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‘Liturgia de un Asesinato’, o los trapos sucios se lavan en casa

octubre 17, 2014

Frecuentemente se acusa a la ficción española –ya sea novela, teatro, cine o televisión- de tener una sobrecarga de material centrado en la Guerra Civil y los años centrales de la Dictadura franquista. Cierto o no, lo indudable es que en teatro el tema se ha tocado hasta cierto punto menos que en otros soportes; y que son menos aún las historias situadas en los últimos años de un franquismo más o menos decadente. Con Liturgia de un Asesinato, la guionista Verónica Fernández –con amplia experiencia en cine y televisión- le ha dado una vuelta de tuerca al concepto: porque se centra en esa decadencia franquista más que en los años de esplendor, y, sobre todo, porque consigue que un cierto emplazamiento temporal sea más que nada una anécdota para escribir un thriller a medio camino entre lo policíaco y lo psicológico que, con pequeños retoques, podría entenderse de la misma manera en ese 1968 en que transcurre como en los tiempos actuales. Igual es que después de todo tampoco hemos cambiado tanto como parece.

España, 1968. El Gobernador Civil de Guadalajara aparece colgado del techo en una finca en la que había citado a sus tres hijos días antes. Aparentemente, se ha suicidado. El inspector Manuel Requejo –por supuesto con un vínculo personal con la familia- es requerido por sus superiores para investigar el caso e interroga a los hijos del Gobernador conjuntamente y por separado. Esta situación hará que la teoría del suicidio vaya perdiendo consistencia a favor de la del asesinato. Así, Requejo deberá esclarecer el caso y tomar una serie de decisiones, cuando los principales sospechosos son sus amigos desde la niñez.

Esta trama sirve a Verónica Fernández para escribir algo que es sobre todo un thriller psicológico, porque parece mucho más interesada en explorar las relaciones entre los personajes que en contar un momento de nuestra Historia. Lo importante en esta historia es cómo la carga del pasado que posee cada personaje ha configurado aquello que son hoy. De una u otra manera, el ser hijos de quien son ha propiciado que los tres vástagos se hayan sentido incapaces de desarrollar existencias plenas, y esa es una de las principales razones por las que los tres podrían ser asesinos: la figura del padre ha terminado por convertirse en una carga: tanto para la hija pequeña, marcada por la muerte de la madre en el parto y obsesionada con un perfeccionismo y un ansia por agradar que no llegan y han terminado por desquiciarla; como para los dos hijos, de carácter antagónico -el hijo revolucionario y el hijo pelele a la eterna sombra del padre-. En fin, esa familia aparentemente feliz y perfecta que en el fondo está de mierda hasta el cuello; una mierda que aflora en la intimidad de la comisaría por no acabar formando parte de los ecos de sociedad. Porque los trapos sucios se lavan en casa…. O tal vez no solo en casa: otro de los conflictos que plantea esta función.

El ritmo narrativo es prueba irrefutable de de dónde viene la autora, y de hecho ha sabido incorporar técnicas narrativas de la televisión y el cine al teatro con naturalidad, sin que el resultado resulte forzado: la información –que acaba siendo mucha, muchísima, quizás incluso demasiada: creo que hay datos que, simplemente, deberían dejarse a la mente de cada espectador-, va llegando a cuentagotas; y los planos narrativos se yuxtaponen muy sabiamente de manera que vemos alternativamente lo que sucede en la sala de interrogatorios y las conversaciones de los dos hermanos que esperan fuera a ser interrogados –lo que da lugar a algunos de los momentos más memorables de la función, porque ahí la tensión les juega malas pasadas a los personajes-. Además, a casi todos los personajes se les conceden monólogos interiores que ayudan a configurar su psicología. Como en todo buen thriller, la lista de sospechosos pronto de multiplica, y aparecen más personajes que no pisan el escenario, pero que podrían tener una importancia decisiva en la resolución del caso. La superposición de planos narrativos –tan propia del cine y la televisión- ayuda no solo a que nos enganchemos, sino a que vayamos archivando toda la información debidamente. Sí es cierto que, aunque hay algún hecho que roza la carambola –como siempre en este tipo de casos policiales-, pero se agradece que no se haya tirado por la vía de lo telenovelesco, que en un momento parece que va a asomar peligrosamente, pero afortunadamente no llega…; o que en mi opinión se nos da más información de la realmente necesaria. Pero en conjunto hay que aplaudir tanto esa capacidad para enganchar como el haber sabido construir thriller por encima de todo.

