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‘El Principio de Arquímedes’, o juzgar y nadar haciendo pie

octubre 30, 2014

Precedida de grandísimo entusiasmo en Barcelona llegaba a Madrid El Principio de Arquímedes, la aplaudidísima nueva función de Josep María Miró, que podríamos catalogar como una suerte de thriller social, en el que, a partir de una anécdota problemática en torno a un tema de plena actualidad –una posible denuncia por supuesta pederastia- el autor arroja una serie de interrogantes al público más que ofrecer soluciones.

En una piscina municipal, el padre de un niño que asiste a los cursillos de natación se presenta indignado ante la directora, porque otra niña dice haber visto cómo uno de los monitores le ha dado un beso en la boca a su hijo. El monitor -un tipo encantado de haberse conocido…- afirma que se trata de un gesto inocente y malinterpretado, pero ante la indignación general de los padres, la directora debe tomar decisiones a la mayor brevedad antes de que la opinión pública se les eche encima.

Parece claro que Josep María Miró toma esta anécdota para tratar temas que van mucho más hacia lo social que hacia el camino de un supuesto thriller: no le interesa tanto aclarar si el acusado es culpable o inocente; sino más bien estudiar cómo reciben los individuos una información así, y cómo la asumen. En este sentido, es una opción muy valiente el no juzgar, el no arrojar conclusiones, y el hacer que solo el espectador deba decidir sobre quién tiene la razón, quiénes son jueces y quiénes verdugos en esta historia, y conseguir llevarse el caso a tantas otras situaciones de (in)justicia y (pre)juicio que se están dando: es más, creo que uno de los valores de este texto es que al final la pederastia es lo de menos y la situación podría ser cualquier otra: aquí lo verdaderamente importante es que el público reflexione sobre cuestiones como cómo queda la imagen pública de un individuo cuando otro ser humano la daña y cómo llega a dañarse esa imagen pública. La clave de la propuesta parece estar en que el público no solo observe y arroje conclusiones sobre el caso, sino también sobre toda una serie de prejuicios sociales –los que aparecen explícitos y los que aparecen implícitos- que están a la orden del día.

Y hasta aquí, bien. Pero si el espectador debe ser parte activa de la función, debe valorar y debe juzgar; lo lógico sería lograr generar o sugerir una empatía -o antipatía- ante lo que se está viendo que, al menos en mi caso, no se produce. Puede que por falta de profundidad psicológica de los personajes a favor de otras cuestiones, yo no haya llegado a conectar con ellos, y por tanto tampoco con la problemática hacia la que se nos apela. Necesito saber más de la vida real de ese monitor para poder juzgar y posicionarme, de otra manera tan solo observo el conflicto desde una posición distante, que jamás me separa de lo que se queda en anécdota –cuando se supone que debería turbar al espectador-. Si no se me genera una duda real, y una necesidad de resolver esa duda, difícilmente podré arrojar reflexiones como es debido. Y el caso es que aquí, de partida, nunca sentí la necesidad de resolver la duda. Siguiendo la parábola de la piscina, ver esta obra resulta como nadar por terrenos en los que uno hace pie, cuando perfectamente podríamos habernos lanzado a lugares de mayor profundidad.

 

Al margen de esto, hay algunas cuestiones “casuales” y “oportunas” que buscan añadir al caso el supuesto morbo fácil o ayudan a la carambola argumental: desde la supuesta homosexualidad de la anécdota – ¿pero alguien de verdad cree que el asunto hubiese sido menos escandaloso si el monitor hubiese dado el supuesto beso a una niña en vez de a un niño?- hasta el trauma escondido –oportuno, cantadísimo y melodramático…- de uno de los personajes en principio más herméticos para mostrar que también es humano, que parece un recurso que el autor se saca de la chistera… Por no hablar del oportuno caso de pederastia que acaba de haber en la biblioteca cercana a la piscina, un recurso que sirve para magnificar la supuesta acusación de una niña -porque de otro modo, sin prueba alguna y entre personas sensatas y adultas, ¿cómo podríamos llevar la palabra de una niña de diez años hasta estos extremos?-.

