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‘El Juego del Amor y del Azar’, o cuando el amor y la razón combaten

noviembre 19, 2014

La presente producción de El Juego del Amor y del Azar supone un acontecimiento importante, que es el regreso de Josep Maria Flotats al Teatre Nacional de Catalunya tras su polémica destitución más o menos diecisiete años: los mismos que lleva ausente del TNC este nombre fundamental del teatro catalán contemporáneo. Ahora, parece que en señal de reconciliación, ha presentado una comedia de enredo, un clásico francés del XVIII; que se ha visto en catalán el TNC durante la pasada temporada y que llega ahora –durante algo menos de tres semanas- a la sala grande del María Guerrero en versión en castellano.

La obra de Pierre de Marivaux presenta el típico enredo de parejas con identidades cambiadas. Obligada a casarse por conveniencia con un hombre al que desconoce, Silvia decide cambiar su identidad con la de su criada Lisette, para observar a su pretendiente sin ser descubierta antes de decidir sobre su boda. Así, Silvia se presentará con los ropajes de la criada y Lisette con los de su señora. Pero poco puede imaginar Silvia que Dorante –el pretendiente- tendrá exactamente la misma idea: se presentará en casa del Señor Orgón vestido como su criado, a la vez que el criado se presenta vestido como él. Tan solo el padre de Silvia conoce este doble juego; y, lejos de detenerlo, observa el juego de identidades cambiadas por mero divertimento. A partir de un juego de seducción basado en el ingenio del lenguaje, las dos “falsas” parejas –los falsos señores y los falsos criados- se enamoran entre sí desconociendo que son de igual condición, en una trama en la que los personajes se ven atrapados entre el universo del amor y el universo de una lucha de clases que, después de todo, resulta no ser tal. Un combate entre el amor y la Razón que en el fondo es falso -porque los personajes sí pueden amar a la persona elegida y son correspondidos- con apariencia de verdad -porque ellos lo desconocen-.

Dentro de que la comedia se mueve en parámetros prototípicos del género –como no podría ser de otro modo-, sí hay que reconocer que el enredo está bien construido, y que el cuidado lenguaje de Marivaux –mucho más instalado en el camino de la fina ironía que en el de la carcajada- deja réplicas acerca del papel de hombres y mujeres en la “sociedad del cortejo” que pueden sonar encorsetadas, pero que en mi opinión siguen plenamente vigentes tres siglos después de haberse escrito. Al enredo le puede sobrar metraje –el último giro ya riza el rizo demasiado en mi opinión-, pero funciona bien como divertimento, e incluso como reflexión sobre una sociedad estamental y hasta cierto punto sexista que hoy debería –y recalco el condicional- estar ya más que caduca. En el fondo, más que el juego de galanteos y requiebros, lo importante en esta obra es el enfrentamiento de dos maneras de ver el mundo: no tanto la diferencia entre criados y señores, sino la diferencia entre hombres y mujeres: ese es el verdadero combate que se establece en escena, con el juego de la seducción como mero pretexto para hablar de la construcción de una sociedad.

