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‘El Loco de los Balcones’, o quijotes perdidos en la retórica

octubre 19, 2014

Con la puesta en escena de El Loco de los Balcones prosigue el ambicioso proyecto del Teatro Español de subir a escena la integral teatral de Mario Vargas Llosa. Una idea impulsada por su anterior director, Natalio Grueso, que parece que la nueva dirección va a mantener como uno de los buques insignia de sus temporadas teatrales. Es sin duda una idea tan ambiciosa como arriesgada.

Vargas Llosa se basa libremente en el recuerdo de un antiguo profesor de Facultad para contar la historia de Aldo Brunelli, un hombre que está dedicando su vida a rescatar los viejos balcones de la Lima colonial para preservarlos, cuando en los años 50 del pasado siglo corren el riesgo de caer en el olvido o ser sustituidos por nuevas construcciones modernas. Para ello, inicia una cruzada personal y se lleva hasta la friolera de 78 balcones a su casa, donde pretende restaurarlos. Contada a modo de flashback, la función indaga en las consecuencias que la quijotesca cruzada de Brunelli tuvo tanto para el profesor como para quienes le rodean.

Vuelvo a señalar una idea que ya anoté cuando escribí hace unos meses sobre Kathie y el Hipopótamo: creo que el estilo de Vargas Llosa se adapta mucho mejor a la novela que al teatro; y que aún teniendo ideas de interés, el material ni se acerca a la excelencia de su obra narrativa. Sucedía parcialmente en La Chunga, sucedía en Kathie y el Hipopótamo y vuelve a suceder en esta obra, sin duda la menos interesante de las tres presentadas hasta el momento. Porque lo que bien podría haber sido una versión modernizada del Quijote –una parodia de los libros de caballerías traída a tiempos más o menos modernos- termina aquí por convertirse en un texto largo –demasiado para lo que tiene que contar-, que a pesar de dejar interesantes pinceladas de ironía termina perdiéndose en terrenos densos –¡excesivamente densos!- y farragosos, con largas peroratas de retórica que si algo consiguen es ya no solo aburrir, sino distanciar al espectador de la función, del conflicto y de unos personajes con los que nunca se llega a conectar plenamente, porque el autor parece dejar de lado el retrato social, que en mi opinión podría haber sido una opción mucho más interesante. Lo único más o menos audaz es la peculiar disposición de las escenas, desordenadas como podrían estar los recuerdos de Brunelli. Dice Vargas Llosa en las notas al programa que cree que este material era más apto para el teatro que para una novela; pero, a juzgar por los amplios pasajes narrativos que esta función contiene, dudo sinceramente de esa afirmación. Sí es cierto que el texto va creciendo y que la segunda mitad es decididamente más interesante que la primera; pero es imposible no pensar que al texto le sobra metraje, y que el interés decae en varios momentos a pesar de todo.

Y es que un director como Gustavo Tambascio –que ha dejado, por ejemplo, montajes verdaderamente impecables en el terreno de la lírica- parece contagiarse del texto en sí mismo y no saber muy bien qué hacer con él: a pesar de contar con una imaginativa y espectacular escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, que podría haber dado más juego del que se le saca –imponente ese balcón de tamaño natural situado en el proscenio desde el que nos habla Brunelli-, la dirección de escena de Tambascio deja pasar gran parte del humor que hay en el texto en sí mismo y añade pinceladas de humor que no vienen muy a cuento –presentar a los manifestantes como cruzados que parecen salidos de una fiesta de carnaval no termina de funcionar, como tampoco la idea de ese contratenor vestido de colegial…-. Como casi todo en esta función, la propuesta crece conforme avanza; y la última media hora deja momentos de bella factura visual, pero no siempre consigue salvar la falta de ritmo que se nota en el texto. Tengo la sensación de que Tambascio podría haber dado más de sí. Hay otra cuestión que ya puntualicé en Kathie… y que vuelve a aparecer aquí: por más que la obra transcurra en Lima, creo que no tiene demasiado sentido mantener la terminología latinoamericana del texto –que se mantiene la mayoría de las veces- cuando lo interpreta un elenco español.

Así las cosas, si algo salva este espectáculo es el esforzado reparto, en el que vuelve a sentar cátedra un José Sacristán que es una excelente elección para el extravagante y quijotesco profesor Brunelli: elegantísimo, con una de las voces más timbradas de nuestro teatro y una presencia verdaderamente imponente, capaz de pasar de la vehemencia al desánimo y la melancolía con total convicción. Impregna a su personaje de regia dignidad y es una bendición tenerlo a apenas unos centímetros de distancia narrando desde el balcón, porque verdaderamente impone y da una lección de teatro; y ya solo esos momentos justifican la visión del espectáculo.

Del resto del reparto –casi todos los personajes son meros retazos episódicos- hay que destacar el partido que saca el siempre excelente Emilio Gavira a la prepotencia de Asdrúbal Quijano –llega a resultar simpáticamente irritante-, las tablas con que Juan Antonio Lumbreras vuelve a sacar oro de un personaje que podría haber quedado en nada, pero sin embargo aquí brilla exclusivamente gracias al actor; y ese tono tan naturalista con que Fernando Soto despacha el monólogo del Ingeniero Cánepa, en el que acaba siendo uno de los mejores momentos del montaje. Los demás cumplen sobradamente, sin llegar a las cotas de brillantez de los citados: puede que no tanto la calidad de los actores –todos mucho más que dignos- como porque el texto no les ofrece grandes posibilidades de destacar.

Al final, queda la sensación de que se han puesto sensacionales medios al alcance de un texto que, sin embargo, no termina de cuajar como debería. La imponencia de la escenografía o algunas actuaciones son motivo suficiente como para ver el espectáculo, pero la distancia emocional hacia la historia parece un escollo casi insalvable, si no fuera por premiar el esfuerzo de una compañía sólida y que termina demostrando estar muy por encima del material que tiene entre manos.

H. A.

Nota: 2.5 / 5

 

“El Loco de los Balcones”, de Mario Vargas Llosa. Con: José Sacristán, Candela Serrat, Carlos Serrano, Juan Antonio Lumbreras, Emilio Gavira, Fernando Soto, Javier Godino y Alberto Frías. Dirección: Gustavo Tambascio. TEATRO ESPAÑOL.

Teatro Español, 12 de Octubre de 2014

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