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‘La Ola’, o lavado de conciencia

febrero 11, 2015

Es sin duda interesante que el Centro Dramático Nacional apueste, aunque sea de tanto en tanto, por espectáculos de corte decididamente experimental y documental, como es el caso de La Ola, un espectáculo que une experimento, realidad y ficción; proponiendo una dramatización del caso real ocurrido en 1967 por Ron Jones, un profesor de Historia que decidió llevar sus enseñanzas hasta las últimas consecuencias, haciendo que sus alumnos de secundaria viviesen en sus propias carnes la experiencia de un régimen totalitario como algo real. Así, planteó crear con su clase “La Tercera Ola”, una especie de sociedad secreta y exclusiva que enfrentaría a sus alumnos cara a cara con un totalitarismo que pudiera poner en jaque su manera de entender el mundo. Lo que arranca como un juego, un mero ejercicio de clase, va derivando en una suerte de catarsis obsesiva que podría provocar que el experimento de la Tercera Ola acabase traspasando y trascendiendo las fronteras de las aulas, provocando no solo un conflicto personal para los alumnos como entes que ponen en juego sus emociones y su dignidad con tal de que el experimento prospere; sino también para Jones como docente y para el propio instituto como entidad. Porque ¿qué pasaría si no fuese un mero ejercicio de clase? ¿y si un mero ejercicio de clase se va de las manos?

Marc Montserrat Drukker ha convertido La Ola –objeto hace algunos años de una adaptación cinematográfica- en un espectáculo teatral que busca “…no utilizar la anécdota para construir un thriller más o menos convencional, sino seguir los hechos de la manera más fiel posible, tal y como fueron consignados en su momento por el propio Jones (…) y por diversos exalumnos participantes en el experimento”, según explica Ignacio García May –autor del texto- en las notas al programa de mano. Un espectáculo estrenado en 2013 en el Teatre Lliure de Barcelona –en catalán, L’Onada-, y que ahora el CDN recupera en castellano y con un elenco casi completamente nuevo.

Hay que hacer hincapié en que La Ola aborda un tema que va mucho más allá de la mera revisión del fenómeno fascista, y un tema que está de plena actualidad: la obra habla de la capacidad de embaucar, dominar y anular pensamientos mediante meros lavados de conciencia a través del lenguaje; esto es, de cómo un predicador –en este caso el profesor Jones, que inicia el experimento- puede no solo generar un movimiento sino manejar a su antojo los actos y las mentes de una serie de individuos, alienarlos y conseguir que una pequeña porción de la masa pueda llegar a desequilibrar al conjunto de la sociedad. ¿Se puede manipular a un individuo por medio del lenguaje hasta hacer que se convierta en aquello que detesta? Y lo que es más terrible: ¿Realmente detesta aquello que dice detestar? Un tema fascinante, y siempre –y quizá ahora más que nunca…- actual, no solo como fenómeno ligado al aula, sino también en nuestra vida diaria: después de todo ¿cuándo no se intenta –y cuándo no se consigue- lavar la conciencia de la masa si existe un líder carismático?. Les suena ¿verdad?

Puede que la mayor virtud de este espectáculo –además de la de dejar un importante espacio para la reflexión sin pretender nunca adoctrinar- sea la de haber conseguido dotar de teatralidad, de pulso y de ritmo a un material que, en principio, podría no tenerlo. El texto de García May cabalga a medio camino entre la reflexión y la teatralización, pero siempre sin perder de vista que el fin último es una función teatral, con todo lo que ello implica: hay clímax perfectamente medidos y la temperatura dramática va en constante ascenso; de manera que si algo atrapa al espectador –más incluso que lo reconocible de algunas situaciones- es la disposición de esos clímax para golpear sabiamente. Es lógico que haya tenido que reducir el número del alumnado –y situar a los alumnos dentro de estereotipos representativos y perfectamente reconocibles-, y eso no invalida en absoluto la propuesta.

Dicho esto, si en algo se resiente el texto es en un claro exceso de metraje, e incluso en la disposición del material: primero, dos horas media –pausa inclusive- es decididamente mucho tiempo para la historia que hay que contar; toda la sección inicial –dedicada básicamente a situar al público en la disposición de los roles de los alumnos dentro de la pandilla, algo que el espectador puede ir delimitando sin problema en el transcurso del espectáculo…- podría ser perfectamente resumida, aligerando la duración y –por qué no decirlo- suprimiendo un descanso que hace más mal que bien al espectáculo. Porque, todo hay que decirlo, la segunda parte toma un ritmo, un pulso y un sentido de la tensión dramática que no están tan logrados en la primera: la cosa acaba verdaderamente en punta, y es por eso por lo que creo que un aligeramiento del total habría ayudado mucho a redondear el resultado. E incluso, puestos a ofrecer un espectáculo largo, me hubiese gustado más conocer el “después” –las consecuencias posteriores al experimento- que la recreación del día a día en un instituto como mera herramienta de definición de unos personajes que no huyen –ni pretenden huir- de los estereotipos: es decir, no finalizar el espectáculo con el fin del experimento, sino ir un par de pasos más allá en la secuencia de hechos. Es una lástima, porque insisto que hay momentos de gran fuerza teatral –el discurso de Jones a Norman, el alumno negro, y gran parte de la segunda parte, por citar dos ejemplos claros- que, mejor condensados, habrían podido dar lugar a un todo muy brillante.

