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‘La Piedra Oscura’, o memento

enero 29, 2015

El de La Piedra Oscura en el Centro Dramático Nacional es uno de los más esperados estrenos de la temporada teatral madrileña. Porque une, en un mismo espectáculo, a tres nombres claves del género teatral: Alberto Conejero –uno de los nuevos dramaturgos más pujantes de nuestro país-, Pablo Messiez –que aporta su sello personalísimo- y la figura de Federico García Lorca –que sobrevuela toda la función y se convierte en un protagonista ausente pero muy presente-. ¿El resultado? Un nuevo exitazo, un nuevo “sold-out”, y la garantía de reposición para la próxima temporada apenas una semana después de su estreno. Y, lo que es más importante: un buen espectáculo de teatro, que emociona a un público que no duda en sollozar e hipar sin esconderse en la pequeña Sala de la Princesa durante y después de la función.

España, 1937. Una habitación de hospital cerca de Santander. En ella aguarda, herido, Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y el último amor de Federico García Lorca. Junto a él, Sebastián, un joven guardia de solo diecisiete años al que se le ha ordenado custodiar al reo mientras, fuera, deciden qué hacer con él. El preso, ignorante de su inminente destino, trata de hacer lo posible por salvar el legado de Federico; mientras que el guardia, trata de no “contaminarse” de ideas externas que podrían jugar una mala pasada a unos nervios que están a flor de piel: Sebastián actúa y ejecuta, porque sus pensamientos y sus recuerdos le torturan y cree que es mejor no pensar. Durante toda una noche, mientras esperan la decisiva resolución, Rafael y Sebastián –dos personas a priori destinadas a tener posturas contrarias- partirán del desconocimiento mutuo e irán acercando posiciones hasta alcanzar un grado de entendimiento que va más allá de ideologías o de posturas: porque ambos, dos seres que son presa del silencio, han encontrado alguien a quien poder hablar con el corazón en la mano, una forma de contar su(s) historia(s) para ser recordados y poder perpetuarse en el tiempo pase lo que pase. Porque, después de todo, uno solo muere cuando es olvidado.

El propio Alberto Conejero ha dicho en alguna ocasión que no ha querido escribir una pieza sobre la Guerra Civil. Creo que es evidente que, por más que afloren otros temas, la Guerra Civil es un motivo conductor fundamental que está inevitablemente presente y sin el cual no se podría haber contado esta historia en concreto. No veo problema en ello. La Piedra Oscura usa ese trasfondo para ir más allá, para reflexionar sobre conceptos como la memoria, el olvido, el silencio, y sobre todo la necesidad de dejar un legado detrás de nosotros. Todo ello, claro, con Guerra Civil Española como telón de fondo.

El mundo de la memoria -no tanto el de la “Memoria Histórica” al que está irremediablemente ligada esta narración, sino el de la “memoria” en general propia y ajena, el recuerdo- es fundamental aquí para ambos personajes: Rafael evoca la figura del Federico, al tiempo que Sebastián evoca el pasado con su familia, el arranque de la Guerra y cómo ha llegado, casi sin quererlo ni darse cuenta, a ser lo que es hoy. A partir de una anécdota que vaga a medio camino entre la realidad y la ficción, el texto de Alberto Conejero –de esencias fundamentalmente líricas- toma toda una serie de circunstancias que permanecen en la memoria de todos y las presenta sin dobleces, de manera directa –y hasta cierto punto descarnada-. Es lógico que el público se conmueva ante la narración de dos seres opuestos pero iguales, inocentes y golpeados irremediablemente por la guerra: dos personas en un punto sin vuelta atrás, que nunca van a poder recuperar sus vidas tal y como eran antes de convertirse en dos víctimas de la circunstancia, cada uno en su bando y en su terreno: tan distintos pero tan iguales.

El relato es, como digo, descarnado: de esos que, aunque solo fuese por contenido, removerían en la butaca irremediablemente, golpearían, revolverían e incomodarían; y los personajes están lo suficientemente bien trazados como para que podamos –una vez más…- evaluar la magnitud del conflicto bélico en la sociedad. Conejero ha situado su relato en un momento histórico ante el que todos estamos irremediablemente sensibilizados de manera especial, y esto podría influir para que fluyese la emoción. Pero creo que hay algo más importante: allí donde todos lloraban, yo escuchaba, no exento de emoción pero sin llegar a la lágrima. Sin embargo, sí hubo episodios que me golpearon especialmente, sin que estos fuesen los más textualmente duros ni explícitos, sino más bien todo lo contrario: creo que lo verdaderamente poderoso de la propuesta, no está tanto en dar una visión tan cercana de un conflicto histórico –a fin de cuentas, en según qué temas, cualquiera puede conmocionar de antemano tocando según qué teclas en según qué orden…- sino en todo lo que hay detrás. Personalmente, lo que yo más he valorado del trabajo de Conejero –que, como digo, golpea sin remedio antes o después- es el peso que tiene todo lo que no pasa, lo que no se dice, lo que se supone, lo que se imagina: la memoria, en definitiva, gran motivo y gran hilo conductor de la función…

 

Creo que La Piedra Oscura es más una función de sensaciones –y de sentimientos- que de hechos; y personalmente a mí la emoción me llegó –porque me llegó, claro, como a todos- en momentos quizá más imaginarios que literales: silencios llenos de sentido, gestos, miradas… que evocan elementos que no aparecen en el texto pero terminan volviéndose –al menos para mí- de fundamental relevancia. Es en esos momentos –más que en los más textualmente dramáticos- donde aflora la verdadera emoción. Cosas que no aparecen en el texto en sí mismo, pero que tengo la sensación de que esta puesta en escena en particular ha sabido resaltar como se merecen. De la misma manera que muchas veces en teatro lo que no se muestra puede llegar a ser mucho más terrible que lo que se muestra; en esta función los vacíos que deja el silencio y el clima ambiental que consigue la propuesta escénica resultan a veces mucho más estremecedores –al menos para mí- que cualquier narración del horror de la guerra.