Es absolutamente audaz, sin embargo, la forma narrativa que ha escogido Miró, presentando las escenas no solo desordenadas cronológicamente, sino también manipuladas, de forma que una escena concreta se nos da desde un punto intermedio que hace que parezca una cosa; y unas cuantas escenas más tarde vemos esa misma escena narrada desde unos minutos antes, con información nueva y capital para (re)interpretarla debidamente, como un recurso narrativo audaz para mostrarnos constantemente que las cosas no son lo que parecen y que cuando se nos muestra algo incompleto tendemos a arrojar conclusiones precipitadas. Debo reconocer que la forma de presentar la información me ha parecido fascinante; lástima que el conflicto en sí mismo –o quizá, mejor dicho, sus personajes- no tenga(n) una mayor profundidad para alcanzar la implicación que sería deseable y que, al menos en mi caso, no llega.

Curiosa, vistosa, simbólica y eficaz a partes iguales la puesta en escena que firma el propio autor sobre con una ingeniosa escenografía de Enric Planas, sencilla solo en apariencia, que representa un vestuario de piscina –duchas, taquillas, servicios…- en el que los elementos cambian de posición conforme avanza la pieza: el espacio es el mismo; pero siguiendo esa estructura de puzzle rompecabezas del texto, aquellos elementos que en una escena están situados a la derecha pasan a estar situados a la derecha en la escena que la completa, y viceversa. Todo el eje visual cambia -en fundidos a negro para que nunca veamos el truco…- una y otra vez en cuestión de segundos, como para demostrar que el cambio de punto de vista está no solamente en la (re)interpretación que hacemos de la escena, sino también en la escenografía. Simbólicamente es una idea interesante y está muy bien desarrollada.

En el reparto, el rol del monitor cae en manos de un Rubén de Eguía al que recordaba de su formidable trabajo años atrás en La Vida por Delante. Aquí, sin embargo, no termina de estar brillante, quizás confundiendo sensibilidad con blandura, y acaba creando un personaje poco convincente con el que no se llega a empatizar, porque tiene trazos demasiado sensibloides como para resultar realista, y menos aún como para generar cualquier duda acerca de una supuesta culpabilidad que no llegamos a ver por ninguna parte en la encarnación del actor. Quiero pensar que será buscado y marcado por la dirección, pero a mí personalmente es un perfil que no me funciona. Mejor Roser Batalla como la directora a medio camino entre comprensiva y autoritaria: que el texto no le deje las cosas fáciles no es culpa suya. Sobre roles menos complejos, tanto Jaume Ulled –en el rol del amigo del monitor que debe decidir si ser verdugo- y Santi Ricart –el padre acusador- cumplen con honestidad y sin mayores problemas.

La sensación final es de altibajos, agridulce. Porque la función está estructuralmente muy bien escrita, el montaje es honesto; pero creo que el conflicto no termina de alcanzar la profundidad suficiente como para generar un interés en el espectador que haya que queramos saber qué es lo que está sucediendo realmente. Y así, observando desde la distancia emocional, es difícil que sea el espectador quien medite y saque sus propias conclusiones, aún cuando sí se pueda admirar, por ejemplo, la audaz estructura dramática. Si además el conflicto –no la temática, sino el conflicto concreto- tuviese un mayor desarrollo a nivel de profundidad, la cosa hubiese podido ser memorable; y, sin embargo, se queda en fría dignidad.

H. A.

Nota: 2.75/5

 

“El Principio de Arquímedes”, de Josep María Miró. Con: Rubén de Eguía, Roser Batalla, Jaume Ulled y Santi Ricart. Dirección: Josep María Miró. BITÓ PRODUCCIONES / SALA BECKETT / OBRADOR INTERNACIONAL DE DRAMATURGIA / FESTIVAL GREC 2012 / ASSOCIACIÓ VERINS ESCÈNICS.  

Teatro de la Abadía, 25 de Octubre de 2014

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