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‘El Largo Viaje del Día Hacia la Noche’, o la importancia de condensar el drama

diciembre 22, 2014

Rara vez se tiene ocasión de ver dos producciones distintas de un texto capital de la literatura dramática americana en dos lenguas diferentes en una misma temporada. Me ha sucedido este año con El Largo Viaje del Día Hacia la Noche, de Eugene O’Neill, de la que ya había visto una estupenda versión a cargo del Centro Dramático Galego –sintetizado el título en Longa Viaxe Cara a Noite– hace siete meses; y que ahora repesco en una producción en castellano con elenco y mimbres estelares. Afortunadamente, además, dos versiones muy diferentes entre sí, con puntos fuertes y puntos débiles en cada caso: si quieren recuperar lo que escribí sobre la producción gallega antes de seguir leyendo sobre esta función pueden hacerlo pinchando aquí.

Si algo tienen los buenos clásicos es que nunca pesa volver a ellos –ni siquiera cuando es con tan poco tiempo de margen como en este caso-. El retrato que O’Neill construye de una familia –una alegoría de su propia familia- que se va adentrando sin remedio en un precipicio de soledad, incomunicación, enfermedades, drogas y alcohol es poderoso; e impacta tanto por la fuerza de la palabra como por la fuerza de unos personajes que se van al abismo porque bastante tienen con intentar salvarse ellos como para intentar salvar a los demás. Un relato no exento de amor ni de cariño; pero donde hay barreras insalvables que pesan más y destruyen todo a su paso.

El magno texto de O’Neill –de dimensiones desmesuradas- llega en esta ocasión en una versión de Borja Ortiz de Gondra, que deja la función en algo más de dos horas y media, pausa incluida –contra los 100 minutos sin pausa que duraba la versión gallega, por ejemplo-. Si bien es cierto que la actual versión en general fluye con ligereza y la traducción no chirría; pienso que –pese a la poda implacable- aquí sigue sobrando metraje y hay pasajes que se podrían haber recortado –sobre todo en las primeras escenas, de ritmo en ocasiones excesivamente lento y con anécdotas que creo que no aportan cosas especialmente relevantes-. Este exceso de metraje provoca además el tener que introducir una pausa –que en la versión gallega, por ejemplo, no existía-, con todo lo que ello conlleva. Cada vez tengo más claro que una pausa en teatro es un elemento fatal, al que solo hay que recurrir si verdaderamente no queda otro remedio. Más peligrosa es aún en una función como esta, que es pura tensión. Aquí, una pausa puede servir para relajar o hacer que el espectador se relaje, e incluso que se despegue del drama; cosa que creo que en este caso no beneficia en absoluto al conjunto: cuando las escenas tienen una carga dramática tan alta como la que aquí aparece, pienso que el resultado es más efectivo y más opresivo cuanto más se condense el material; la relajación –sea por medio de pausas o por medio de escenas que no aportan nada relevante al drama- o las caídas de tensión no se pueden permitir, vengan de donde vengan, y lo cierto es que aquí hay alguna que otra…

De estética más realista que poética, la puesta en escena de Juan José Afonso es sencilla pero elegante, sobre una adecuada escenografía –¿por qué en plano inclinado?- de Elisa Sanz -que firma además un bellísimo vestuario- y contando con una videocreación de Eduardo Moreno que sabe resultar muy efectiva cuando aparece, sin llegar nunca a saturar. Ahora bien, pese a mantenerse en la pulcritud de blancos radiantes hay algo de opresivo en la escenografía que no me termina de funcionar bien: pienso que la tragedia sería más idílica si transcurriese en un espacio de ensueño, en el que todo invitase a quedarse en esa casa… Pero aquí el plano inclinado y el espacio cerrado a cal y canto no dan demasiada confianza: hay algo que sugiere que en esa casa el ambiente ya está viciado de partida; y ya bastante duro es el texto de por sí como para reforzar esta sensación por medio de la escenografía… Por otro lado, muy acertadamente Afonso deja todo el peso del espectáculo a la fuerza de la palabra; planteando una propuesta escénica que huye de los excesos para los actores. Quizá sobre, eso sí, la excesiva presencia de la criada en los cambios de cuadro… Pero toda la propuesta lleva un sello de coherencia y elegancia que es muy de agradecer.