Josep Maria Flotats ha ideado un montaje de época, de estética ciertamente impecable, con un hermosísimo y bucólico decorado campestre basado en telones pintados de Ezio Frigerio y un preciosista vestuario de Franca Squarciapino. Pareja muy vinculada a montajes históricos de ópera –y teatrales del Piccolo de Milano, por ejemplo-, que pone los mimbres para construir un montaje de esos que recuerdan una manera de hacer las cosas que parece de otros tiempos; pero que se agradece mucho encontrar de vez en cuando: en lo visual y en lo estético, no hay sorpresas, pero la propuesta es estilizada como pocas veces se. Ahora bien, tengo la sensación de que estos personajes –sujetos todos ellos como digo a los cánones de un género- podrán tener una cierta –pero solo una cierta- complejidad ideológica; pero sin embargo son sinceros en sus afectos, sobre todo precisamente porque están construidos desde esa barrera de clase que les genera conflicto –luego si les genera conflicto a ambas parejas es porque son sentimientos verdaderos-. Ambas parejas caminan hacia el consabido happy-ending, pero en mi opinión serán felices y comerán perdices. No parece tenerlo tan claro en su montaje un Flotats que usa como leitmotiv musical Plasir d’amour –que habla de la fugacidad del amor-, y que planea una futurible tormenta sobre su bucólica escenografía: los truenos resuenan esporádicamente lejanos tanto durante como al final de la función, como insinuando que la felicidad final les va a durar dos telediarios… Evidentemente es un nivel de lectura válido, pero creo que estos personajes son más planos que todo esto; y que Marivaux sí pretende el happy-ending que la función propone y que Flotats, sin embargo, solo sugiere. Dicho esto, la función tiene el pulso y el ritmo necesarios en general; si bien acusa el exceso de duración del texto en sí mismo: si el interés decae algo durante la última media hora –la función dura dos horas y diez sin pausa- creo que no es tanto por un defecto de dirección como por ese hecho que ya he resaltado más arriba: la última baza que juega Silvia quizá ya empiece a sobrar del conjunto, y hubiese sido mejor resolver. Pero así lo quiso Marivaux y así lo muestra Flotats.

En el reparto hay un buen nivel medio y muchos nombres muy jóvenes. Los mejores son los dos criados: la chispeante y pizpireta Lisette de una Mar Ulldemolins que sabe encontrar el punto justo para no cargar las tintas y construir una criada simpática y atolondrada, aunque al mismo tiempo también llena de dignidad; y el tronchante Arlequín de un Rubén de Eguía que sabe trabajar desde un exceso perfectamente medido y consciente que usa en su favor para construir un perfecto personaje bufo –muchísimo mejor aquí que en El Principio de Arquímedes de hace tan solo unas semanas a juicio de quien suscribe-. En los nobles, Bernat Quintana se mueve en un correcto punto de discreta y señorial elegancia para dotar de encanto galante a Dorante; mientras que Vicky Luengo derrocha encanto y belleza en escena, pero aparece muy lánguida en exceso y bastante pasada de revoluciones a la hora de declamar el texto, lo que resta credibilidad a su personaje, instalado en un encorsetamiento declamatorio que contrasta, sin embargo, con su imponente presencia escénica y con su mirada poderosa y comunicativa: un poco en la línea de lo que le ocurría también muy recientemente en Las Niñas no Deberían Jugar al Fútbol, solo que ahora en comedia se vuelve algo más acentuado. Enric Cambray cumple sin problemas en el rol del hermano de Silvia, otorgándole un cierto aire de mala leche que conviene mucho al personaje; y Álex Casanovas aporta la sabiduría de la experiencia al Señor Orgón, si bien su caracterización llega a resultar demasiado bonachona por momentos –no olvidemos que al fin y al cabo es él quien está forzando a continuar el enredo, a pesar de ser el único que tiene todas las claves desde el inicio…-: creo que algo de la mala leche que aparece en el hijo no estaría de más subrayarla también en el padre.

El público ríe y aplaude un montaje estéticamente impecable que cumple con su función de divertir, presenta un texto interesante –que peca de exceso de metraje- y con interpretaciones interesantes, dentro de algún altibajo. Con todo, se deja ver muy bien, entretiene y es un proyecto en el que se nota la mano de alguien que sabe cómo hacer las cosas.

H. A.

Nota: 3.5 / 5

 

“El Juego del Amor y del Azar”, de Pierre de Marivaux. Con: Vicky Luengo, Bernat Quintana, Rubén de Eguía, Mar Ulldemolins, Álex Casanovas, Enric Cambray y Guillem Gefaell. Dirección: Josep Maria Flotats. TEATRE NACIONAL DE CATALUNYA / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL

Teatro María Guerrero, 13 de Noviembre de 2014 (20.30h.)

 

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