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‘Las Niñas No Deberían Jugar al Fútbol’, o nadie conoce a nadie

octubre 30, 2014

En pleno apogeo de los espacios alternativos para la representación teatral, en la amplia cartelera madrileña a veces saltan agradables sorpresas donde uno menos se lo espera. Los Teatros del Canal han habilitado con acierto una antigua sala de ensayos como nuevo espacio para la representación escénica, con capacidad para unas 130 personas, y la idea de ofrecer pequeñas funciones en horario de sesión golfa. Sábado de derbi a las 23.00, el aforo prácticamente lleno, y una función de apenas una hora de una autora catalana, procedente de la sala off La Trastienda. Las Niñas no Deberían Jugar al Fútbol, de Marta Buchacha, es un thriller de intriga que atrapa sin remedio, y que no da tregua en la hora que dura.

Una sala de espera de hospital. Tres personas han sido citadas porque tres de sus familiares han tenido un accidente de coche. Hasta aquí todo normal, si no fuese porque las tres personas no se conocen de nada entre sí, y parece que los tres accidentados tampoco, así que no hay nada que permita saber por qué Anna, una niña de 12 años, Josep, un hombre de 50, y Lidia, una chica de 30 podían ir juntos en un coche. ¿A dónde iban? ¿De qué se conocían? ¿Por qué nunca les habían hablado de los demás a sus familias? Ahora la madre de Anna, la hija de Josep y el nuevo novio de Lidia deberán intentar encontrar respuestas en esta situación de tensión, mientras sus familiares se debaten entre la vida y la muerte.

Marta Buchaca teje una trama que atrapa a partir de lo aparentemente estúpido de la anécdota, pero que tiene el acierto de ir aumentando información sin cesar, a cuentagotas; generando nuevas elucubraciones y nuevas hipótesis constantes no solo a los personajes; sino también al espectador. La mayor virtud del texto de Buchaca –son muchas- probablemente sea el mantener la mente activa: constantemente estás intentando armar el puzzle dentro de tu cabeza, genera esa necesidad de querer saber, siempre creemos tener la solución montada en la cabeza, pero cada nueva situación desmonta la hipótesis anterior…

Personajes y espectador se ven invitados a reflexionar sobre si realmente conocemos a las personas con las que convivimos, sobre qué es la confianza, hasta dónde puede llegar esa confianza, y qué pasa cuando esa confianza se tambalea. ¿Por qué las versiones que se cuentan son contradictorias? ¿Somos lo que parecemos? ¿Parecemos lo que queremos ser? ¿Cómo nos comunicamos con las personas con las que compartimos techo? ¿Realmente sabemos quiénes son y qué piensan? ¿Qué pasa cuando anteponemos nuestras prioridades a las de los demás de forma sistemática? La madre de Anna, una mujer que prefiere esconder su miedo bajo la coraza de una acidez insoportable, está convencida de que Jordi podría estar abusando de su hija pequeña. La hija de Jordi se niega a creerlo de entrada… pero ¿y si realmente fuese así? “Podría llevar años viviendo con un asesino y no me habría dado ni cuenta”, dice en un momento. El novio de Lidia descubre que su chica solo llevaba su número grabado en el móvil… “¿Qué clase de persona solo lleva un número grabado en el móvil?”. Evidentemente, el entorno hospitalario ayuda a reforzar la tensión, tanto por el espacio como por la situación en sí misma; y enseguida comienza a aflorar la mierda que todos llevan dentro: esa que solo saldría a la luz en una situación de tensión como la que están viviendo.

¿Y qué pasa al final, se estarán preguntando?  No se trata de desvelarlo, claro, pero Buchaca se revela más lista que el propio espectador, y da el último puñetazo con suma sabiduría. Nos pone en la piel de esos personajes a los que de partida estamos juzgando, y nos demuestra que también nosotros podemos juzgar precipitadamente, ahogarnos en un vaso de agua. Es como si nos dijese “vean lo que realmente sucede y vean qué clase de monstruos son ustedes, que ya tenían la película formada en su cabeza”. Y esa es otra genialidad. Es un final inesperado –no vamos a decir por qué, obviamente-; pero sin embargo es el final que tiene que ser, por muchas cosas. Sobre todo porque la reflexión a la que llegamos después de ver ese final es mucho más rica que si el final hubiese sido otro digamos más impactante.

La propia autora dirige la función en un espacio mínimo –mucho más grande que La Trastienda original para la que fue concebida, pero mínimo al fin y al cabo- y diáfano, en riguroso blanco, como si se tratase de la sala de espera de entrada al paraíso o al purgatorio. Un montaje que quizá peque de cierto estatismo, pero esto no impide que mantengamos la mente trabajando, como queriendo saber.

Marta Calvó -la más expresiva del trío- demuestra su versatilidad dando vida a esa madre castradora y controladora, ácida, criticona, y segurísima de sí misma, que cree tener la situación completamente controlada y que actúa como madre de sus dos compañeros de sala; pero que en el fondo sabemos que algo tiene que esconder detrás de toda esa fachada tan bien planteada de mujer férrea, porque sus ojos encierran tanta tristeza… A pesar de todo, es imposible cualquier empatía de partida por el carácter que le aporta la autora, quizá se debería suavizar algún rasgo del personaje, para que no nos caiga gorda de partida –la actriz poco tiene que ver en esto…-. A Vicky Luengo –sustituta de la actriz previamente anunciada, sin que se informase de ello de ninguna manera- le sobran puntos de énfasis para crear la angustia vital de su personaje: el dramatismo debería de salir solo, surgir espontáneo sin que ella lo busque. Dado que es una sustitución, sencillamente lo que le falte sea rodaje; pero aquí, sin estar mal, sencillamente no está al nivel de sus dos compañeros. Y Daniel Gallardo da la necesaria credibilidad a lo que de partida parece –solo parece- un perdedor pasota que no se entera de nada.

Buena función por la estructura, por la sorpresa, por cómo engancha y por los interrogantes aplicables a cualquier situación que plantea. ¿Tú qué sabes realmente de mí? ¿Nos conocemos? Seguramente no. Seguramente nadie conoce a nadie. Corresponde a estos personajes decidir si están dispuestos a descubrirse: no solo a los desconocidos que les rodean, sino también a sí mismos y a sus propias familias. Y después, claro, ser capaces de seguir viviendo con ello… Si es que pueden.

H. A.

Nota: 3.75/5

 

“Las Niñas no Deberían Jugar al Fútbol”, de Marta Buchaca. Con: Marta Calvó, Vicky Luengo y Daniel Gallardo. Dirección: Marta Buchaca. LA TRASTIENDA.

Teatros del Canal (Sala Negra), 25 de Octubre de 2014

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