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‘El Diario de Adán y Eva’, o historias de la radio (pasado y presente)

febrero 13, 2015

Probablemente no haya aficionado al teatro que no haya visto en su momento El Diario de Adán y Eva, aquel espectáculo que durante más o menos una década giraron por toda la geografía mundial Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza, y que se convirtió de inmediato en un clásico contemporáneo del teatro de habla hispana. He podido comprobar que quienes lo vimos en su momento –cuando fuese y donde fuese- lo recordamos perfectamente a pesar del paso de los años. Personalmente, me encontré con este espectáculo en A Coruña en Julio de 2004 –¡han pasado nada menos que once años!- y recuerdo que fue una de las primeras propuestas teatrales con las que experimenté el concepto de emoción como espectador. Les dejo de partida este dato.

Ahora, Jesús Cimarro ha decidido repescar este espectáculo para girarlo por todo el país, con una nueva pareja protagonista –Fernando Guillén Cuervo y Ana Milán, pareja dentro y fuera de escena como lo eran Solá y Oteyza por aquel entonces-, en una versión convenientemente recortada del espectáculo –aquel alcanzaba los 150 minutos si mal no recuerdo, este dura aproximadamente 100-, que mantiene a Miguel Ángel Solá como nexo de unión entre ambos espectáculos: esta vez, el actor argentino se ocupa de la dirección.

El Diario de Adán y Eva es algo más que una mera teatralización de la novela corta de Mark Twain que aborda, a través de códigos fundamentalmente cómicos y con la primera pareja humana como hilo conductor, una radiografía del amor, el cariño y las relaciones entre los semejantes. En este espectáculo conviven dos realidades, dos tiempos, dos historias que se funden en una sola. En algún estudio radiofónico de la actualidad Manuela está entrevistando a Felipe, un antiguo primer actor que durante años mantuvo en el aire un programa de radionovelas junto a Catalina. A pesar de que la pareja de primeros actores realizó cientos de adaptaciones de grandes clásicos de la literatura universal, parece que hoy en día solo se conserva el último programa que emitieron allá por los años 70: la dramatización radiofónica de El Diario de Adán y Eva, de Mark Twain. Así, al tiempo que Manuela va entrevistando a Felipe –que rememora desde el presente un pasado de éxito que ya no va a volver…- también vamos escuchando por bloques aquel programa radiofónico en el que se ofreció la dramatización de la lectura de Twain.

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En la versión –que firman, a seis manos, Manuel González Gil, Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza– hay pues toda una historia paralela, que es una de las claves del éxito de la función: haber sabido encontrar el equilibrio entre varias historias de amor y varias formas de amor dando forma a un todo que no solo no traiciona al material original de Mark Twain, sino que le sirve de perfecto complemento: el amor de Adán y Eva, el amor de Felipe y Catalina, el amor de Felipe por la radio y el amor por la nostalgia, por el recuerdo, por el pasado. Un pasado que se da la mano con todo ese mundo radiofónico que entronca directamente con esa nostalgia que se evoca en la función y que es una de sus bazas. Una nostalgia que aparece no solo desde el mundo del radioteatro que se evoca, sino también a través de esas cuñas publicitarias que aparecen aquí y allá, y que inmediatamente llevan al espectador –como le sucede a Felipe, el personaje- a otro tiempo y a otro lugar: el tiempo del recuerdo, un recuerdo que no es necesario haber vivido para poder evocar, porque a todos nos va a llevar a un lugar en la memoria.

El juego del ‘radioteatro’ visto en directo –la base de la propuesta- permite, de alguna manera, dotar al espectáculo de un encanto personal que hace que sea especial en su sencillez: viendo cómo se hace el radioteatro asistimos, por una parte, a la real falsedad de la narración –porque todo es neutro- al mismo tiempo que se nos invita a evocar, a armar imágenes en nuestra cabeza; se nos invita a jugar, en definitiva. Creo que es esa particularidad genérica la que hace que esta función sea especial. Esa particularidad y la capacidad que tienen los textos –ya sea el de Mark Twain, ya sean los añadidos de esta versión- de acariciar el corazón del que escucha, planteando emociones suaves, sencillas, sinceras, sin magnificarlas ni edulcorarlas. Ahí radica la clave máxima del éxito de la propuesta, y eso es algo que va a estar ahí siempre: hace diez años, hoy, dentro de diez años, con Solá, sin Solá… Algo que fluye del espectáculo en sí mismo. Creo de hecho que “acariciar emociones” es la expresión exacta que mejor define lo que ocurre con este espectáculo: recuerdo que Julio Bravo definía hace algún tiempo en una de sus reseñas el “teatro de caricia”, y El Diario de Adán y Eva es teatro de caricia en toda regla.

