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‘Las Amistades Peligrosas’, o sorteando el decoro a ritmo de rock

febrero 16, 2015

Sorpresa mayúscula ante una nueva adaptación de Las Amistades Peligrosas como la que presenta Metatarso Teatro Contemporáneo en la Sala 2 de las Naves del Matadero. ¿Pero otra vez? ¿Pero otra más? Se estarán preguntando… Pues para nada. “No te pierdas el espectáculo más caliente de este invierno” reza un flyer promocional antes de entrar a la sala… Les podrá parecer una horterada publicitaria, pero después de ver el espectáculo entenderán dos cosas: que el slogan no es excesivo y que esta no es “otra” versión más de la obra de Choderlos Laclos, sino un acercamiento al clásico que se podrá compartir más o menos, pero es sin duda inolvidable. Porque puede que asistan con la tranquilidad de creer que conocen el original, de creer que saben lo que van a ver… pero nunca nadie se atrevió a contar el clásico en la dimensión a la que llega esta versión. Y, curiosamente, aciertan de pleno en una propuesta que fácilmente podría haberse venido abajo con todo el equipo; pero que lejos de decepcionar acaba resultando fascinante.

Espacio neutro y diáfano. Cuando la Marquesa de Merteuil nos recibe aporreando –literalmente- con cierta desgana un piano en el que intenta cuadrar con mayor o menor fortuna melodías propias del XVIII nada hace presagiar que vaya a ser una versión distinta al resto. Alertan tal vez el saxo, las guitarras eléctricas, la batería y los amplificadores que aguardan su momento en el escenario… Y así arranca la función: vestuario de época –corsés, miriñaques, pelucas…- y la estructura epistolar en la que se basa la novela de Choderlos Laclos perfectamente respetada. Hasta aquí, puede que pensemos que estamos ante una versión más…

Pero pronto entenderemos dónde radica la genialidad –esta es la palabra exacta que hay que usar…- de la adaptación de Javier L. Patiño y Darío Facal: sin traicionar nunca la esencia ni cambiar ninguna coordenada –ni temporal, ni espacial, ni relacional, ni de lenguaje…-, han sabido insuflar al espectáculo un nuevo ritmo, una nueva vitalidad, una nueva personalidad, que ofrece una versión descarnada, cruda y realista de una historia que todos conocemos. Porque en estas Amistades Peligrosas se ha extremado el carácter de los personajes –tal vez para mostrarnos que, aunque son personas que viven varios siglos atrás, sienten, viven, gozan y aman como nosotros…- y se ha potenciado todo lo que de sensualidad, erotismo y sexualidad tiene el relato original: las escenas de sexo están resueltas de una manera tan cárnica y explícita como sensata y elegante, la temperatura de las situaciones sube sin remedio ni pausa posible y todo camina en un crescendo que revuelve y no deja indiferente a nadie. El decoro –ese elemento fundamental en la trama- está presente desde el comienzo, pero estos personajes están deseando saltárselo, huir de los encorsetamientos –metafóricos y literales- que les marca la sociedad y entregarse a sentir de una vez lo que sus cuerpos les dictan: la pasión sin tapujos: estos personajes se saltan el decoro que debe imperar en sus vidas a ritmo de rock&roll y heavy metal.

Además de ese sentido del ritmo, y esa valentía para afrontar sin tapujos todo lo que hay en esta obra –ya desde el original…-, en la versión de de Facal y Patiño hay mucho espacio para la ironía –ya sea la que mana del propio texto de Laclos, o la que aportan hallazgos como integrar la música en directo –hay ópera, blues, jazz, rock y heavy metal, lo crean o no siempre en perfecta consonancia con el texto y los hechos que se narran- como elemento tanto diegético como extradiegético: en este sentido, la escena en la que Valmont inicia por fin en el sexo a una rendida Cecile mientras aporrea la batería es una solución de fuerza expresiva innegable. Hay que destacar que esta versión trata el sexo –elemento fundamental en la trama- como algo sobre lo que se puede ironizar sin temor a ruborizarse porque forma parte de la vida no solo de estos personajes, sino de la nuestra misma: la versión toca pues el mundo del sexo en todas sus vertientes, desde el erotismo, al mundo de lo explícito o como mero elemento irónico.

En el fondo, pese a este aparente lavado de cara, lo que han hecho Facal y Patiño es simplemente pasar el original por un filtro que extrema situaciones y sentimientos, pero que sigue siendo tremendamente respetuoso con el material del que procede. Eso es lo genial de la versión, en mostrarnos algo que ya conocemos tal cual es: no como nunca nos lo habían contado, sino mejor dicho como nunca nos habíamos atrevido a verlo. Porque cuanto más dejo reposar esta versión más claro tengo que todo lo que vemos aquí en el fondo siempre estuvo ahí, desde el mismo Laclos… Una versión desafiante, sexy, atrevida, valiente y gamberra, que desprende ganas de sentir y que llega al espectador como un cóctel de sentimientos y sensaciones. En fin, una versión con personalidad propia para un montaje con personalidad propia. Todo ello, a dos palmos de distancia del espectador. Un regalo.

