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‘El Crédito’, o ¿la felicidad tiene un precio?

enero 30, 2015

Posiblemente sea Jordi Galcerán el autor de comedias más relevante de nuestro país actualmente, pero desde siempre ha demostrado que sabe ser algo más que eso. Después de asombrar con un thriller perturbador como Palabras Encadenadas –para mí, de largo la mejor de sus obras-, Galcerán es también un autor capaz de escribir un clásico contemporáneo del género como es ya El Método Grönholm, mantener durante cuatro años en cartel en Madrid una comedia decididamente comercial como Burundanga y regresar ahora con El Crédito –que lleva en cartel desde Octubre de 2013 y que actualmente se está representando al mismo tiempo al menos en Madrid, Barcelona, Galicia, Argentina y México- a esa comedia menos comercial y más social, que tiene su mejor baza en que desde una situación directamente ligada a la actualidad realiza un retrato de nosotros mismos desde la parodia: no es de extrañar que esté siendo un éxito internacional, porque creo que en El Crédito –destinada a convertirse en un clásico del autor- están reformuladas todas las claves convirtieron a El Método Grönholm en la función célebre que es hoy.

Un hombre apocado y hasta algo desarreglado irrumpe en una oficina del BBVA dispuesto a pedir un crédito al director del banco. La conversación parece avocada al fracaso de antemano, porque Antonio -un pesado de impresión…- no posee ninguna clase de aval ni garantía que pueda tomar Gregorio para concederle el crédito. A pesar de la insistencia y de las súplicas, Gregorio intenta echar a Antonio de la oficina con cajas destempladas… Pero entonces, cuando parece que por fin va a marcharse, Antonio toma de pronto las riendas de la situación amenazando a Gregorio con hacer que su estabilidad familiar se tambalee, mediante una estrategia bastante rocambolesca a priori: si no le concede el crédito, Antonio irá a casa de Gregorio y conseguirá engatusar a su mujer hasta llevársela a la cama sin usar la violencia….Ese es el punto de partida de un enredo que pasa por mil y un caminos en la hora y media que dura.

Lo que en principio parece una amenaza que no debe ser tenida en cuenta por lo ridícula que resulta, va derivando en una trama que podría poner a Gregorio contra las cuerdas y hacer que se plantee cuestiones como si su felicidad familiar podría llegar a tener un precio, mientras que Antonio va creciendo a través de una seguridad y una capacidad para embaucar que al principio ni se sospechaba. ¿Debe Gregorio renunciar a sus firmes convicciones y poner precio a su estabilidad familiar? ¿Es ese precio el del crédito que pide Antonio? ¿Cuánto valora Gregorio a su mujer? ¿Más o menos que su puesto de trabajo? ¿Quién es el pez gordo aquí? A fin de cuentas, un cómico combate de boxeo verbal en varios rounds por ver quién da más.

A través de esta trama, Galcerán ha escrito una comedia que tiene el acierto de partir de una situación en la que perfectamente podrían verse implicados gran parte de los españoles, para abordar la comedia a partir de un giro surrealista de la situación: es una de esas comedias nacidas a través de una situación social trágica y real –como ocurría en el Método…-. Convierte la función en un combate en el que el pez pequeño acaba puteando sin piedad a un pez gordo que se desmonta, y eso genera una empatía inmediata del público con la situación: creemos que sabemos quién es quién, pero pronto empezamos a dudar de quién manda aquí; de si tal vez nosotros también podríamos aventurarnos y mandar en una situación semejante. Lo que Antonio hace es seguramente lo que muchos de nosotros habremos querido hacer en algún momento de nuestras vidas y quizá no nos hayamos atrevido a emprender por no dejar de ser éticos o políticamente correctos. Tiene además Galcerán la capacidad de construir diálogos frescos, con ritmo y con gancho –algo tan indispensable en las comedias-, que perfectamente podrían beber de las mejores sitcoms americanas. Es ahí, en esa capacidad de crear diálogos cómicos que suenan fluidos y naturales donde esta obra encuentra su mayor virtud. Es cierto que no los 95 minutos tienen el mismo nivel, que siento que sobran un par de pasajes que no hacen más que alargar innecesariamente la función y que la cosa se redondearía recortando algunos pasajes –si hubiese durado 75 estaríamos hablando de una verdadera obra maestra de la comedia-, y que hay un giro argumental final que pretende ser sorprendente pero puede llegar a volverse previsible; pero lo cierto es que Galcerán demuestra con el crédito que se puede construir un producto comercial pero de humor inteligente, sin necesidad de caer nunca en la chabacanería. Creo que funciones como El Crédito además de divertir dignifican ese género que es la comedia comercial, porque demuestran que no está reñido ofrecer un producto comercial con un buen producto y una buena comedia. El Crédito, con todos los peros que se le quieran poner, es sin duda las tres cosas en perfecta armonía.

