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‘Don Juan Tenorio’, o sin perdón

enero 17, 2015

Estábamos todos avisados desde el primer segundo, incluso desde antes del estreno: la versión de Don Juan Tenorio que dirige Blanca Portillo iba a traer cola… Y no es para menos. Todo el papel vendido para mes y medio de funciones desde apenas un par de días después del estreno, y opiniones encontradas ante un espectáculo con personalidad propia innegable, pero también arriesgado; consecuente con su planteamiento –que lleva a sus últimas consecuencias- y que resulta un cúmulo de aciertos y elementos discutibles casi a partes iguales. Pero quizá es precisamente por eso por lo que –más allá de lo que diga cualquier reseña- hay que verlo para crearse una opinión propia. Ya se está hablando de este Tenorio, y quedan ríos de tinta por escribir.

Ustedes podrán pensar que ya han visto todos los Tenorios posibles, pero no. Este no lo han visto. Ni nada que se le parezca. Porque a Blanca Portillo, Don Juan Tenorio le cae como una patada en el culo, le parece indudablemente el ser más deleznable sobre la tierra. Un canalla, un violador, un abusador de mujeres, un malote pendenciero… Por ello se embarca en un trabajo de “des-romantización” total de la inmortal obra de Zorrilla, para subrayar todo lo malo que hay en el protagonista. Portillo sitúa la acción en un entorno contemporáneo, de quinquis malotes de navaja y bate de béisbol –esos son Don Juan y su cuadrilla- y mujeres de estética popera que pelean por no ser pisoteadas en un mundo de hombres, donde la mujer no merece nada y es un mero instrumento sexual. Una vez asumido este planteamiento, hay que decir que el acercamiento que plantea Portillo es perfectamente coherente: aquí no hay héroe romántico posible, sino un malote engatusador que parece un cruce entre Joaquín Sabina y Marlon Brando, con un encanto personalísimo ante el que cualquier mujer podría caer rendida.

Hay cuestiones primarias derivadas del enfoque mismo que, como mínimo, sorprenden. Sostiene Portillo en las notas al programa que cree que “Tenorio sigue siendo un modelo, un referente (…) y debe dejar de ser un modelo a seguir”. De entrada me parece una visión y una afirmación ciertamente discutible. No creo que a estas alturas del partido nadie –más allá del ideal romántico de la época- siga considerando a Tenorio como modelo de nada positivo, y creo que el público es lo suficientemente inteligente como para sacar sus propias conclusiones sin que nadie tenga que deconstruir el mito por ellos. De acuerdo en que la opción de lectura de Portillo es perfectamente lícita, de acuerdo también en que el planteamiento pinta bien su idea fija de odio por el protagonista… pero creo que se ha llevado todo a unos extremos que casi parecen un ajuste de cuentas personal con el Tenorio y con Zorrilla, y que hacen que el conjunto pierda algo de encanto –y, por qué no decirlo- también que la obra pierda algo de su esencia misma. ¿Es una visión feminista del Tenorio? Creo que en absoluto: pretende ser algo más complejo que eso. De cualquier forma, creo que no volver tan absolutamente evidente el odio de la directora hacia el personaje –no hacerlo todo tan salvaje…- podría haber ayudado a comprender y saborear mejor la idea y el concepto.

La propuesta de Blanca Portillo -excelente directora otras veces, como en La Avería– tiene, como digo, aciertos y errores a partes iguales. Entre los aciertos, el ritmo frenético de las escenas de grupo, y algunas relecturas que suman más que restan: Brígida, por ejemplo, está concebida aquí casi como una sensualísima madame de burdel, que es casi la única capaz de poner en su sitio a un Tenorio al que masturba y deja a medias mientras planean la seducción de Doña Inés. Podrá parecer un detalle excesivo, pero es una muestra clara de cómo el personaje cobra una dimensión completamente nueva, sin perder para nada su sabor. También el momento en que vemos a Don Juan intentar escribir torpemente los archifamosos versos que comienzan “Doña Inés del alma mía…” mientras trata de cuadrar la métrica con los dedos –a la vez que Inés lee la carta embelesada en su alcoba- aporta un halo de comedia negra muy interesante al todo. O ese Avellaneda siempre dispuesto a sacar el bate; o todo el final de la primera parte –magistral el enfrentamiento entre Don Juan y Don Gonzalo-, lleno de pulso dramático. O la tarantiniana resolución de los asesinatos… E incluso esa profunda relectura de la mítica escena del sofá –que aquí viene sin sofá y con desnudo sorpresa…- que aporta datos reveladores: en una situación que puede resultar antirromántica y hasta incómoda, yo es la primera vez que comprendo sin embargo qué resorte se le activa de pronto a Don Juan para prendarse de Doña Inés. Aporta significado(s), aunque pueda resultar descabellado a priori.