Dirige el montaje el propio Darío Facal, que sabe ordenar este todo con pulso firme, para dotar a este espectáculo de ese carácter trepidante que tiene pero sin perder nunca el sentido de que todo está perfectamente controlado. Con muy pocos elementos escénicos –apenas un sofá, alguna silla, velas, los instrumentos en escena y micrófonos con sus respectivos pies-, Frías ha conseguido armar un espectáculo que no solo está lleno de ritmo, sino también de imágenes sugestivas –no solo por lo sugerentemente resueltas que están algunas de las escenas más explícitas de la propuesta, sino también por cuadros plásticos de fuerte carga expresiva, como el de la resolución final de Tourvel o el duelo de espadas entre Valmont y Danceny…- y que integra toda una serie de elementos y referencias de diversas índoles en un todo perfectamente equilibrado que golpea y remueve de manera constante al espectador: ni chirría el uso de los instrumentos –muchas veces como mero recurso ambiental-, ni el trepidante ritmo impide seguir fácilmente la narración ni sus actores parecen estar siguiendo indicación alguna, actuando muchas veces casi por una fuerza que diríamos impulsiva: hay que ser buen director para conseguir eso. Por sugerir algún elemento revisable: se pueden subrayar aún más tanto la fundamental relación de dominación entre Merteuil y Valmont –tan fundamental para la trama y que aquí queda algo reducida a segundo plano…- como los dos niveles de narración que acaban apareciendo en esta propuesta –el meramente epistolar y el que hace que los personajes lleguen a entablar conversación-. Pero no son más que dos apuntes concretos a un acercamiento valiente, audaz y con ideas que demuestra que hay un director con ideas y capaz de levantar con toda rotundidad un espectáculo que no esconde su condición de arriesgado.

Tener un reparto a la altura de este montaje no es sencillo y aquí lo hay, porque los seis intérpretes se entregan sin reservas. Hay que destacar que no se trata de un trabajo con individualismos, sino de cómo el conjunto está perfectamente integrado en el todo de un espectáculo que golpea, atrapa y definitivamente funciona porque todos creen en lo que están haciendo. Desde esa Merteuil elegante y ácida de Carmen Conesa, que observa al resto como si se tratase de marionetas en sus manos, relegada a segundo plano -aunque actúa con una elegancia que hace más escalofriante su papel de instigadora y observadora del todo…- que culmina en su brillante estallido final; hasta lo bien que dibuja Edu Soto –que se alterna con Cristóbal Suárez- a un Valmont mucho más entregado al vicio y a la perversión que galante, confiriendo al personaje un aire mefistofélico de marcado histrionismo que acaba viniéndole muy bien a la concepción que tiene este montaje del rol. Iria del Río parte de una Tourvel candorosa y de fuerte vida interior para acabar enfrentando algunas de las escenas más exigentes del montaje conforme su pulsión pasional va estallando, y lo hace estupendamente; mientras que Mariano Estudillo clava la mojigatería de un Danceny que no se entera de la que se le viene encima hasta que ya es tarde… y Lola Manzano aporta el adecuado contrapunto tragicómico a la beata Señora de Volanges, que acaba derivando en un personaje de dos caras como todos en esta historia. Pero si alguien del elenco se lleva el gato al agua es la fascinante Lucía Díez que desde la insultante juventud de sus 18 años nos regala una Cecile para enmarcar que lo tiene todo: el candor, el encanto, la entrega, el atrevimiento de tirarse a la piscina, la emoción vibrante y el arrojo de una intérprete que lo da todo, lo vive y demuestra estar disfrutando con lo que hace. Debería dar mucho –y bueno- que hablar: retengan su nombre… Todo el equipo responde sobradamente también tanto a los requerimientos instrumentales como a los requerimientos vocales.

No deja indiferente desde luego esta adaptación del clásico -público en catarsis como pocas veces se ha visto…- que ofrece un teatro valiente y arriesgado, que demuestra que el concepto de ‘emoción’ pasa por algo más que sacar los pañuelos: la emoción debe ser la expectación, la capacidad de noquear, la capacidad de remover y producir sensaciones. Y todo esto sucede a lo largo de esta función que difícilmente dejará impasible, y que demuestra que se puede hacer una versión renovada, teatral, arriesgada, sin traicionar el sentido del material con el que se está jugando. Indudablemente, estas Amistades Peligrosas son uno de los musts de la cartelera madrileña y uno de los espectáculos que más me hayan sorprendido últimamente.

H. A.

Nota: 4.25 / 5

 

“Las Amistades Peligrosas”, versión de Javier L. Patiño y Darío Facal sobre el original de Choderclos de Laclos. Con: Carmen Conesa, Edu Soto, Iria del Río, Lucía Díez, Mariano Estudillo y Lola Manzano. Dirección: Darío Facal. METATARSO TEATRO CONTEMPORÁNEO

Naves del Matadero del Español (Sala 2), 8 de Febrero de 2015

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