Cuando un  montaje da tanta importancia a la palabra –no nos engañemos, ese es el camino que hay que tomar con este texto, y aquí es el que toman- se requiere contar con un reparto excepcional en todos y cada uno de sus elementos para que la propuesta brille en todo su esplendor. No siempre sucede aquí, aunque hay elementos francamente inspiradores. Encabeza el reparto la Mary Tyrone de una Vicky Peña que crece con el personaje y con la función, y que se ve que ha sido dirigida con sumo mimo. Sabe despegarse de algún tic excesivamente histriónico que amenaza con asomar hacia el principio para plasmar el derrumbamiento de su personaje con convicción y sin histrionismos, dejando momentos memorables. Su escena colocada junto a la criada al comienzo de la segunda parte es para enmarcar, porque aúna una grandísima carga poética desde la más pura economía de medios como solo las grandes saben hacer: parece un cadáver inerte dejado ahí; pero sin embargo hay tanta melancolía contenida en el discurso que es imposible no quedar atrapado. Otro tanto sucede con su escena final, que podrá no tener la misma carga que la escena a la que hago referencia, pero llevando el sello de una actriz sabia y de raza. En un texto tan duro como es este, al James Tyrone de Mario Gas –sostengo una vez más mi idea de que es mucho mejor director que actor…- le faltan sobre todo emoción, temperatura y variedad a la hora de mostrar todas las aristas del personaje: todo en él resulta bastante monocorde y, de alguna manera, no hay en él esa emoción que el resto del reparto sí transmite –se le puede y se le debe sacar más partido a la escena de la borrachera, por ejemplo-. Siendo un personaje capital, lo cierto es que baja bastante el conjunto, más aún con un reparto tan brillante como el que aquí le acompaña…

Junto a ellos, Alberto Iglesias, deja momentos memorables de rabia contenida como Jamie, el hijo amargado y alcohólico del que realiza una rotunda y entregada y convincente creación, en la que ha sabido encontrar el punto justo para expresar toda una paleta de sentimientos, y que por fuerza ha de contarse entre lo mejor del montaje; y Juan Díaz –en otro estupendo trabajo teatral, y lleva ya unos cuantos- pone todo su saber hacer al servicio de Edmund, el hijo menor y enfermo de tuberculosis, aportando carácter y huyendo de cualquier exceso gratuito o tendencia a lo lastimero a la hora de enfocar el personaje. Acierta en cualquier caso. A Mamen Camacho le toca en suerte un papel ingrato –por breve y por aparentemente intrascendental- pero fundamental, porque la pizpireta criada es el único rayo de luz que ilumina esa casa. Sabe aportar perfectamente ese peligroso contrapunto cómico; y participa activamente con Vicky Peña del milagro que es la escena inicial de la  segunda parte: el contraste entre la amargura de una y la ligereza de la otra está perfectamente medido por ambas, en el que es el mejor momento de la función.

La sensación versión es la de que a esta versión le pesa irremediablemente el exceso de metraje –y, en este caso, el venir de ver otra versión más recortada me da de alguna manera la razón en la idea de que aún se puede recortar más-, y tiene algún elemento de reparto mejorable; pero también cuenta con elementos solidísimos en la puesta en escena y en la gran mayoría del espléndido reparto que capitanea una Vicky Peña que encuentra momentos de verdadero estado de gracia que deberían justificar por sí solos la visión de un espectáculo que no esconde ciertos altibajos.

H. A.

Nota: 3.25 / 5

 

“El Largo Viaje del Día Hacia la Noche”, de Eugene O’Neill. Con: Vicky Peña, Mario Gas, Alberto Iglesias, Juan Díaz y Mamen Camacho. Dirección: Juan José Afonso. PRODUCCIONES TEATRALES CONTEMPORÁNEAS.

Teatro Marquina, 14 de Diciembre de 2014

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