Sobre todo en la primera parte de la obra –más allá de alguna salida de pata de banco como que el Comendador, hombre de honor, reprenda violentamente a la Abadesa al enterarse del rapto de su hija- hay en este montaje momentos que funcionan, indudablemente; incluso algunos que funcionan muy bien. ¿Qué ocurre entonces? Primero, que el espectáculo se deshincha sin remedio en la segunda parte después de una estupenda escena del sepulturero: parece que a Portillo se le acaban las ideas y se pierde en una estética conceptual que no aporta nada –no esperen ni cementerio, ni estatuas, ni nada parecido…- y hay soluciones discutibles: el cambio súbito de Doña Inés desfigura la naturaleza del personaje –y es un reto innecesario para la actriz- y en general fallan el ritmo y la atmósfera –sobre todo la atmósfera…-. Lo que de entrada era una escenografía icónica y sencilla, pero también funcional y bastante bien iluminada –se le saca mucho provecho a muy pocos elementos, a veces gracias al inteligente uso de la luz- se vuelve de pronto un obstáculo insalvable en las escenas del cementerio, aparecen soluciones que ya se habían visto en otros montajes –hay ecos claros de Tomaz Pándur en la escena del banquete, por ejemplo- y la cosa no brilla como debería. Hay más: se puede comprender que, dentro de la estética del montaje, el verso se sirva de una manera salvaje y poco rítmica; pero es más incomprensible dar el texto de Zorrilla íntegro, en una estupenda versión de Juan Mayorga –de esas en las que casi ni se nota que está ahí…- y meter añadidos foráneos al texto que no aportan gran cosa.

Portillo añade en las transiciones entre escenas a una mujer embarazada y con un moratón en el ojo en una esquina del escenario cantando canciones de estética jazzística cuyos textos -que ignoro de dónde provienen- no siempre llegan a apreciarse con la debida nitidez a causa de la amplificación. Creemos que es un símbolo que en algún momento se va a integrar en el todo, pero al final resulta solamente una excusa para ganar tiempo en las transiciones: transiciones que suceden a la vista –porque el oscuro no es lo suficientemente oscuro-, y que más allá de ser algo engorrosas, plantean problemas que Portillo no ha sabido –o no ha querido- salvar: el más sonrojante sucede cuando Don Luis Mejía y el Comendador, después de muertos, se levantan y abandonan el escenario como si tal cosa… –¿pero de verdad no se ha encontrado otra solución para esto? ¿por qué no usar un telón o hacer oscuro total?-. Directamente sobra el personaje, como sobra esa prolongación del criado de Buttarelli, que –tras marcarse un rap al comienzo…- observa con horror y en silencio desde la distancia la caída del Tenorio a lo largo de casi toda la representación… pero tampoco va a ninguna parte al final. De acuerdo en usar símbolos, pero han de entenderse más allá de en la cabeza de la directora.

Como era de esperar, por supuesto, Portillo no perdona a Tenorio. Sin tocar una coma del texto –que, como digo, se ofrece íntegro-, Portillo reserva, a través de su relectura del personaje del fantasma de Doña Inés –que se nota que está hasta las narices de ser la sombra protectora de Don Juan…- un último golpe, un gesto final que puede cambiar el sentido de todo –reconozcamos que la solución adoptada no me disgusta, y hasta me parece coherente-…. Aquí no hay para Tenorio salvación posible ni arrepentimiento, ni siquiera más allá de la muerte. No hay perdón.

Hay que destacar que Portillo cuenta con un elenco excepcional de fantásticos actores, entregadísimos a esta visión tan particular del clásico. Sin este reparto, la cosa se hubiese estrellado, y sin embargo el elenco consigue que podamos seguir con atención un espectáculo de 2h 35 sin intermedio –porque Portillo ha decido también suprimir el intermedio, a pesar del claro salto temporal que existe entre la primera parte y la segunda-, y admirar las virtudes del conjunto –también de la puesta en escena- tragando con los defectos como algo menor. Es una sensación extraña, pero les juro que es lo que ocurre, y sospecho que el reparto tenga algo que ver. Por casi todo, hay un soberbio Don Juan Tenorio en José Luis García-Pérez, y aunque solo fuese por él, ya habría que ver este espectáculo. Lo tiene todo: planta, presencia, encanto desde esa imagen de hombre maduro, curtido en mil batallas y que baña sus noches en drogas, sexo y alcohol, con una pizquita de galán torturado y enfadado con el universo hostil en el que vive. Un hombre que usa el sexo como herramienta de desfogue. Su característica voz rota aporta además en esta ocasión un encanto especial, que va que ni pintado al personaje en esta particular concepción. Normal, como ya he dicho más arriba, que cualquier mujer caiga rendida a los pies de este Tenorio canalla… Pero es que además, García-Pérez se rebela aquí –una vez más- como un actor con una personalidad desbordante, capaz de llenar de significado escenas que caerían en saco roto si él no estuviese ahí. Su pulso con Gonzalo de Ulloa es una joya –de largo lo mejor de todo el montaje-, carga de sentido la difícil escena del sofá, brilla en su encuentro con el sepulturero… y, lo más difícil, consigue hacer llevadera la segunda parte –que dramáticamente cae sin remedio-, porque está él ahí: todos sus soliloquios de la segunda parte tienen interés precisamente porque los hace él, que consigue brillar incluso cuando el fondo no acompaña. Su bajada a la platea –con una mirada a medio camino entre lo desafiante y lo seductor- es otro un momento de gran teatro. Extraordinaria encarnación, en cualquier caso.