Sobre un montaje neutro y sencillo –la escenografía de Alejandro Andujar es muy básica, como lo es la iluminación de Cornejo- al que quizá solo le sobren unas proyecciones que esta vez no aportan gran cosa, Gerardo Vera –atrás quedan sus superproducciones en su época de director del CDN- es consciente de que esta es ante todo una obra de texto, de diálogos y sabe aportar ritmo y agilidad, dejando que los actores carguen con el peso de la función –solución inteligente-. Hay, a pesar de todo, un golpe de teatro memorable: en un momento, Antonio –el apocado cliente- toma la silla de director de Gregorio; las tornas han cambiado y ya no está tan claro quién debe pedir a quién, un instante crucial muy bien subrayado por esta dirección.

Pero hay que señalar que, por su condición de teatro de texto, buena parte del éxito de esta función –no solo en este montaje, sino también en cualquier otro- recae en la pareja de actores. Y esta es sobresaliente, complementaria y bregada en este tipo de comedias. Carlos Hipólito es el actor sólido y elegante de siempre, y se maneja bien en el género cómico, a pesar de que suele estar más ligado al drama –aunque no hay que olvidar que ya había interpretado El Método Grönholm hace unos años, con lo que no es ajeno al universo de Galcerán-. Aquí se muestra versátil, tiene la presencia necesaria para ser un recto director de banco, pero también la comicidad para perder los nervios cuando la situación se le va de las manos con pleno domino de la comedia, haciéndonos reír conforme su personaje, tan serio y tan recto, se va desquiciando cuando se da cuenta de que se ha metido en un jardín que cada vez es más y más grande… Pero la función se la roba Luis Merlo porque tiene el mejor papel de entre ambos, infalible y divertidísimo como ese lobo con piel de cordero, ese perfecto embaucador que comienza resultando risible e inofensivo pero acaba convenciéndonos a todos de que es capaz de conseguir sin sudar aquello que se proponga: un crédito o lo que sea. Es admirable cómo construye Merlo el arco de su personaje, siempre al servicio de la comedia. El tándem que forman Hipólito y Merlo –dos actores tan distintos, tan complementarios-, siempre al servicio de una comedia planteada desde la máxima seriedad –y eso es lo que acaba por volverla descacharrante- es una baza sin la cual resulta casi impensable el éxito de esta propuesta. Aquí hay dos peces gordos de la interpretación interpretando a dos peces gordos.

Teatro lleno –como lo ha estado siempre, noche tras noche, desde el mismo momento de su estreno hace año y medio…-, carcajadas constantes, público caluroso en su acogida y la sensación de haber asistido a un espectáculo que es algo más que una función comercial: es, ante todo, una buena comedia que tiene eso tan difícil que es conocer las claves para hacer reír. Una función destinada a convertirse -si es que no lo es ya- en un clásico de la comedia española contemporánea por pleno derecho.

H. A.

Nota: 4/5

 

“El Crédito”, de Jordi Galcerán. Con: Carlos Hipólito y Luis Merlo. Dirección: Gerardo Vera. TRASGO PRODUCCIONES.

Teatro Maravillas, 23 de Enero de 2015

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