La versión primitiva –la que vi en 2004- duraba dos horas largas si no recuerdo mal, y esta nueva versión –que mantiene en esencia todos los elementos de aquella- se ha quedado en una hora y cuarenta minutos. No me atrevería a decir qué es lo que se ha recortado exactamente –aunque sospecho que los cortes corresponden a la entrevista en tiempo presente, para dejar que el peso del texto de Twain sea mayor que el de los textos añadidos-, pero sí recuerdo que en aquel entonces la función no se me había hecho en absoluto larga –a pesar de que mirando el reloj, lo era-: personalmente me hubiese gustado recuperar el material tal y como fue concebido, porque muchas veces no es cuestión de mayor o menor metraje, sino más bien de lo que cuente. La actual ha ganado obviamente ritmo y fluidez –hay esa sensación de que las cosas, sea la narración, sea la entrevista, avanzan sin cesar- pero me sigo preguntando qué pasaría de mantener el producto tal y como nació en su momento. Sí que se podría pulir –aún más- algún término idiomático que parece más latinoamericano que propiamente español –evitar mantener “muchacho” cuando se está uno refiriendo a “chico”, “crío” o “niño”, por poner un ejemplo claro-. Sobre el uso de la microfonía -tan discutido otras veces en teatro- esta vez hasta se puede pasar de puntillas, dado el componente “radiofónico” del material: esta vez, se puede decir que escuchar a través del micrófono aporta de algún modo un encanto ambiental extra.

Miguel Ángel Solá no se mete en camisa de once varas, y plasma sobre el escenario una puesta en escena que bebe directamente de la que en su momento firmase González Gil: puede que el atrezzo haya cambiado, pero el concepto es completamente similar. Es un acierto repetir aquello que funcionaba entonces, porque a día de hoy. Lo que se ve sobre el escenario es una “reposición” a cargo de un hombre que conocía al dedillo el original por motivos evidentes, y que por lo tanto puede que sea la persona más idónea para reponerla haciéndole justicia. Todo es sencillo, todo es desnudo, y el montaje está construido sobre un vacío que debe llenar –y de hecho llena- la palabra, que es el elemento primordial aquí.

Quienes se han llevado los personajes a su terreno –sabia decisión- son Fernando Guillén Cuervo y Ana Milán, que creo que insuflan nueva vida a sus personajes. Partimos de que hay una química, una comodidad a la hora de trabajar y unas ganas de hacer este espectáculo que saltan a la vista. Si a Guillén Cuervo –honesto y entregado- dentro de un trabajo perfectamente válido y notable quizás le falte ese plus de genialidad que tenía Solá sobre todo para hacer creíble al Felipe selecto –probablemente ni siquiera él pretenda acercarse al maestro…-, sí hay que decir que me ha sorprendido mucho la versatilidad con que Ana Milán dota de recursos a sus personajes –dos y hasta tres en su caso-, en una línea bastante más distendida con respecto a otros trabajos suyos, y que en su caso supera –con mucho en mi opinión- a su antecesora, porque lo hace con una frescura y una espontaneidad que en la anterior intérprete quizá no estaban y aquí aparecen a raudales. Mi más sincera enhorabuena. Pero hay que volver a señalar la química que fluye entre ambos –resulta casi impensable imaginar este espectáculo sin la magia que aporta que lo esté interpretando una pareja también en la vida real…- la sinceridad con la que se lanzan al vacío y la honestidad que aportan a su trabajo, bases fundamentales del encanto general que tiene el todo.

Público cómplice tanto a nivel emocional como a nivel de aplauso, colas a la salida para firmar el libro de visitas que se ofrece en el foyer, y esa sensación de volver a encontrarse con un formato infalible, por lo directo, sencillo y eficaz que resulta: un formato que en la ficción une pasado y presente, que funciona en el pasado y funciona en el presente, al que ha sido un placer volver después de once años… y que lo tiene todo para poder reponerse cada cierto tiempo: para que algunos podamos volver a experimentar el pellizco, para que los rezagados o los olvidadizos se dejen pellizcar por vez primera y para que las nuevas generaciones también lo experimenten. Lo que viene siendo un clásico del teatro en toda regla que está –sigue- como nuevo.

H. A.

Nota: 4/5

 

“El Diario de Adán y Eva”, revisión de la versión original de Blanca Oteyza, Miguel Ángel Solá y Manuel González Gil sobre el texto de Mark Twain. Con: Fernando Guillén Cuervo y Ana Milán. Dirección: Miguel Ángel Solá. PENTACIÓN ESPECTÁCULOS / UN CUERVO EN MILÁN.

Teatro Bellas Artes, 7 de Febrero de 2015

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