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‘El Eunuco’, o el curioso mundo de la miscelánea

enero 31, 2015

Desde que Jesús Cimarro dirige el Festival de Mérida hay que destacar y valorar muy positivamente que algunas de sus propuestas más interesantes estén teniendo vida más allá de la propia Mérida –no solo en Madrid, sino también mediante amplias giras nacionales-. Esto permite que espectáculos importantes puedan ser vistos por espectadores que, de otra manera, nunca habrían llegado a ellos. Sucedió el pasado año con la Hécuba de Concha Velasco; y esta temporada con al menos dos espectáculos: el Pluto que protagoniza Javier Gurruchaga y esta versión de El Eunuco que interpreta un estelar reparto coral y que alcanzó en Mérida un éxito sin precedentes, agotando el papel para todas sus funciones en el Teatro Romano.

El presente espectáculo es una “versión felizmente libre” (sic) de El Eunuco de Terencio, que firman a cuatro manos Jordi Sánchez y Pep Antón Gómez. Una propuesta que es, ante todo, una versión muy libre –juega con la atemporalidad de los elementos y las formas y símbolos alegóricas- y se vuelve casi una miscelánea, un pastiche, una conjunción de géneros que cuaja en un todo bien mezclado y agitado que –casi contra todo pronóstico- acaba provocando el delirio del respetable. Sánchez y Gómez han metido mano a placer al original de manera confesa –hay personajes del original, personajes inspirados en los originales, personajes nuevos y personajes suprimidos- para crear una comedia contemporánea vodevilesca de enredo, con un humor rápido, ágil, blanco –a veces también muy evidente-, que bebe de manera bastante evidente de ciertos formatos televisivos que funcionan muy bien con el respetable. Esto es, Sánchez y Gómez han convertido El Eunuco en una pieza de un tipo de humor concreto: ese humor que ellos manejan tan bien, en el que les avalan años de experiencia; ese humor que tan bien se les da, en definitiva.

Thais, meretriz entrada en la cincuentena ve cómo empieza a pasársele el arroz sin poder evitarlo. Casada con el general Fanfa –gangoso e impotente- entra en amores con Fedrias –el galán joven- sin querer renunciar a ninguno de los dos: porque mientras Fanfa le aporta la posición económica, Fedrias le da la pasión que su esposo es incapaz de darle. Fedrias decide regalarle un eunuco a Thais como prueba de su amor, pero por una serie de peripecias será el joven Lindus –el hermano de Fedrias, que por supuesto no es eunuco- quien acabe ocupando el puesto de eunuco para intentar conquistar a Pánfila, la nueva esclava de Thais, de la que Lindus se prenda a primera vista. Esta es, en pocas palabras, la base  de este enredo, que responde a toda una serie de esquemas propios del género que Gómez y Sánchez se han llevado por completo a su terreno, aunque respetando la base del enredo amoroso de equívocos como género.

Sobre una escenografía muy básica de Eduardo Moreno –un gran cubo móvil que se abre y se cierra, movido por el propio elenco, con juegos de iluminación bastante inteligentes de Miguel Ángel Camacho-, Jordi Sánchez y Pep Antón Gómez han escrito un enredo en el que las túnicas van de la mano con la lencería, los trajes de galán de noche o los uniformes militares de diversas épocas: casi cada personaje viste acorde a una época distinta, lo que refuerza esa sensación de pastiche y miscelánea por la que apuesta decididamente el montaje. Además, han decidido convertir la función en un musical, puesto que incorporan toda una serie de canciones originales –compuestas por Asier Etxeandía y Tao Gutiérrez y coreografiadas por Chevi Muraday: ahí es nada en ambos casos- que también forman toda una especie de miscelánea de la historia musical –caben desde números de revista, hasta salsas, mambos, baladas románticas de estética sesentera, pop o baladas románticas de estética actual, siempre con letras descacharrantes-. Canciones y coreografías que siempre tienen en cuenta lo que los actores pueden dar de sí y nunca van más allá -y eso son dos bazas importantes, sin ninguna duda- y que acaban volviéndose uno de los puntos fuertes de una función que maneja básicamente esas tres coordenadas fundamentales: las claves de una comedia directa –prima-hermana de lo televisivo-, la sensación de miscelánea y el pretexto musical como hilo conductor; en un espectáculo que se prolonga por 2 horas y 20 minutos sin pausa alguna. El sabor de la comedia de enredo está fundamentalmente presente; pero llevado –muy inteligentemente- al prisma que han escogido los autores. Que se conecte más o menos con este tipo de humor –reconozco que a mí me vino fenomenal para desengrasar en la fecha concreta en que la vi…- va a ser fundamental para que se entre más o menos en el espectáculo, pero en absoluto es una mala propuesta: la sensación es de estar asistiendo a una fiesta absoluta, en la que el público es cómplice, y se sale del teatro con las pilas cargadas. Y es que, a fin de cuentas, todas las piezas de este puzzle acaban encajando, que es a lo que vamos.