Del cohesionado elenco –todos en una media de notable- me ha sorprendido mucho la inteligencia con que Marian Arahuetes aborda un personaje dificilísimo: porque Alexia es contradicción constante –nunca llegamos a saber qué tan cuerda está realmente-; y muchas veces parece más importante lo que calla que lo que dice. Arahuetes clava ese estado de fragilidad constante, que más que un motivo para la compasión podría convertirse en un peligro en cualquier momento. En su personaje, el mundo de la mirada y del gesto es casi más importante que el texto en sí mismo; la actriz lo sabe y lo hace maravillosamente, desde una supuesta frialdad que es sin embargo tremendamente elocuente a la hora de transmitir emociones.

Los otros dos hermanos –Fael García y Rodrigo Sáenz de Heredia– se encargan de personajes que seguramente sean menos ricos en lo psicológico, más desagradecidos de interpretar; aún cuando dibujen bien las caídas de dos personajes antagónicos pero que tienen en común que pretenden parecer lo que les gustaría ser más que lo que realmente son. Pueden estar un punto por debajo de su compañera a la hora de afrontar la montaña rusa emocional a la que se enfrentan –por momentos desbordan ansiedad en exceso…-, pero no dejan de ser dos trabajos notables. Pese a todo, son dos personajes con menores oportunidades de lucimiento para el actor. En fin, Mon Ceballos ejerce de hilo conductor, y perfila a un policía que es –como casi todos en esta obra- contradicción constante: porque es un tipo con buen fondo que parece querer resolver el caso cuanto antes y empeñado en encontrar la verdad por encima de todo, pero que sin embargo no duda en emplear la violencia como método para obtener resultados, para que no se nos olvide que, después de todo, es un policía del franquismo… Ceballos aporta la solvencia, la profesionalidad y –sobre todo- la importante presencia escénica de siempre a su personaje, y perfila muy bien esa ambigüedad entre fines y medios.

El montaje que dirige Antonio C. Guijosa, sencillo en apariencia pero con una fuerte carga simbolica, ha sabido crear una atmósfera de frialdad que casa muy bien con la historia, y distribuir los planos argumentales y narrativos para ayudar al espectador a seguir la trama; sobre todo gracias a un inteligente uso de la iluminación que firma Daniel Checa, una de las grandes bazas de la propuesta escénica, no solo por el útil uso en términos narrativos sino por todas las cosas que esa iluminación sugiere: parece poner en contraste la frialdad de la situación con el calor que parece hacer en esas estancias. Solo una sugerencia: en un mundo tan guiado por la luz ¿por qué no iluminar a los personajes con luz irreal en los monólogos interiores para ayudar a congelar estos pensamientos de la acción real? –en este espacio particular que es el escenario del Galileo dichos casi a pie de público-.

Cálida acogida -y muy buena entrada en mi función, dicho sea de paso- para un espectáculo honesto, relativamente novedoso en fondo y forma; bien dirigido y bien interpretado. Visto lo visto no cabe duda que la irrupción de Verónica Fernández en el mundo del teatro dará muchas alegrías, y espero con curiosidad próximos textos suyos.

H. A.

Nota: 3.75 / 5

 

“Liturgia de un Asesinato”, de Verónica Fernández. Con: Mon Ceballos, Fael García, Rodrigo Sáenz de Heredia y Marian Arahuetes. Dirección: Antonio C. Guijosa. SERENA PRODUCCIONES.

Teatro Galileo, 11 de Octubre de 2014

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