada en el texto- relaja, y el relax distancia cuando se están tocando según qué temas en el teatro o en cualquier género. Esto ocurre indudablemente en esa función aunque, como ya he dicho, a la hora de la verdad el tema principal no sea el que parece que va a ser… El resultado es una hora con momentos, con alguna frase, pero donde la entrevista acaba cayendo en una especie de bucle insalvable porque el personaje y el texto entran en una serie de repeticiones, como dando vueltas hacia ninguna parte… Una hora y diez es mucho tiempo para una declaración de intenciones sobre el mundo del arte y el arte como herramienta de lucha, sobre todo cuando se cree que lo que se va a ver es un texto sobre la represión social en la Dictadura argentina. Aparece así un cierto factor distanciamiento que se vuelve una barrera insalvable ante un texto que es mucho más menor de lo que se anuncia…

Evidentemente el equipo no tiene la culpa y hace lo que puede con el material de que dispone. Con una cámara que se termina quedando en mero elemento de atrezzo –aprovechando que hay una cámara quizá se podría haber jugado con la proyección de lo que se graba…- una silla y un sillón como únicos elementos escénicos, Hugo Urquijo firma una puesta en escena fría y estática que no ayuda demasiado –claro que ¿qué otra cosa hubiese podido hacer?- a la que quizá le falte profundizar en la psicología del personaje principal –claro que el texto tampoco profundiza mucho en ella a fin de cuentas….-. Dicho esto, prácticamente todo se reduce a la economía de medios con que el siempre carismático y con mil recursos Federico Luppi saca adelante un personaje que es poco menos que un retazo a nivel textual; pero que hace suyo a través de la gestualidad y la economía de medios, consiguiendo esa sensación de que los recuerdos se agalopan desordenados en la mente del general –no de que sea un texto memorizado-; y sabiendo trabajar desde la elegancia, creando unos silencios desde la mirada que son casi lo mejor del espectáculo. Se nota, por supuesto, que hay primerísimo actor pero el texto en este caso no deja hacer demasiado. Es una lástima que con este actor y con este tema el contenido no haya sido otro… La periodista de Susana Hornos sirve con sus pequeñas y frías interrupciones al actor argentino, aunque no hay –o al menos no parece haberla…- la menor implicación emocional ante lo que escucha. Falta –y esto es problema del texto o de la dirección, pero no de la actriz- que se genere una tensión entre entrevistadora y entrevistado que sin embargo nunca llega. Juanjo Andreu ejerce de guarda de seguridad mientras dura la entrevista, un personaje mudo que no tiene otra función que conducir al detenido a la habitación en la que tiene lugar la entrevista…

A fin de cuentas, como digo, todo queda reducido a ver a Federico Luppi sobre el escenario a muy corta distancia, en un texto que prometía ser intenso y remover estómagos y conciencias; pero que sin embargo se queda sin poder evitarlo en un acercamiento bastante menor a un tema en el que ni siquiera llega a profundizar: un texto que se queda las más de las veces anclado en la ironía como motor principal de la crítica, y que después de todo no acompaña…

*Las fotografías proceden de las funciones en Argentina, en las que el papel de periodista corrió a cargo de un actor y no de una actriz como sucede en la versión que se está presentando en España.

 

H. A.

Nota: 2/5

 

“El Reportaje”, de Santiago Varela. Con: Federico Luppi, Susana Hornos y Juanjo Andreu. Director: Hugo Urquijo. TEATRO PICADERO DE BUENOS AIRES.

Teatros del Canal (Sala Negra), 21 de Febrero de 2015

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