Puede que lo que es una propuesta con momentos verdaderamente sobresalientes se quede en notable por algún elemento que pienso que se podría revisar… Veamos: la puesta en escena –reducida a un simple cubo- luce algo simple en exceso en un escenario “a la italiana”: faltan, obvio, esas columnas de Mérida que seguro que en su estreno sirvieron de complemento ideal y de ensueño. No se ha optado aquí –como ocurrió por ejemplo con Hécuba– por proyectar nada al fondo, y creo que esta solución habría ayudado; además, al espectáculo le sobra metraje –recordemos que rodea las 2horas 30 minutos- y hasta diría que tarda un rato en despegar –salvando el glorioso prólogo a manera de stand-up comedy que se marca Anabel Alonso-: una vez que alza el vuelo –diría que a partir de la primera escena entre Pánfila y Lindus, lo cierto es que comienza a volar alto, muy alto; pero la primera sección –excepción hecha, ya digo, del soberbio monólogo de Alonso- no tiene el mismo ritmo. En cualquier caso, creo que un acortamiento del metraje –o incluso un intervalo- jugaría a favor de un espectáculo que tiene, a pesar de todo, momentos ciertamente sobresalientes como herramienta de parodia. También la amplificación –constante y no solo durante las canciones-, que entiendo indispensable en Mérida, podría sin embargo resultar un hecho discutible en un teatro tan pequeño como el La Latina.

La dirección –de Pep Antón Gómez– sabe muy bien el tipo de comedia que está haciendo: emplea todo el espacio de la sala como escenario; y el ritmo es frenético, alocado, sirve al absurdo de las situaciones y sabe hacer ágil un espectáculo que podría haber resultado demasiado desnudo debido al tema escenográfico. Además, afronta la comedia de llevar algunas situaciones hasta sus últimas consecuencias, y obtiene así algunos de sus momentos más redondos –la escena que se marcan Pánfila y Lindus, por ejemplo, es memorable, por lo inesperado del planteamiento-.

Está claro que un espectáculo de este tipo no iría a ninguna parte si no se contase con grandes actores, bregados en este tipo de comedia, en este lenguaje, en esta manera de hacer las cosas. Aquí los hay. Brillan todos, del primero al último, porque se nota que se las saben todas en este género: aquí están los mejores, sin duda. Desde el histrionismo medidísimo pero eficaz con que Pepón Nieto presenta a su Fanfas –que arranca carcajadas no solo en la platea, sino también sobre el escenario-, a la espléndida maruja de mil caras y recursos en que convierte Anabel Alonso a su Thais –lo diré otra vez: tremenda en su monólogo inicial-, la revelación absoluta que supone la Pánfila de María Ordóñez –que roba sin remedio la atención en cada aparición como la esclava calentorra, y se lleva el mejor momento del montaje en su canción, un punto de no retorno de este montaje hacia el triunfo que acaba siendo: retengan este nombre.-, la expresividad gestual de la boba criada Filipa que se marca Marta Fernández Muro o el tour de force de ese artista total que es Jorge Calvo –un sirviente que en este montaje canta, baila, actúa, hace comedia, hace drama… y todo maravillosamente-. Sin olvidarnos de Jordi Vidal –que empieza en la sombra, y crece y crece con su personaje-, la probada solvencia con la que Antonio Pagudo sirve a ese galán celoso –por momentos casi tan huevón como su personaje televisivo-, la sorpresa de encontrar en Alejo Sauras a un actor completamente solvente –y mucho más contenido aquí, en teatro, que en otros trabajos que le he visto en televisión- como el eunuco del título, y lo bien integrado que está Eduardo Mayo en el conjunto general –contagiado por el frenesí que desprende Ordóñez-. Todos aportan, todos encajan, y sobre todo, todos saben muy bien el tipo de producto que están ofreciendo: y así se convierte el asunto en “festa rachada” que diríamos los gallegos.

Al final acaba resultando una función vital, de alegría contagiosa; que tarda en alzar el vuelo pero incluye momentos delirantemente memorables y que hace que los espectadores salgan del teatro con un chute de energía, una sonrisa en la cara y ganas de vivir. Vistos los elementos de esta miscelánea por separado puede que nadie lo dijese… pero al final la cosa resulta y no queda otra que dejarse arrastrar. Y, un despiporre que, pensándolo bien, seguramente no esté muy alejado de lo que buscaban las comedias de la época.

* Ni que decir tiene, que la mayoría de las fotos corresponden a las funciones de este verano en Mérida: para hacerse una idea del resultado en un teatro “cerrado” deben, con su imaginación, prescindir de las magnas columnas.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“El Eunuco”, versión libre de Jordi Sánchez y Pep Antón Gómez sobre la obra de Terencio. Con: Anabel Alonso, Pepón Nieto, Alejo Sauras, Antonio Pagudo, María Ordóñez, Jorge Calvo, Jordi Vidal, Marta Fernández Muro y Eduardo Mayo. Dirección: Pep Antón Gómez. FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA / MIXTOLOBO / LABASKA64 / CICLÁN / PENTACIÓN ESPECTÁCULOS.

Teatro La Latina, 25 de Enero de 2015

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