Sobre una curiosa disposición escenográfica en dos planos –el aula y el exterior del aula- obra de Jon Berrondo, que ha obligado a prescindir de ocho filas del patio de butacas del Valle-Inclán, Marc Montserrat Drukker crea un espectáculo dinámico, bien organizado –muy bien realizadas las escenas de algarabía generalizada, o las que transcurren en planos paralelos, por ejemplo- y lleno de recursos –gasas, audiovisuales, efectos sonoros…- que ha sabido dotar de teatralidad un espectáculo que puede que a priori no las tuviese todas consigo; aunque tengo la sensación de que no termina de aprovechar bien el espacio escenográfico con que cuenta -¿por qué dar toda la vuelta al espacio cada vez que se ha de entrar en el aula?- y que deja escapar la oportunidad de emplear todo el espacio de una sala que se presta a ello en un espectáculo que casi lo pide a gritos: personalmente, hubiese planteado aquellas escenas que suceden fuera del aula no en primer término de la escena sino expandidas a toda la sala, una solución que de pronto aparece en la segunda parte –y que, por cierto, funciona tan bien que hubiese sido deseable que así fuese durante toda la representación…-.

Lo primero que hay que destacar del reparto es que es la primera compañía que veo en este espacio tan complejo que actúa sin microfonar, y todos demuestran que se puede hacer, puesto que resultan perfectamente audibles. Aunque solo fuese por esto, ya habría que aplaudir, porque dejan claro que se puede prescindir de algo que hasta hace poco parecía condición sine qua non para actuar en esta sala. El hecho de que ellos sí puedan abre sin duda un nuevo camino, una nueva realidad sobre la que se debe seguir trabajando en futuras propuestas.

De entre la labor de grupo de los ocho intérpretes –porque es una función decididamente coral- hay que destacar la formidable construcción que del profesor Ron Jones hace un Xavi Mira que sabe dibujar perfectamente el arco que va desde el “profe enrrollado” del comienzo hasta el tirano mesiánico en el que se va convirtiendo conforme la función avanza. Lo hace magistralmente, sobrado de recursos. Entre el grupo de alumnos –todos, por supuesto, con lo que podríamos llamar el “síndrome Al Salir de Clase”, esto es, con edades que superan claramente las de sus personajes, algo tan típico en la ficción española…- hay que destacar el buen hacer general; aún cuando ellas –estupendas cada una en su estilo Carolina Herrera, Helena Lanza y Alba Ribas– se luzcan más que ellos –Javier Ballesteros, David Carrillo, Jimmy Castro e Ignacio Jiménez– ya sea por mejores capacidades actorales o sencillamente por abordar personajes más agradecidos; moviéndose todos como conjunto siempre en una línea media de notable, con picos por lo alto –hay que destacar obligatoriamente el descubrimiento de una Carolina Herrera cargada de encanto personal, que parece nacida para este tipo de personajes- o por lo bajo –la vocalización de alguno de los hombres puede ser mejorable…-.

El público sigue la propuesta con interés, y saluda con aplausos un espectáculo muy interesante, que podría haberse redondeado replanteando algunas cuestiones de dirección y sobre todo de metraje tanto por lo que cuenta como por cómo lo cuenta. Pero trasciende desde luego la mera etiqueta de “teatro para adolescentes” que se le podría poner si uno observa detenidamente al público que asiste a las funciones –en la mía, sin ir más lejos, un instituto en pleno-. Aquí hay algo que, por encima de todo, va más allá de eso.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“La Ola”, de Ignacio García May sobre una idea de Marc Montserrat Drukker a partir del experimento real de Ron Jones. Con: Xavi Mira,  Javier Ballesteros, David Carrillo, Jimmy Castro, Carolina Herrera, Ignacio Jiménez, Helena Lanza, y Alba Ribas. Voz en off: Jordi Royo. Dirección: Marc Montserrat Drukker. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

Teatro Valle-Inclán, 5 de Febrero de 2015

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