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‘Las Neurosis Sexuales de Nuestros Padres’, o buenos días… ¿princesa?

octubre 29, 2014

Fue Aitana Galán quien introdujo al dramaturgo suizo Lukas Bärfuss (1971-) en España cuando presentó aquella desasosegante e inolvidable función que era Málaga, que se servía de una anécdota trágica que el público solo recibía parcialmente para hurgar en los problemas de comunicación de una familia rota. Es la propia Galán quien insiste ahora con Bärfuss y presenta un nuevo texto suyo, más impactante y más desasosegante que su predecesor: Las Neurosis Sexuales de Nuestros Padres, una pieza de género inclasificable que vuelve a tocar temas espinosos e incómodos, que es como una bofetada constante y dolorosa, y que difícilmente dejará indiferente a nadie.

Dora es una adolescente que padece una extraña deficiencia mental de nacimiento, y a la que sus padres han mantenido rigurosamente sometida a una medicación que la aleja del mundo real. Tal vez sobreprotegida, anulada como ser humano. Un buen día, la madre de Dora decide que ya es hora de darle a su hija la oportunidad de vivir, y decide suprimirle la medicación. Dora enseguida despierta al mundo, y quiere comerse el mundo a bocados… su madre está encantada, porque por fin ha recuperado a su hija. Pero el despertar personal de Dora conllevará también un despertar sexual que se tornará frenético cuando descubra que le gusta vivir su sexualidad al límite, de la misma manera que ejerce un morbo irresistible en todos los hombres que la rodean. Así, Dora se verá de pronto inmersa conscientemente –todo lo conscientemente que su minusvalía le permite, claro…- en una espiral de sexo, morbo, sadomasoquismo y perversión, que hará peligrar no solo su integridad personal, sino también la estabilidad de su ya de por sí inestable núcleo familiar.

Si no fuese porque se apoya en un leitmotiv tremebundo, diría que Bärfuss ha escrito una sátira social, o una comedia ácida; porque a pesar de lo tremendamente explícito de las situaciones y el lenguaje, en este texto hay mucho sitio para esa comedia crítica, para la ironía y para la acidez: a pesar de estar asistiendo a la exposición de una discapacitada manipulada por una sociedad que pretende aprovecharse de ella, nos reímos –por no llorar- ante lo que vemos, por la manera en que Bärfuss lo plantea; aunque sin perder nunca de vista la terrible problemática a la que nos estamos enfrentado: esto es lo que hace el texto verdaderamente estremecedor. A través del despertar sexual de Dora, Bärfuss aprovecha para realizar una crítica implacable de una sociedad corrupta e hipócrita, un conjunto de seres que se mueven por instinto y con sus propios intereses como prioridad y que intentan sacar de Dora aquello que la joven les dé. El frutero –a quien su madre mira como una carga que le impidió ser una mujer libre y que mantiene a Dora empleada para cobrar una subvención-, el Señor Fino –que desvirga a Dora y la usa como mero juguete sexual-, el médico –que cree hallarse en posesión de la verdad superior sobre los comportamientos sociales- y hasta los padres de Dora –que tratan de eludir la minusvalía de su hija porque saben que si tuvieran que enfrentarse a ella, la casa y el matrimonio acabarían saltando por los aires-. Todos tendrán que enfrentarse a la convivencia con una Dora a la que creían poder dominar, pero que ahora tal vez acabe por dominarles a ellos…

El texto de Bärfuss es un auténtico cóctel molotov, que causa horror, escalofrío y risa a partes iguales, y que removerá las tripas de cualquiera que se siente a ver la función. Acierta de pleno Bärfuss al dibujar en Dora a un personaje vulnerable solo en apariencia, porque tal como está caracterizada no es más que una joven que disfruta de algo que le gusta, como si fuera un juguete nuevo –en un momento afirma que “solo soy feliz cuando estoy follando”-; mientras nosotros, que observamos y comprendemos el horror de la situación, nos estremecemos: la risa burlona de Dora cada vez que se enfrenta al sexo es la enésima bofetada que recibimos los espectadores, sobrecogidos ante una propuesta textual de tal potencia: creo que es ahí donde radica la genialidad final del texto de Bärfuss, en mostrar cómo una misma historia puede ser completamente diversa si se observa desde distintos puntos de vista –lo que para Dora es divertido, para nosotros es espeluznante…-.