Parece que Pablo Messiez es perfectamente consciente de esto, porque ha ideado un montaje sencillo, suave, pausado; lleno de lirismo, y dejando espacio a ese mundo del silencio, del pensamiento, de la memoria. El montaje de Messiez –de esos que ayudan a engrandecer el texto- sabe lograr algo tan difícil como crear ambientes y climas en un espacio tan desagradecido como la Sala de la Princesa y llevar con calma y buena mano un texto que es durísimo: el director argentino, sin embargo, ha sabido dejar espacio para la poesía en un texto que en principio no da tregua, y construir personajes que no cargan las tintas: dos seres humanos, a pesar de todo. Nada falla en la propuesta de Messiez: ni el ritmo –que respira tensión, reflexión y poesía casi a partes iguales en perfecta comunión-, ni la adecuadamente fría escenografía de Elisa Sanz, ni el oportuno y envolvente espacio sonoro de Ana Villa, ni la maravillosa y expresiva iluminación de Paloma Parra. Todo en su sitio, todo tan sencillo, tan al servicio del texto y de los actores; y a la vez tan eficaz y tan trabajado.

Pero si hay algo –además de esta sensación de constante atmósfera climática- que hace grande la función es el soberbio reparto. Daniel Grao firma con su Rafael sencillamente el mejor trabajo que le haya visto en cualquier formato: la condición de lisiado de su personaje coarta mucho la movilidad –pasa gran parte de la función en una cama-, pero el actor lo suple con una expresividad sin precedentes, cargada de significación. Más allá de la nobleza y la dignidad que aporta al personaje, ¡cuánta verdad y cuánta intensa emoción hay en su mirada! La joya de la función es el momento donde Rafael escucha cuál será su suerte: sigue un silencio sepulcral de casi dos minutos antes de desmontarse que Grao consigue sin embargo llenar de poderoso significado con la sola herramienta de sus ojos, en un extraño momento de gran teatro –para mí, de largo, el más escalofriante del montaje…-. Un silencio poderoso, largo y lleno de matices, de imágenes y de elucubraciones: uno desearía realmente saber qué le pasa por la cabeza durante ese tiempo, y hay que ser un gran actor para lograr algo así; visto lo visto, él lo es. Grao encuentra en Nacho Sánchez a un excelente partenaire, porque expresa a través de su angustiosa, angustiada y casi diría que enfermiza mirada –con una prodigiosa capacidad de comunicación- todo el terror de un personaje que debería ser quien dominase la situación pero que sin embargo es un manojo de nervios, casi más víctima que el propio Rafael: Nacho Sánchez –lo repito una vez más: de mirada increíblemente poderosa, como se puede apreciar incluso en las fotografías…- se maneja cómodamente en un personaje de nervio y emociones extremas, sirviendo con sinceridad un personaje que perfectamente podría haber caído en el histrionismo, y convirtiéndose en otro acierto de casting que completa una pareja en perfecto equilibrio que ayuda a engrandecer el espectáculo.

Grandísimo éxito, público en verdadera conmoción -pocas veces se habrá escuchado hipar y sollozar tan contundentemente y con tanta claridad en una sala de teatro…- espléndido montaje y sobresalientes interpretaciones, en un montaje donde lo único que debe hacer el espectador es escoger con qué y ante qué emocionarse: más allá de la crudeza del relato de un texto que sabe qué teclas tocar y cómo tocarlas –que es lo que emociona a la mayoría- las herramientas que más me emocionaron a mí de esta propuesta son el silencio, el vacío y, sobre todo, esa necesidad casi enfermiza de ser recordados y perpetuarse en el tiempo que tienen los dos personajes. Temas que esta vez aparecen enmarcados en esta historia, en este tiempo y en este contexto; pero que perfectamente podrían aparecer en otros bien distintos y me seguirían emocionando exactamente igual al menos a mí… no sé si también al resto del público.

H. A.

Nota: 4/5

 

“La Piedra Oscura”, de Alberto Conejero. Con: Daniel Grao y Nacho Sánchez. Dirección: Pablo Messiez. CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL / LA ZONA.

Teatro María Guerrero (Sala de la Princesa), 22 de Enero de 2015

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5 comentarios leave one →
  1. enero 31, 2015 16:41

    Me encantaría leer y ver la historia de la promesa de Sebastián. Llegó a cumplirla? Cómo? Y qué pasó después?

    • febrero 1, 2015 23:37

      Es curioso esto que planteas. A mí, sin embargo, me gusta imaginar… Y creo que el futuro que imagino es poco halagüeño. Yo creo que Sebastián nunca llegó a reunir el valor suficiente para cumplir su promesa. No porque no quisiese, sino porque sencillamente no tuvo el valor… A cambio, claro, salvó su vida. Pero quién sabe…

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