Hay que situar inmediatamente después a la fantástica –y lo diré dos veces, fantástica, verdaderamente- Brígida que se marca Beatriz Argüello -a la que habíamos visto brillar en teatro clásico muchas veces, pero puede que nunca tanto como aquí- comodísima convertida en ese putón elegante y socarrón que maneja los hilos de todo. Demuestra que no hay personaje pequeño, y sus escenas –todas en las que aparece- son perlas por cómo se come sin piedad cuanto hay a su alrededor, con madera de auténtica grande. También el Comendador de Juanma Lara resulta adecuadamente carismático e imponente en su brutalidad perfectamente medida: como digo algo más arriba, su enfrentamiento con el Tenorio –parecen dos gángsters a punto de arrancarse los ojos…- tiene muchísima temperatura. Hay materia de gran actor.

Ariana Martínez se las ingenia como buenamente puede para sacar adelante a una Doña Inés que son en el fondo dos por cuestiones de enfoque derivadas de la propuesta escénica que no le ponen la tarea fácil. Tiene cierto encanto, pero hay algo –quiero pensar que en la composición del personaje- que no le permite terminar de descollar. Está –mucho- mejor como Fantasma que como Novicia, y tiene los arrestos de pelear cuerpo a cuerpo –y nunca mejor dicho- con una concepción del personaje como mínimo discutible: ya solo por eso hay que valorar su complicadísima tarea. Miguel Hermoso es un salvaje y entregado Don Luis con la entidad más que suficiente como para plantarle cara a todo un García-Pérez sin amilanarse, que no es poco… Eva Martín se enfrenta a la compleja papeleta de ser esa mujer cantante de las transiciones y hace muy bien lo que se le pide… Otra cosa es que nos sigamos preguntando qué pinta ese personaje ahí.

Entre los secundarios, Eduardo Velasco (Ciutti), Alfonso Bergara (Centellas) y Alfredo Noval (Avellaneda) están perfectos convertidos aquí en esa troupe de malotes de extrarradio que acompaña a Don Juan, en partes de marcada exigencia física. Francisco Olmo se dobla como un Diego Tenorio adecuadamente a medio camino entre la senectud y lo imponente; y saca oro de la escena del cementerio como el Sepulturero. Tener a dos actores tan experimentados como Luciano Federico (Butarelli) y Rosa Manteiga (Abadesa) en personajes episódicos es un lujo que solo un montaje de esta envergadura se puede permitir. Marta Guerras (Ana de Pantoja) y Raquel Varela (Lucía y la Tornera) exprimen al máximo los diferentes grados de sensualidad que les permiten sus intervenciones. Y, en fin, Daniel Martorell (un Miguel con mucha más presencia aquí que en la mayoría de las versiones en las que ni siquiera aparece) hace lo que se le marca: que la inclusión de este personaje tal y como lo concibe el montaje guste más o menos, es ya otra historia…

En fin, estamos ante una versión arriesgada del clásico de Zorrilla, directa, extrema, polémica; donde aciertos y errores parecen darse la mano casi al 50%, pero, ante todo, muy bien interpretada y con la virtud de que nada -ni siquiera los errores- de lo que se ve deja en absoluto indiferente. Y estamos también ante un montaje del que se va a hablar largo y tendido durante mucho tiempo: aunque solo sea para formarse su propia opinión, deberían verlo.

H. A.

Nota: 3.35 / 5

 

“Don Juan Tenorio”, de José Zorrilla. Con: José Luis García-Pérez, Juanma Lara, Ariana Martínez, Miguel Hermoso Arnao, Beatriz Argüello, Eduardo Velasco, Alfonso Bergara, Alfredo Noval, Francisco Olmo, Luciano Federico, Rosa Manteiga, Raquel Varela, Marta Guerras, Daniel Martorell y Eva Martín. Dirección: Blanca Portillo. COMPAÑÍA NACIONAL DE TEATRO CLÁSICO / AVACE / TEATRO CALDERÓN DE VALLADOLID.

Teatro Pavón, 11 de Enero de 2015

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2 comentarios leave one →
  1. enero 18, 2015 10:02

    ¡Qué ganas de verlo!

    • enero 18, 2015 23:16

      Supongo que habrá larga gira, porque está llamado a ser (con toda la polémica y todo lo que queramos) uno de los montajes del año. Pero no sé si vengan a Galicia. Acuérdate que la anterior producción de Avance (La Avería) giró por casi toda España y JAMÁS se vio en Galicia. Aunque quizá al ser también producción de la CNTC llegue al Rosalía (que ha puesto “Verdad Sospechosa” y “Donde hay agravios no hay Celos”)… Quién sabe.

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