El texto transita por 35 escenas que transcurren en múltiples espacios, y Aitana Galán ha optado en su propuesta por un minimalismo escénico –tan solo una mesa y cinco sillas- que hace que el espectador tenga que completar con su imaginación el aspecto escenográfico: no es ningún hándicap, el texto es tan fuerte y directo que basta con escuchar la palabra. Además, los actores/personajes observan la acción sentados cuando no forman parte de ella. Un recurso que podría pretender distanciar al espectador del realismo, pero es imposible: de nuevo el texto puede con todo, y Galán lo sabe. Un espectador al que no se le permite observar desde lo pasivo: en varios momentos cumbre, las luces de la sala se encienden, y los personajes se dirigen directamente al público, como impidiendo cualquier posible distanciamiento. Puede que no sea una propuesta visualmente atractiva –no lo es y seguramente tampoco lo pretenda-, pero sin embargo creo que resulta eficaz a la hora de transmitir la fuerza del texto desde la desnudez escénica, como pretendiendo que el público no encuentre vía de escape posible ante el tremendismo al que se está enfrentando. Hay, eso sí, un par de momentos en los que Dora, siendo parte activa de la acción, queda completamente de espaldas al público, algo que creo que debería revisarse.

El personaje principal es un peligro, una bomba de relojería; y hay que destacar que Carolina Lapausa realiza un trabajo verdaderamente prodigioso como Dora, porque ha sabido encontrar el punto de expresión exacta para que la deficiencia de su personaje resulte plenamente convincente, cosiéndose a Dora a la piel hasta el punto de que acaba resultando imposible separar al personaje de la actriz, en un rol en el que lo fácil hubiese sido pasarse de rosca. A Lapausa no le sucede nunca, y ver a ese angelito indefenso entregado al juego del sexo como sin darse cuenta de las consecuencias causa verdadero escalofrío; estremece. Trabaja desde unos niveles de verdad que le permiten jugar a placer con las emociones del espectador: acariciarnos y abofetearnos en una misma frase, de un gesto a otro. Estamos ante una verdadera creación personal inmensa e incontestable, en torno a la que gira todo el espectáculo, y ante otra confirmación de que aquí hay una actriz de raza.

Partiendo de que todo el resto del elenco se encuentra un escalón –o varios, según el caso- por debajo de su compañera –ojo: también los roles son menos ricos…-, hay que destacar que Vicente Colomar traza de manera muy convincente el arco emocional del Señor Fino, que empieza siendo un villano de caricatura y enseguida crece hacia una mala bestia: su recorrido de la primera a la última escena está francamente logrado. El caricaturesco médico de Fernando Romo encuentra un momento de verdadero lucimiento personal en su profético discurso del descubrimiento de la sexualidad y las pautas de conducta de los individuos – ¡con qué estupenda pachorra lo dice!- y Lidia Palazuelos crece progresivamente como la Madre de Dora, hasta estallar en la que acaba siendo una de las escenas de mayor carga dramática de la función: la de la conversación con su marido, que deja alguna sentencia escalofriante y arroja conclusiones espeluznantes. Completan el reparto –en papeles más desagradecidos para el lucimiento- Alfonso Mendiguchia, Antonio Gómez Celdrán y Flavia Pérez de Castro.

Impactante propuesta pues, tanto por el contenido que ofrece y no esconde –necesario, pero no apto para cualquier estómago- como por el impresionante trabajo de su protagonista, entregada por completo a la causa del despertar sexual de esa Dora. Una Dora a la que, como a la protagonista de la inolvidable La Vita é Bella, también se le dan los buenos días, la bienvenida al mundo. Pero corresponderá solo al espectador decidir si esta Dora –como lo era aquella de la película- es también una princesa. O tal vez no. Lo dicho: Buongiorno… principessa?

H. A.

Nota: 4/5

 

“Las Neurosis Sexuales de Nuestros Padres”, de Lukas Bärfuss. Con: Carolina Lapausa, Vicente Colomar, Fernando Romo, Lidia Palazuelos, Flavia Pérez de Castro, Antonio Gómez Celdrán y Alfonso Mendiguchia. Dirección: Aitana Galán. LA RADICAL / MISERIA Y HAMBRE.

Sala Cuarta Pared, 24 de Octubre de 2014

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